"La vida, como la fotografía, consiste en positivar lo negativo"

Marzo de 2015

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Nepal

Un pequeño país de montañas, rododendros y... escaleras

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Amanecer en la cordillera del Himalaya, desde Poon Hill (Gorepani) a 3.280m de altura.

  Si tuviera que definir este viaje, me vienen a la mente estos adjetivos; intenso, maravilloso e inolvidable. Esta es la historia de nuestro periplo por Nepal, un país fascinante, del que me traigo guardado en el corazón, el cariño y la amabilidad de su gente, humilde pero generosa y siempre sonriente, pero...

  Entra y lee, te invito a dar un paseo por este rincón de la naturaleza, lleno de valles maravillosos y montañas increíbles.

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  A las dos semanas de volver de Nepal, el país sufrió uno de los terremotos más duros de su historia. He querido mantener el texto que estaba escribiendo, como homenaje a todas las personas que nos ayudaron en este apasionante recorrido. Hemos sabido que todas ellas están bien. Va por ellos y por el pueblo nepalí...

Con todo mi cariño.                                                                                                            25/04/2015

  En esta ocasión, Foto-Eskola organizó un viaje a Nepal. Al recibir la información, puse en marcha la maquinaria de persuasión y, sin tener que insistir mucho, Rosa se animó a embarcarse en esta aventura...

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Cartel anunciador del viaje.
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Astigarraga - Biarritz - París

Llegó el día señalado y tan ansiado por todos. Finalmente, tras estudiar un par de alternativas, el planing del viaje consistiría en cuatro días de caminata por el P.N. del Annapurna, un par de días en Pokhara, dos días en Kathmandú y el

resto entre traslados dentro de Nepal y los viajes de ida y vuelta.

 

  Tras trabajar por la mañana, comer algo en casa y pasar por la ikastola para despedir a mi hijo y "comérmelo a besos", nos juntamos a las 17:15 horas los cuatro amig@s de Astigarraga ( Rosa, Maite, Joxemari y yo, – Paco -) para ir al aeropuerto de Biarritz. Allí nos juntaríamos con Nagore, Aitor, Aiala, Marina y Ana. Aritz (Apalatxe) y Rosana habían salido un día antes, Eneko viajaba desde Delhi y Aritz (The Boss) nos esperaba a todos en Kathmandú, ya que había partido mes y medio antes para preparar todo. Como siempre, antes de un viaje así, los nervios típicos hasta coger el primer vuelo...


  Nos juntamos en el hall del pequeño aeropuerto de Biarritz y tras las presentaciones de rigor,  llegó la hora de volar con destino París, eran las 20:20 horas. Sin ninguna novedad llegamos a la capital francesa a las 21:30 horas. Cuando se habló de pasar la noche en París empecé a mirar sitios para dormir. Rosa y yo, habíamos reservado con antelación una habitación y nos fuimos a dormir al Hotel Millenium. El primer paso estaba dado, dormiríamos en París y a la mañana siguiente partiríamos rumbo a Mumbai (Bombay), segunda escala del viaje.

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París - Bombay (Mumbai)

A las 08:00 horas nos reunimos todos en la terminal de los autobuses para embarcar rumbo Bombay. Conocida bajo la forma local Mumbai -nombre deriva de la diosa local Mumba Devī - se trata de la ciudad más poblada de la India. Era el

cumpleaños de Nagore y por supuesto, se llevó el correspondiente tirón de orejas y un par de besos. Este cumpleaños se le iba a pasar “volando”...

  A las 10:45 despegamos rumbo a India en un Boing 787. En el viaje nos sirvieron la comida he incluso una copa de champán, que vino al dedillo para brindar por nuestra compañera. Llegamos a Bombay sobre las 00:00 hora local y tras los papeleos de rigor y pasar los estrictos controles, instalamos el “campo base” bajo unas escaleras mecánicas en la zona de embarque. Las primeras risas, las primeras bromas, todo pintaba muy bien, se veía que había fillin en el grupo. Aitor me apodó "el Comandante", por la gorra que suelo llevar a los viajes, con una estrella roja de cinco puntas. Aprovecho y meto una cita del Comandante, el de verdad... "CHE" Guevara.

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SEAMOS LA PESADILLA DE LOS QUE PRETENDEN ARREBATARNOS LOS SUEÑOS.

Seguro que íbamos a disfrutar, pero ahora tocaba intentar dormir o descansar un poco, todavía quedaba el último tramo, Mumbai-Kathmandú. Cada uno como pudo, se fue acoplando en su sitio, mimetizándose con la alfombra que cubría el suelo del lujoso aeropuerto de Mumbai. Aitor montó guardia ya que no podía dormir y aprovechó para sacar las primeras fotos para hacer risas...

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Bombay (Mumbai) - Kathmandú

A las 07:00 teníamos que hacer el chek-in ya que el vuelo debía salir a las 08:05, pero salió con algo de retraso a las 08:30. Las primeras caritas de cansancio se veían en el grupo.

  Llegamos a Kathmandú a las 11:30 hora local. Un vuelo sin problemas y las primeras vistas de los picos de la cordillera del Himalaya sobre las nubes, hacían prever un viaje inolvidable. 

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  Tocaba el trámite de los visados de entrada... ¡¡ Que agobio !! Rellena formulario de papel, rellena formulario en la máquina, foto de la cara, haz cola para pagar (si no recuerdo mal, eran unos 20$), haz cola para obtener el visado, recoge el equipaje... Bueno, salimos del aeropuerto sobre las 14:00 horas... ¡¡ Que lata !!
  Al salir nos estaba esperando Aritz (The Boss), presto, como siempre, con algo para beber y fruta. ¡¡ Es un crack !!  Un abrazo, un momento de relax y al coche que nos llevaría a Boudhanath. 

El papel para pagar el visado de entrada.

  Ya estábamos allí... Un largo viaje, pero... ¡¡ Por fin en NEPAL !!
  Antes de ir a Boudhanath, debíamos pasar por la oficina de turismo, ya que había que acabar de hacer y firmar los permisos para poder entrar y hacer el treking por el Parque Nacional del Annapurna. Eran nuestros "carnets de montañeros "...

En la puerta de la oficina de turismo.
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Los permisos para entrar y hacer el trekking del Parque Nacional de Annapurna. 
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  Después de los trámites administrativos, un nuevo paseo por Kathmandú  y por fin, tras bajar del autobús y callejear unos cuantos metros, llegamos al monasterio budista de Shechen, un lugar de paz y reflexión que nos venía que ni pintado después de todo el estrés del viaje. Un hermoso jardín, un más que confortable comedor, unas habitaciones humildes, pero, en conjunto, una maravilla... ¡¡ Y a escasos metros de la estupa !!

  Desde luego Aritz, bien sabes lo que haces.

EL patio ajardinado del monasterio Shechen.

  Reparto de habitaciones, una ducha y a la calle. Ya no había cansancio, las ganas de empezar a conocer el país y sus gentes era superior al agotamiento del viaje. Cámaras en mano salimos al patio del monasterio, llegamos a tiempo de ver un festival que organizan los monjes budistas, con bailes, máscaras, todo tipo de instrumentos y un embriagador colorido, que por lo menos a mí me ponía “la piel de gallina”. 
  Después, ya impregnados de la serenidad del ambiente, fuimos a dar una vuelta por la estupa antes del anochecer. Parecía mentira estar paseando por allí, mezclados con la gente, codo con codo, oyendo sus rezos y plegarias, viendo sus ofrendas, sintiendo su devoción... 
Aquí, casi toda la población, son refugiados tibetanos que llegaron huyendo de la invasión China del Tibet en 1959. 

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El monasterio de Shechen en plenos preparativos del festival.
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Máscaras, música, danzas e incienso se usaron a lo largo del festival... ¡¡ Excitante !!

  Enseguida anocheció y tras encender alguna vela, en uno de los puestos para tal menester, para dar gracias por haber llegado bien y en buena compañía, nos reunimos en el jardín del monasterio para cenar todos juntos en el comedor.

  Aunque no soy creyente, si soy capaz de dar gracias... Gracias a la vida por dejarme disfrutar de ella, gracias al momento feliz por el que paso, gracias a los seres ausentes por no marcharse del todo y seguir viviendo conmigo en mi corazón, gracias a los seres presentes por caminar a mi lado ofreciéndome su confortable compañía y gracias a mi compañera por hacerme sentir amado y vivo... A tod@s... ¡¡ GRACIAS !!

  Tras una agradable cena, el cambio de las primeras impresiones y las siempre agradables lecciones fotográficas de Nagore, el cuerpo sintió el cansancio acumulado y llegó la hora de descansar un poco para estar fresco a la mañana siguiente.

  En la humilde habitación del Shechen Monastery, mantuvimos una lucha atroz contra Morfeo que, como era de esperar, tras el largo y cansado viaje, acabó ganando el Dios de los sueños...

Una mirada que me cautivó.
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Kathmandú - Pokhara

Con el canto de los gallos, el ladrido de los perros, los primeros rayos de sol y las pilas cargadas, amaneció un nuevo día. Desayuno y a la calle, no había un solo

segundo que perder. Tras tomar un milk-tea nos dirigimos a la plaza. Pasamos por una calle donde unas mujeres vendían sus verduras, antes de "zambullirnos" en la tranquila e incombustible rotación que los lugareños hacen cada mañana alrededor de la estupa de Boudhanath. Gente de todas las clases sociales, estudiantes, militares, deportistas...

  Allí puedes ver de todo, con la única condición de girar en el sentido de las agujas del reloj.

  Al pasear alrededor de la estupa -la más grande de Nepal y el más sagrado templo budista tibetano fuera del propio Tibet- te impregnas de la paz y el amor que el propio lugar emana. Su ritmo vital está marcado por el cántico de los mantras “Om mani padme hum”, que se funden en un suave murmullo con el girar de los enormes rodillos y los “sonajeros tibetanos” que la gente va agitando. Sentarse y ver a los peregrinos dar vueltas, orando con sus collares de cuentas es un espectáculo impresionante...

Los puestos de verdura en la entrada a la plaza. 
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 Poco a poco la plaza se fue llenando de gente, el silencio daba paso al sonido de los rezos...
- Om mani padme hum. 
- Om mani padme hum...

  Nosotros teníamos que volver al monasterio a recoger todo, ya que a media mañana partiríamos hacia Pokhara. Nos esperaban 200 km por delante y unas cuantas horas de autobús. 
Con algo de pena, a media mañana volvimos a salir a la calle principal y montamos en el bus que nos iba a trasladar a nuestro segundo destino. 

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La cúpula de la estupa de Bouthanath, las fieles girando mientras rezan e imágenes de la vida cotidiana en la plaza.

  Empezaba el “show”...

  Al igual que en India, el tráfico en Kathmandú es un poco caótico. Subimos al bus y tras recorrer veinte metros, hizo un giro de 180º en plena calle y cambió de sentido para salir hacia el norte. Una maniobra en la que no se oyó ni un sólo bocinazo, ni un grito, ni un insulto... Vamos, igual que aquí cuando tardamos diez segundos en arrancar en un semáforo...
​  Atravesamos todo Kathmandú mientras el cielo se iba cubriendo de unas nubes amenazadoras. El conductor paró en una gasolinera y...  ¡¡ Qué casualidad !! , por allí había parte de su familia. 
  Una mujer nos pidió si podíamos llevar al abuelo hasta no sé qué punto del viaje... “Casualidades”... 
Aritz nos comentó la jugada y accedió gustoso a llevar al abuelo. Total, por qué no, había sitio y les hacíamos un favor. Saliendo de la ciudad, empezó a llover y la lluvia ya no nos abandonaría hasta casi llegar a Pokhara.

  Nos fuimos adentrando en el valle, viajando junto al río Trishuli. Poco a poco, la carretera iba ganando altura y el río iba quedando más abajo. El cielo estaba totalmente cerrado, la niebla tapaba todo lo que se encontraba a más de cien metros, pero aun así, los paisajes que nos íbamos encontrando me resultaban preciosos. Extensiones de plataneros con sus grandes hojas, terrazas repletas de agua donde asomaban las plantas de arroz, una vegetación exuberante... Humildes aldeas con gente humilde, una preciosa postal que se rompía en pedazos al ver el abundante tráfico que, en ambos sentidos, surcaba el serpenteante puerto que teníamos por delante. El asfalto estaba empapado y la carretera se puso muy peligrosa. Las condiciones climatológicas y la forma de conducir de esta gente, multiplicaba por mil la posibilidad de un accidente.

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 Alguna que otra escapada nos empezó a poner nerviosos. Le dijimos al conductor que fuese shanti-shanti (suave-suave), pero... Nada. Empezamos a ver algún que otro accidente y la cosa cada vez se ponía peor.
  En una curva del descenso, vimos una furgoneta que había chocado con un autobús... Un impacto terrible, la furgoneta tenía el morro en el asiento trasero. No pintaba nada bien...
  Paramos a comer algo y proseguimos viaje. El puerto se había acabado y parecía menos peligroso, pero teníamos ganas de llegar, se estaba haciendo pesado. 

El valle con los campos de arroz.
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  Por fin, tras unas siete horas de viaje, llegamos a Pokhara, la segunda ciudad más grande de Nepal. Nos alojamos en el Hello Inn Hotel. Un lugar bastante confortable, con una hermosa habitación, con su baño, su escritorio y una enorme y cómoda cama. Una ducha, un poco de relax, mandar algún WhatsApp aprovechando el wi-fi del hotel y después reunirnos con Aritz y Nagore que habían ido a informarse sobre el vuelo del día siguiente. La climatología no pintaba nada bien, se anunciaba mal tiempo, las páginas que consultamos ofrecían información contradictoria y sobre todo mucha inestabilidad...

La tarjeta del hotel de Pokhara.

  Nos reunimos para cenar y al final de la cena llegaron las noticias. En la agencia de viajes, no aseguraban el traslado Pokhara-Jomsom, vital para arrancar el tan deseado trekking. La pesadumbre, cual ave carroñera sobre nuestras cabezas, trajo unos momentos de frustración al grupo. Se empezaron a barajar opciones...

- Si volamos puede que nos metamos en la “boca del lobo”, pasemos un infierno y no veamos las montañas a consecuencia del mal tiempo...
- Si no volamos porque el vuelo no sale, recuperamos el dinero y organizamos un plan “B”...
- Si no volamos porque nos echamos para atrás, perdemos el dinero y puede que después el tiempo no sea tan malo como lo están poniendo y nos arrepintamos eternamente...

  Tantas opciones posibles embotaron nuestras cabezas y al final había quien se conformaba “con no tener que hacer pan”...
¿ Verdad Rosa ?, fue un momento de risas dentro de toda la tensión acumulada.
  La decisión final fue qué, por la mañana, prepararíamos las mochilas, nos presentaríamos en el aeropuerto y esperaríamos el parte meteorológico y la decisión de los responsables del vuelo.
  De regreso al hotel la incertidumbre se hacía notar en el grupo. Toda la ilusión por ver los “ochomiles” podía irse “al carajo”...

La “tropa” estaba cabizbaja, “el comandante” como siempre, optimista aunque preocupado... Ya en la habitación se hizo la penumbra y, perdidos en un mar de incertidumbre, con la esperanza de que todo saliese bien y el trekking no se fuese al traste, arruinando la parte principal del viaje, vaciamos nuestras mentes y nos dejamos llevar por los los laberintos del sueño... 

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Pokhara - Jomsom - Kagbeni

Nos levantamos muy temprano. A las siete teníamos que estar en el hall con la mochila preparada y con la duda de si podríamos volar. Unos taxis nos esperaban en la calle y Aritz venía con una bandeja de croissants...

  Organizamos los grupos y partimos rumbo al aeropuerto. La mañana era preciosa, radiante, todo indicaba que si habría vuelo. De camino al aeropuerto, a la izquierda del sentido de la marcha, se veían las montañas... el Machapuchre, el Annapurna Sur... Era impresionante... Esto nos provocó aun más si cabe, las ganas de hacer el trekking. En el aeropuerto se empezó a reunir mucha gente. Algunos eran vuelos anulados la víspera y claro, esos debían salir antes... Por el sur se levantaba una molesta e inoportuna niebla que ponía más tensión en el grupo.

  Un milk-tea con algún bollo para desayunar, alguna foto de las montañas y, por fin, la noticia más esperada. 
- ¡¡¡ Genteeeeeeee !!!... ¡¡ Qué SÍ, qué volamos !!
  La alegría se desbordó en el grupo. En ese momento, la sensación de nervios me empezó a invadir por dentro... Pesaje, papeleo, control policial y al hall a esperar nuestro turno. Aritz nos advirtió de que hasta el último momento el vuelo podía suspenderse, así que estábamos todos con cierta cautela... ¡¡ Pero eufóricos !!

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Este es el billete de la avioneta que te transporta a Jomsom, su precio... 100€.
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En el centro, gracias al Nikon 80/400, el Machapuchre (6.997 m) desde la terraza del aeropuerto de Pokhara.

  Mientras esperábamos nuestro turno para volar, una mala noticia nos dejó un poco tristes. En el diario local de Pokhara pudimos leer que, tres turistas coreanos y un nepalí (el conductor), habían muerto en el accidente que habíamos visto el día anterior bajando de Kathmandú. Además tres personas más estaban hospitalizadas en la UVI. No era de extrañar, viendo la violencia del accidente, era de esperar un resultado así, pero siempre te deja mal cuerpo.
  Sobre las 9:30 de la mañana llegó la avioneta que nos trasladaría a Jomsom. Ahora sí... ¡¡ Nos íbamos !!

De camino a la avioneta.
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Espectaculares cumbres de la cordillera. En el centro el Machapuchre.
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La azafata dando explicaciones y la vista del valle con Tatopani, punto de inicio del trekking y los rododendros que cubrían toda la media montaña.

  Subimos a la avioneta y casi sin tiempo de reaccionar despegamos hacia Jomsom. Cogimos impulso y... ¡¡ Arriba !!  Ya estábamos en el aire. Una guapísima azafata nos indicaba las montañas que aparecían frente a nosotros. Enseguida las primeras vistas del Machapuchre, altivo, esbelto, elegante. Una sucesión de aldeas, bosques y montañas nos acercaron en tan solo media hora hasta el aeropuerto de Jomsom. Un aterrizaje suave y perfecto y allí estábamos, habíamos pasado de 850 m de altitud a 2.680 m en un suspiro...

  Ahora estábamos en el distrito de Mustnag. Frente a nosotros se alzaba la cima norte del Nilgiri (7.061m).

En el centro el Nilgiri North (7.061m) desde el aeropuerto de Jomsom. 

  Tras unos instantes de respiro, tomar un chai y organizar la marcha, atravesamos el pueblo camino del punto de encuentro con los jeeps que nos llevarían por el sendero que, paralelo al río Kali Gandaki (que forma el barranco más profundo del mundo), nos iba a conducir hasta nuestro próximo destino; Kagbeni.

El Nilgiri North lucía espectacular.
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Entrando en el bajo Mustang... La pista iba ganando altura hasta subir a los 2.800m de Kagbeni.

  El “paseo” en jeep fue bastante “divertido”, sobre todo cuando teníamos que hacer maniobra para tomar las curvas y las ruedas traseras se quedaban literalmente asomando al barranco. En un punto del camino, Aritz hizo parar a los jeeps y todos, menos Aitor y él, que se acercaron a llevar el equipaje, bajamos para cruzar un puente colgante que nos llevaría a la otra orilla del cauce del río. Allí había un pequeño pueblo donde nos reuniríamos posteriormente, para acercarnos caminando hasta Kagbeni.

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Desde el jeep por las pistas hacia Kagbeni.
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El puente colgante sobre el Kali Gandaki.

  El pueblo era una aldea de montaña, Pangling de nombre, muy tranquila, con cultivos en el valle y algo de ganado. Un sistema de regadío muy bien montado que comunicaba todos los rincones. Cogimos altura, bordeando la ladea y las vistas eran espectaculares. Hacía mucho calor, habíamos bajado sin nada, ni agua, ni cremas, bueno... Los compañeros vendrían pronto e iríamos a Kagbeni...

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Vistas desde la aldea Pangling con el Nilgiri Norte como máxima cota.

  Nos empezamos a impacientar, Aitor y Aritz no venían, el calor era exagerado... La gente empezó a moverse, unos para arriba, otros para abajo. Tras un buen rato, nos volvimos a reunir y al final decidimos bajar hasta el puente colgante por el que habíamos cruzado, ellos debían pasar por allí... En la bajada, otro despiste... Otro rato más dando vueltas para acabar reuniéndonos todos.
  Finalmente aparecieron los dos compañeros y fuimos todos hacia Kagbeni. Por el camino, en el seco cauce del río Kali Gandaki, encontré el fósil de una caracola de mar... Allí arriba, a 2.800 metros. 

El fósil que encontré en el río... ¿Cuantos miles de años tendrá?
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  Mientras íbamos caminando miré al suelo y, agachándome para recogerlo, le dije a uno de mis compañeros:
- ¡¡ Qué pena !! ... Hasta aquí llega la dichosa Coca-Cola... - pensando que era un tapón negro de una botella.-
- ¡¡ Mira... !! ¡¡ Pero si es el fósil de una caracola !!
  Menuda sorpresa me llevé. Aún lo guardo en mi casa, es un precioso recuerdo.

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El grupo caminando hacia Kagbeni por el vacío cauce del río Kali Gandaki. (Fotografía de Aitor Aldasoro)
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  El alojamiento en Kagbeni estaba en la parte alta del pueblo. La Red House Lodge está regentada por un simpático y "pintoresco" chaval de nombre Petri, que hacía de "relaciones públicas", su hermano y su cuñada. Una gente muy agradable y cordial. Digo lo de pintoresco porque nos llamó la atención su forma de ser y de vestir, un chaval con clase, que de caer en otra parte del mundo, sería un maravilloso estilista o algo parecido...
  La casa en sí, humilde y acogedora, es parte de un antiguo palacio de estilo tibetano, con un pequeño templo budista en su interior.

La simpatía de Petri, su estilo y su afán de comunicarse en la lengua de sus inquilinos, hizo que el grupo le tomara mucho cariño.
Desde aquí Petri...  Un fuerte abrazo. ¡¡ Beltzaaaaaaa !!

La entrada en Kagbeni provocó la curiosidad de la población.
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  Nos asignaron la habitación número "2", con unas preciosas vistas a las montañas. Estábamos bastante cansados y tras lavarnos y descansar un poco, nos reunimos para cenar. Íbamos a pasar tres noches en esta casa, se agradecía un poco de sosiego después de todo el ajetreo del viaje. En realidad, no habíamos parado dos noches seguidas en el mismo sitio desde el

momento de salir de Astigarraga... Yo notaba bastante cansancio, la presión de la altura me fatigaba, no había sentido dolor de cabeza, ni mareos, pero si notaba cansancio, mucho cansancio. Así que después de cenar, me tomé un par de Aspirinas y a la cama. Rosa, mi compañera, también estaba cansada, bueno, todos en general, habían sido muchas horas al sol y entre eso y la altura...
  Me metí en mi saco y el sólo gesto de subir la cremallera me fatigó de tal manera que incluso me asusté. Poco a poco me relajé y con una cansina respiración me quedé dormido.

La entrada principal a la Red House Lodge de Kagbeni. Arriba la tarjeta del establecimiento.
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Esta es la vista que teníamos desde la habitación nº2 de la Red House Lodge... ¡¡ Impresionante !!
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Kagbeni - Muktinath - Kagbeni

La noche anterior habíamos quedado en reunirnos a las 08:00 para desayunar. El plan era subir en jeep hasta Muktinath, en el reino de

Mustang, ver el templo hinduista situado a 4.000 m de altitud, comer, ver el pueblo y bajar andando por la parte noroeste de Kagbeni. Bien, empezó el día según lo previsto. Un potente desayuno y cámaras al hombro bajamos hacia la parada de buses y jeeps. 

Desayuno en la Red House Lodge de Kagbeny, con el amigo Pretty en plena faena.
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  Nos encontramos con un gran grupo de nepalís hinduistas que eran de algún sitio junto a la frontera con India. Iban de peregrinación al templo de Muktinath. Recuerdo que el primer año en Agra, nos encontramos con otro gran grupo que iba de visita al Taj Mahal. Aprovechamos para hacer unos cuantos retratos, mientras Aritz negociaba el transporte. 

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Mientras se negociaba el transporte aproveché para hacer retratos.

  Al final un jeep para doce y Aritz con los hinduistas en el bus. Tras acomodarnos en el jeep, empezó la subida a la montaña. Teníamos que subir desde los 2.800m de Kagbeni hasta los 3.880 de Muktinath. Las primeras revueltas nos dieron idea del “paseo” que nos esperaba. Una pista de montaña, como todo lo que recorrimos por allí, con bastante pendiente, rocas sueltas, enormes baches y unos barrancos a nuestra izquierda que ponían “los pelillos como escarpias”.

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Aritz con el grupo de mujeres hinduistas esperando para subir a Muktinaht.

  Llegamos al punto de cambio de vehículos, unas alambradas hacían que tuviésemos que bajar de un vehículo y subir en otro para continuar la ascensión. Allí, mientras esperábamos al jeep, aprovechamos para entablar un cierto acercamiento a los hinduistas y hacer algunas fotos. A Rosa le conmovió la historia de cuatro hermanit@s que viajaban solos. Al principio estaban un poco desconfiados, pero con unas barritas de chocolate se arregló todo. Nos contaron que su padre trabajaba fuera y su madre les esperaba en Muktinaht. Aritz sacó su 50mm y se acercó a algunas mujeres... Como siempre se ganó sus sonrisas...

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La caravana de hinduistas hacia Muktinath. Arriba el pueblo con el cresterío al fondo.
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El Dhaulagiri desde Muktinath.

  Ana se “soltó la melena” y se animó a acercarse a la gente, también disfrutó como una “enana”. Bueno, así, entre risas y fotos llegó el jeep que nos acercó hasta arriba. Nada más llegar... ¡¡ El primer susto!!  

  Salimos del jeep y pusimos rumbo al pueblo. Al parar a hacer unas fotos en la explanada donde habíamos aparcado, Aitor se dio cuenta que había perdido la cartera...
- ¡¡ Joder !! ¡¡ Tengo el DNI, la Visa y toda la pasta !!
  Al pobre chaval le entró un agobio monumental, no es para menos, por supuesto... Miramos por los alrededores, nada. Yo le veía ponerse blanco por momentos. Al final apareció, estaba en el jeep, se le había caído en el asiento de adelante y estaba medio tapada. La felicidad volvió a su rostro y nos reunimos con el grupo.

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  Bueno, después de esta anécdota nos pusimos a caminar hacia el “casco” del pueblo. Una única “calle” flanqueada por una fila de casas a cada lado. Algunos edificios eran bastante “modernos”, otros eran más antiguos. Varios restaurantes y bares, unos cuantos puestos de pashminas que las mujeres tejían a pie de calle y algunos puestos de “pitxias” era todo lo que íbamos dejando a nuestro paso.

  A mí me resultaba bastante cansado caminar por motivo de la altura, notaba una pesadez enorme, como si mi cuerpo estuviese pegado al suelo. Aritz me dijo que lo mejor era ir a paso de yack y así, con esa técnica, resolví el problema...

Paisajes nevados en Muktinath.

  Nos llamarón la atención los hornillos que utilizan para calentar, un recipiente cóncavo que concentra la luz solar y así calientan los woks para cocinar. 
  Comimos en uno de esos bares del camino. Como casi siempre, el horario programado se iba quedando bastante desfasado y había que comer rapidito, porque la noche se echa encima muy pronto por esas latitudes y teníamos una caminata de 4 ó 5 horas para bajar hasta Kagbeni. Así pues, pedimos dahl para todos, que por cierto, estaba muy bueno y tras aprovechar el wifi del local para mandar unos mensajes a la familia, reanudamos la marcha.
  Íbamos dejando atrás las cimas más altas cubiertas de nieve y poco a poco entramos en un terreno más árido. Poca vegetación y una tierra bastante seca y en consecuencia polvorienta, que para nuestras máquinas de fotos era bastante dañina. El primer contratiempo llegó bastante pronto, ya que una de las pistas que debíamos coger, estaba cortada por la nieve, así que tuvimos que dar un rodeo y... ¡¡ Joder !! con el rodeo.

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Las cumbres de la cuenca del Kali-Gandaki, con el majestuoso Dhaulagiri (montaña deslumbrante, en nepalí), a la izquierda.
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Vistas a lo largo de la bajada hacia Kagbeni.

  Para poder acceder a la pista que nos llevaba a Kagbeni tuvimos que subir un par de “paredes”, que no eran largas, pero que a mi particularmente me sacaron de punto. De nuevo a paso de yak y gracias a la ayuda de Aritz y Eneko, pude con ellas. Salvado este escollo, nos encontramos con una pista ancha, polvorienta y lo mejor de todo... ¡¡ Cuesta abajo ¡!
  Pasamos por la aldea de Purang, luego por Jhong, donde nos encontramos con una humilde estupa y los rodillos de plegarias que todos, como debe ser, movimos a nuestro paso para que los rezos se expandieran por el viento y llegasen a todos los rincones de este loco mundo.
  Y así, grabando cada momento en las retinas, nos encaminamos shanti-shanti  hacia Kagbeni. Como el día anterior, Ana metió la directa y corría tanto que se nos escapaba de la vista.  ¡¡ Qué mujer, qué energía ¡!

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Una humilde estupa a las afueras de la aldea de Jhong y sus incombustibles rodillos de plegarias.
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  El espectáculo era grandioso, las cimas nevadas, las terrazas sembradas de cereal, el cielo cargado de nubes que iban cambiando de color, el atardecer cayendo sobre nosotros, el sol metiéndose frente nosotros y la luna asomando por atrás...

¡¡ Qué imagen ¡! 
  Aún hoy cierro los ojos y puedo verla.
Así, tras unas cinco horas de caminata, con las rodillas chirriando del temblor, llegamos a la Red House de Kagbeni donde, cordial y alegre, como siempre, nos esperaba Pretty con todo su repertorio...

- Kaixo... ¡! Beltzaaaaa ¡! ...  ¡¡ Si, si !!
¡¡ Qué tío más majo !!


  Llegamos justo a tiempo de darnos una ducha con agua tibia, pero suficiente para renacer de nuestras propias cenizas... Después, nos juntamos para cenar y tras una ratito de tertulia nos fuimos acoplando cada uno en su habitación. Veníamos cansados, pero al haber andado por las alturas y bajar a dormir a una cota inferior, yo me sentía muy bien y eso le comenté a mi compañera...  

- Tengo "el hematocrito" por las nubes...

  Y así nos encontró la noche.

Puerta de entrada al reino de Mustang.
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Llegando a Kagbeni desde Muktinath... El valle que forma el río Kali Gandaki deja un vergel encajonado entre las áridas montañas.
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Kagbeni - Marpha - Kagbeni

Descansé muy bien esa noche. Lo del "hematocrito" me llenó de energía, ya no tenía mal de altura, ni nada... me levanté como un toro. Salí muy

temprano porque quería ver la actividad matutina del monasterio. Así que, cámara al cuello, me planté allí cuando apenas había salido el sol...

  La puerta estaba abierta. Sonaban ya los mantras y el "gong" de los timbales. entré al monasterio y vi a los monjes sentados a lo largo de una mesa baja. Iban a desayunar. Entraron unos niños con té y un poco de pan... Me acerqué sin que nadie me lo impidiese. Por respeto no disparé la cámara, no quería alterar la paz y la armonía que allí se respiraba. Observé un rato y luego salí sin hacer ruido. Fue una experiencia maravillosa.
  Después, en el exterior del monasterio, hice algunas fotos mientras continuaba la frenética actividad de los "monaguillos" que entraban y salían dando pequeños pasos, hasta que se levantaban la sotana y aceleraban el paso.


  Os aseguro que fue un rato de lo más curioso; relajante y excitante al mismo tiempo y sobre todo... ¡¡ Inolvidable !!

Los primeros rayos del sol tiñendo la cima de la montaña.
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Imágenes de la vida cotidiana del monasterio budista de Kagbeni.
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  Tras esta inolvidable visita volví a la casa para encontrarme con mis compañeros. El plan de hoy era visitar la localidad de Marpha. Así que, después del reponedor desayuno, nos reunimos en el hall para bajar a la plaza y coger un autobús que nos llevase a Jomsom. Nuevamente, la tensión se notaba en algunas personas del grupo, ya que todo viaje hasta Jomsom, suponía pasar por las maniobras de los buses, culeando hacia el cortado en cada curva de la carre..., perdón, de la pista. Pero bueno, todo eso nos hacía soltar adrenalina y mantenernos atentos.
​  En la "parada de autobuses", nos encontramos con otro grupo de personas; algunas subían a Muktinath y otras querían bajar a Jomsom... Aproveché para hacer otra tanda de retratos.

Uno de los templos de Kagbeni bajo la roca arqueada de las montañas.
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La gente, en general, posaba con alegría; son maravillosos.

  En esta ocasión el trato se cerró con más rapidez y nos dispusimos  bajar. Después, una vez en Jomsom, otro autobús nos trasladó hasta Marpha. En esta ocasión el viaje fue bastante más relajado, transitando por una pista ancha que atravesaba un hermoso valle y que iba picando hacia arriba. El conductor fue de lo más prudente que tuvimos en todo el viaje.

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Imágenes del camino hacia Marpha.
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  Llegamos a Marpha hacia mediodía. El tiempo era bastante bueno, algo nublado pero muy buena temperatura. Tras adentrarnos por las calles del pueblo, nos fuimos desgranando cual racimo de uvas, con la consigna de que a las 16:00 horas nos encontrásemos en el punto de partida para regresar a Kagbeni. Una primera toma de contacto, las primeras miradas de curiosidad de niñ@s y ancian@s... Alguna tienda de recuerdos, etc. El comercio no tiene nada que ver con lo que te encuentras en India. Allí, todo es querer venderte algo, insistiendo e insistiendo. En Nepal, nada más lejos de la realidad, los comerciantes, tanto de tiendas turísticas, como de puestos callejeros, te ofrecen sus productos, te enseñarán uno o dos, pero si les dices que no quieres, no se ponen pesados. 

  Mientras paseábamos por las empedradas calles de Marpha, íbamos echando un vistazo a algunos productos y ubicando el género para a la vuelta comprar lo que habíamos seleccionado. Este pueblo me gustó bastante, muy tranquilo, gente dedicada a la agricultura, a la ganadería y como no, al comercio. Escuela, templos y un campo de refugiados tibetanos que se instaló allí tras la invasión del Tibet por parte de las tropas chinas (1950).

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Marpha es un pueblo situado en un hermoso y fértil valle.
Free Tibet !!!
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Mujeres y niñ@s de Marpha posaban sin reparos.
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  Íbamos recorriendo con calma la calle principal que unía ambos extremos del pueblo, sin embargo la mañana pasaba deprisa y cada uno se “perdió” por el pueblo buscando rincones, gente y paisajes que fotografiar. Rosa y yo bajamos a las huertas para ver a las mujeres en plena faena, recolectando verduras. Después, seguimos calle abajo camino del campamento tibetano, nos encontramos con Nagore y nos acompañó hasta allí. Un paseo por los alrededores y vuelta para arriba, había que comer algo.

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La actividad agrícola juega un papel importante en la población.

  Camino hacia arriba, nos fuimos encontrando con compañeros que hacían la ruta al revés, ya habían comido e iban ahora al campamento tibetano. Paramos en un restaurante, que ahora mismo no recuerdo su nombre, pero comimos de cine, todo buenísimo y rápido, cosa bastante rara por estas latitudes... Unos momos, chow mein y unas patatitas asadas, todo ello regado con la famosa cerveza Everest.    ¡! Uuuuhhhhmmmmmmm ¡! 

  Ya con el estómago lleno, volvimos sobre nuestros pasos, camino de la puerta de entrada al pueblo, donde habíamos quedado en juntarnos a las 16:00. Poco a poco fue llegando la gente aunque, como siempre, algunos bastante más tarde que otros. Así como una hora más tarde de lo hablado, nos juntamos todos.

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El grupo esperando al bus en Marpha.
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  El autobús que debía llevarnos de vuelta a Jomsom no llegaba y Aritz intentó contactar con el conductor. Había surgido  algún problema y nos dejó allí colgados. Así que había que bajar como fuera. Tras una rato de espera, apareció un "autobús de línea". Aritz lo paró y le dijo al conductor que queríamos subir.


- Oh, no, no, is full, is full. -decía el conductor...
- Cómo que full... Venga todos para arriba ¡! -dijo Aritz entre risas.

  Y allí que subimos, el autobús casi lleno más nosotros trece... Fue uno de los momentos más “heavys” del viaje. 

Uno de los autobuses camino de Jomsom.

  Y allí que subimos, el autobús casi lleno más nosotros trece... Fue uno de los momentos más heavy del viaje. Diez o doce personas, más nosotros trece con nuestras mochilas, más... La rueda de repuesto en medio del pasillo, una cocina desmontada, dos cubos con tubos y manguitos, más el equipo de soldadura, más unos enseres de algún pasajero... y además, una bombona de butano para la soldadura ¡!
  Después de algunas “risillas” de los nativos, los agobios de alguno de nosotros para coger un sitio donde agarrarse (como el que escribe esto, que le tocó ir de pie y despatarrado) y un ambientillo de buen rollo que surgió espontáneamente, arrancó el bus camino a Jomsom.  ¡¡ Oh, my Good ¡!  ¡¡ Que subidón !!
  El conductor un fiera del asfal... perdón de la pista de montaña. Llevaba el autobús que eso quisiera Carlos Sainz y compañía. Buuuuuuuaaaaaa ¡! a 80 km/h, cuesta abajo, el barranco al costado, la pista llena de agujeros, piedra suelta, el sol de frente...

¡¡ Qué más se podía pedir para que la adrenalina nos saliese por los poros de la piel !! ¡¡ Sólo le faltaba ser ciego ¡!

  Qué odisea, Maite y Ana sentadas cada una a un lado del pasillo, agarrando la bombona, con las caras blancas del susto... alguno que otro, agarrado al asiento como si de un salvavidas se tratase... Alguna con los ojos cerrados, como si así no fuera a pasar nada...

¡¡ Que rato ¡!
Por fin llegamos a Jomsom... Ooooohhhh ¡¡¡... Se acabó el billete...
De verdad os digo que siempre, así viva 200 años, recordaré ese trayecto Marpha-Jomsom, cómo... “Una de las situaciones más difíciles a las que me he enfrentado nunca...” -haciendo referencia al migo Calleja-       ;-)

  No, en serio, fue una odisea de bajada. Parece que exagero un poco, pero el que estuvo allí sabe que es verdad. Bueno, fue una experiencia cojonuda, vivir en tus propias carnes un final de un día de la gente trabajadora, regresando a sus casas... Y ahora entiendo por qué, en el crepúsculo de la jornada, dan gracias a los dioses por haber vivido un día más... 
(es broma, eh ?)... Es por poner una pequeña nota de humor.

  Así que, tras llegar a Jomsom y montar en el jeep, el trayecto hasta Kagbeni fue como “coser y cantar”. Las curvas donde había que hacer maniobra, sacando el culo al barranco ya casi no daban miedo... ¡¡ Qué relax ¡!

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El pastor recogiendo las cabras antes del anochecer.

  Después de ducharnos y cambiarnos de ropa, quedamos para ir a cenar al Yak-Donal´s. Era la última noche en Kagbeni y no podíamos marcharnos sin probar estas  hamburguesas que supuestamente eran de yak, aunque estos animales ya brillan por su ausencia en Nepal. Sabido es, que cuando un animal o cualquier herramienta que el ser humano utiliza para su servicio, entra en decadencia, acaba perdiendo el interés y pasa a ser un estorbo. Los burros así como los yak, que eran prácticamente indispensables en otro siglo, ahora con los tractores y jeeps son casi una "carga". 

  El yak, en Nepal, era un animal considerado insustituible para las travesías por los parajes nevados en invierno, pero hoy en día con todos los transportes que hay, jeeps, tractores, helicópteros, etc. , no es más que un reclamo turístico casi imposible de ver.

  Volviendo al asunto del viaje, al final nos animamos Aiala, Joxe Mari, Eneko, Marina, Rosana, el “Apalatxe”, Rosa y yo. No recuerdo bien porqué, nos dirigimos a uno de los dos lugares que servían esta especialidad, no sé si porque en el otro no había carne o cual fue el motivo. El caso es que acabamos sentados, en un sitio bastante acogedor, donde además hacían sidra con manzana autóctona. Bueno, no era sidra, porque estaba sin fermentar, era el primer zumo que se saca del prensado, la “pittarra”.

  Tras esperar un ratito, bueno, un rato, nos sirvieron las hamburguesas con unas cervezas y un poco de ensalada. No sé si era yak o no, pero estaba buenísimo, también había un poco de hambre, es cierto, pero yo por mi parte le daría un notable.

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Cenando las "yakburguer" en Kagbeni.

  El caso es que se hizo bastante tarde así que serena y pausadamente volvimos a la Red House para recoger las mochilas y acostarnos a descansar un poco. El día siguiente marchábamos para Tatopani, punto de inicio del trekking que nos llevaría hasta Ganhdruk.
​  Kagbeni, la “última frontera” antes de entrar en el reino de Mustang, un pueblo entrañable, a 2.800 m de altura, con su vida pastoril y agrícola, con sus calles empedradas y un pequeño monasterio budista que nos regaló cada jornada, bien temprano, esos cánticos interminables y esos relajantes golpes del “gong” que los jóvenes monjes hacían sonar todas las mañanas. Los  días allí fueron maravillosos y nuestro amigo Pretty, el “Lama Bichhod”, un perfecto anfitrión y un chaval estupendo.

Saludos camarada.

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Pokhara - Jomsom - Kagbeni

Me levanté temprano, para dar una vuelta por Kagbeni antes de partir... Probablemente no volveré a pasear por sus callejuelas y disfrutar de sus paisajes, de su aire fresco y su tranquilidad... Quién sabe...

  Crucé el puentecillo que une los dos barrios que forma el riachuelo que baja impetuoso de las montañas  y tomé dirección noreste, hacia el camino de Muktinath. La mañana era fresca y el paseo fue muy gratificante, pensando, asimilando las cosas vividas y sintiendo la naturaleza.
  Subí hasta la loma que protege el pueblo y desde allí contemplé toda la panorámica del valle, un valle precioso, ancho, verde en las riberas del ahora escuálido río Kali Gandaki que, cual columna vertebral, secciona la cordillera camino al Ganga.

  El día era maravilloso pero un poco triste, porque se acababa el primer tramo del viaje. Sensaciones contrapuestas, porque aunque tenía la ilusión por empezar el trekking, no quería que los días pasaran tan rápido. Con lo larga que se hace la espera desde que se empieza a organizar el viaje, los días allí, en el destino, se pasan en un abrir y cerrar de ojos.

Paseando al amanecer.
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El día arrancaba en Kagbeni.

  Me crucé con un monje que rezaba mientras paseaba y con una mujer cargada con su cesto de mimbre que ellos llaman doko, pero me llamó la atención la imagen de los niñ@s en la puerta de la escuela limpiándose los dientes, pero, no por el hecho de la limpieza, sino por el afán y lo formales que estaban junto al riachuelo. Muy buen trabajo de base. ¡¡ CHAPEAU !!
  Después, xhanti-xhanti me acerqué hasta la Red House Lodge para reunirme con el resto del grupo...
​  Pues bien, tras recoger todo lo de la habitación y cerrar las mochilas, bajamos a desayunar. Ahora nos esperaban unos días que todos deseábamos con mucha ilusión... El trekking !!

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  El viaje, que arrancaría sobre las 10:00 horas, se alargaría unos 70 km más o menos y se planteaba de la siguiente manera:


> Trayecto en autobús / Kagbeni – Jomsom  (11,5 Km) (cambio de bus)

> Trayecto / Jomsom – Ghasa (40,5 Km) (cambio de bus)

> Trayecto / Ghasa – Tatopani (21 Km) (final de trayecto)

  La llegada estaba prevista sobre las 15:00 horas para darnos un bañito en las aguas termales. Tatopani, en nepalí, significa eso: 

Tato (caliente) + pani (agua)... "Aguas calientes”

 

Uuuuhhmmmm... ¡¡ Sonaba de miedo !!


  Sobre el horario previsto, las 10:00 am, salimos de la Red House, tras decirle adiós a nuestros anfitriones y con tristeza despedirnos de Pretty...

¡¡ Agur beltzaaaaaaaaaaaaaaaa !!

Este es el trayecto en los distintos autobuses hasta Tatopani.
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El autobús que nos llevó a Ghasa.
A la izquierda, el grupo con Pretty y su cuñada antes de la despedida.

 Tras pasar el mal trago de la despedida, montamos en el primer autobús y pusimos rumbo a Jomsom. Estaba bastante cubierto, pero no amenazaba lluvia...

  Al llegar a Jomsom, tomamos un milk-tea mientras esperábamos. El tiempo empeoraba y empezaron caer unas gotas. Cambio de autobús para hacer el trayecto hasta Ghasa...

  Las aldeas que atravesábamos con sus típicas casas de tejados planos y la leña apilada en ellos, iban dando paso a otro tipo de construcción más acorde a un clima con más precipitación. Parece mentira que en tan pocos kilómetros cambie tanto el paisaje.

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El valle se cerró en niebla; aquello prometía... Miedito...
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La gente nos sonreía desde el autobús.
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  El paisaje había cambiado completamente. De las áridas, frías y estériles tierras altas de Kagbeni y Muktinath, habíamos pasado a las fértiles y verdes tierras del valle. Todo en el cauce del río Kali Gandaki, pero con una impresionante transformación por causa de la altura.         Dejamos atrás Marpha y las aldeas de Tukuche, Kobang, Larjung y seguíamos descendiendo camino a Tatopani, donde nos esperaban las termas...  ¡¡ Uuuuuhhhmmmm !!
 

  Todo iba según lo previsto, sin lluvias, bien de horario, bien con el conductor, tranquilidad... Parecía mentira.

El yak pastando y Nagore que bajó a "torear".

  Cuando nos metimos de lleno en el valle, el cielo estaba ya completamente cerrado, igual que los días de txiri-miri en Euskal Herria, así que tampoco nos extrañaba mucho. Mejor pasar el día malo en el bus, que más adelante en el monte. A medio camino de Gasha, una parada para un milk-tea y estirar las piernas y... ¡¡ Ver un yak !!

  La vista se perdía en los paisajes que íbamos dejando atrás, en los recuerdos de Kagbeni y en el trabajo de imaginar cómo sería el treking... Y así, dejando volar la imaginación y reteniendo cada paisaje en las retinas, a medio día, llegamos a Ghasa.

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La "estación de autobuses" de Gasha.

  Ghasa, es un punto a medio camino entre Jomsom y Tatopani. Dos lugares estratégicos en la entrada a las rutas que surcan los Annapurnas. Un espacio creado como lanzadera de autobuses y zona de descanso para los conductores y como forma de vida de mucha gente que se organiza, así, para aprovechar las rupias que deja el turismo de montaña.
  En realidad es una gran explanada entre montañas, con una serie de chabolas donde se negocia el precio a pagar por el traslado de un punto a otro... Aprovechamos para comer alguna galleta y beber algo, mientras Aritz se "peleaba" con los transportistas, que parecía que querían cambiar lo pactado días antes con "The Boss". No sabían bien ellos a que se enfrentaban...

  Tras un largo tira y afloja y después de cambiarnos de autobús, nos asignaron a "Kristina", una machine, como todos los autobuses de Nepal, un híbrido entre autobús y jeep, preparado para las travesías más duras...
Pues bien, acomodados en "Kristina", arrancamos para cubrir el último tramo de este día, Ghasa-Tatopani. Todo redondo, en ningún viaje, ni por India, ni en los días de Nepal, nos había pasado algo igual...


​                                          ¡¡ QUE SUERTE !!
  Quedaba algo menos de la mitad del recorrido y todo perfecto...

Esta es la famosa "Kristina".
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  Según pasaban los kilómetros, la pista se hacía menos transitable, con más piedras y más curvas, en un descenso sin descanso... Baches, traqueteo, más baches y... ¡¡ De repente !!
- OOOHHH !! ... ¡¡ A big problem !!  -dijo el conductor. 
- ¿ Qué pasa ?  - nos preguntamos todos...


​  Una caravana impresionante y el tráfico parado...  ¡¡ Buuuuffff !! Aquello no pintaba muy bien. 
Claro, ¡¡ ya está !! No podía ser de otra manera, el viaje estaba saliendo a la perfección y eso por estas latitudes no es normal. Siempre, siempre, hay algún imprevisto, siempre...

El tráfico parado en el descenso hacia Tatopani.

  Al bajar de "Kristina" y acercarnos hasta la curva, para ver qué pasaba, comprobamos que la cosa era bastante seria. Un camión se había averiado, justo en el lugar donde la pista era más estrecha y además con un escalón a la izquierda de la bajada, que no permitía el paso a los demás vehículos.

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Este era el panorama: el camión bloqueando el paso en el punto más estrecho.

  Yo en un principio pensé que era un desprendimiento ya que, en la ladera de la montaña, había un rebaño de cabras pastando y al moverse hacían que cayesen alguna que otra piedra. Pero no, estaba confundido, había sido la avería del camión. El asunto no pintaba muy bien. El escalón era bastante grande y los vehículos no podían pasar.
  Los "ingenieros" se pusieron en marcha y, después de analizar la situación, decidieron rellenar el agujero con piedras, para intentar igualar el terreno. Allí se pusieron manos a la obra, Aritz, Aitor y Joxemari, junto con algunos nepalís. Movían piedras bastante grandes, por ello, yo no quise acercarme, no por insolidario, sino porque mis riñones son como de cristal y lo que me faltaba era que me diese uno de esos lumbagos que me dejan doblado durante quince días...

  Tras casi dos horas de “obras”, el “segundo cinturón” de Tatopani estaba finalizado y se inauguró con el paso de un autobús que movió las piedras que aún estaban sin asentar. Aritz se jugó el tipo metiéndose debajo de él, para mover una piedra que casi golpeó la dirección del bus. Si ese autobús se hubiera quedado ahí bloqueado, entonces sí que hubiera sido el fin de la historia. Después de unos cuantos vehículos le tocó el turno a nuestra "Kristina". Decidimos que pasara el bus y nosotros esperar a montar al otro lado. Todos menos “Apalatxe” que había decidido seguir andando y lo cogeríamos por el camino. Estaba un poco nervioso, el trayecto se estaba haciendo durillo. Malas pistas, mucho desnivel... Los nervios habían podido con él.

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Los trabajos del "2º cinturón" de Tatopani. Fotografías de Maite Olaziregi.
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Tras las obras de acondicionamiento, se estableció de nuevo el tráfico.
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El momento en que "Kristina" sobrepasa el punto del atasco.

  Entre aplausos y vítores iban pasando los buses y camiones. Nosotros montamos y seguimos nuestro camino. No sé si llegaríamos a horas prudentes para darnos un baño en las termas. Me daría mucha pena perderme eso, pero...

  Después de un par de kilómetros, alcanzamos a “Apalatxe” que, ligero-ligero, había adelantado un buen tramo. Estaba junto a una pequeña cascada que caía justo frente a la pista y la fuerza del agua empujaba a los vehículos al pasar. Por lo visto, el bus que había pasado con anterioridad a nosotros, debió tener un pequeño susto, derrapó y se deslizó un poco en el paso. Aritz, el “Apalatxe”, lo había visto y estaba atacado. Insistía en que bajáramos del bus, pero ya estábamos tan cansados que nos fiamos de la habilidad del conductor. Cruzamos sin problemas y continuamos viaje. Seguro que nuestro compañero saca una historia para inventarse una canción y publicarla en su próximo disco. 

 Sin más novedades llegamos al Dhaulagiri Lodge de Tatopani a las 7 de la tarde, 9 horas para hacer 70 km... es decir 7,7 km/h, este es el récord de los récords. El anterior eran las 17 horas que tardamos en hacer los 460 km entre Delhi y Orchha, el año 2014.
Fue llegar, instalarnos a toda pastilla y bajar a las termas, que todavía estaban abiertas. ¡¡ Oh my Good !! ... ¡¡ Que gozada !!

  Pasamos de máquinas de fotos y de todo, era cuestión de relajarse y disfrutar... Agua sulfurosa, con ese olorcillo a huevo podrido, pero calentita, calentita. La verdad sea dicha, fue una maravilla. Te relajaba de tal manera que bajaba la presión arterial a los mínimos permitidos... Nos sirvió para soltar toda la tensión acumulada durante el viaje y también relajar la musculatura en vistas al día siguiente, que se esperaba durillo, con el inicio del trekking.

  Tras una horita de relajación en las "aguas calientes" volvimos a las habitaciones. Una ducha, cenar y a ver la primera proyección de fotos. Como siempre gratas sorpresas entre los compañer@s, con algunas fotos muy buenas. Risas, algo de vacile sobre el viaje, algún comentario sobre el día siguiente y a la cama.

  El día había estado cargado de tensión y el siguiente se antojaba duro físicamente, así que sin más dilación y aprovechando la relajación que traíamos del paso por las termas, nos abandonamos al silencio de la noche y así mecidos por el susurro del río, nos quedamos dormidos.

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Tatopani - Shikha

Amaneció una fresca mañana que recibimos entre las verdes montañas y el inmenso jardín que es el complejo de Tatopani, los trinos de los pájaros y el relajante sonido del agua bajando por el abrupto cauce que, el río Kali Gandaki,

recorre por estos lares... Yo salí, a estirar las piernas y ver como pintaba la mañana. Estaba nublado, pero no con la amenaza de la lluvia. Bajé hasta las termas para hacer una fotografía de recuerdo. Me hubiese dado otro baño, pero ni había tiempo material, ni convenía físicamente, ya que en un rato salíamos para Shikha y nos esperaba una buena caminata...

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Una de las piscinas con aguas termales en Tatopani.
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El Dhaulagiri Lodge donde nos alojamos en Tatopani.

  Después de un potente desayuno, a las 08:30 nos reunimos con las mochilas ya preparadas en el patio del complejo. Aritz nos presentó a Nagendra, nuestro guía en la montaña y a la cuadrilla de porteadores que nos iba a acompañar durante todo el trekking.

  Tras las presentaciones, unas normas básicas de cómo se había organizado la marcha y casi, sin más dilación, arrancamos camino a Shikha.  ¡¡ Empezaba el trekking por la Reserva del Annapurna !!

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El recorrido del trekking, que en la imagen de la izquierda parece una "burrada", se queda "ridículo" visto en la amplitud del mapa de Nepal.
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    Tras las presentaciones, unas normas básicas de cómo se había organizado la marcha y casi, sin más dilación, arrancamos camino a Shikha.

¡¡ Empezaba el trekking por la Reserva del Annapurna !!

  Apenas 10 km de recorrido, pero eso era lo de menos. Teníamos todo el día para hacerlo. No había prisa, se trataba de disfrutar del camino, de contactar con la gente y hacer fotos. 
  De todas formas, yo tenía un poco de, vamos a decir "respeto" a la montaña. No sabía cómo iba a responder con mi cuerpo "motor diésel", ante tanta juventud con "motores gasolina" y efectivamente, cuando empezaron las primeras rampas, me fui quedando rezagado...

Tramo entre Tatopani y Shikha.
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Tras cruzar el primer puente colgante, el grupo inició el recorrido; luego habría más y más puentes...

  La consigna era clara: no adelantar a Nagendra, que iría abriendo al grupo, ni quedarse por detrás de Aritz, que lo iría cerrando. Yo, como os podréis imaginar, siempre caminaba junto a Aritz que, todo hay que decirlo, tuvo una paciencia infinita conmigo. Bueno, para ser sinceros y sin que nadie se entere, "el Comandante" se quedaba en la retaguardia, cuidando las espaldas de su tropa, para no verse así sorprendidos por un ataque sorpresa...

  Pero esto que quede aquí, entre nosotros.

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  El primer tramo se me hizo bastante durillo, había que salvar un desnivel bastante fuerte, para ganar altura. Lo tomé con paciencia y a "paso de yak", haciendo alguna parada cuando veíamos a alguna persona y así coger algo de aire. Hablando con Aritz y disfrutando de las vistas del valle, alcanzamos la aldea de Gharkola en el collado y un poco más arriba a nuestros compañeros.

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Al ir ganando altura, las vistas del valle y de las terrazas que se abrían en las laderas de las montañas, componían un hermoso paisaje.
Saludar a las mujeres que encontrábamos por el camino era todo un placer.

  En la aldea de Gharkola hicimos un alto en el camino y tomamos un milk-tea. Aritz aprovechó para curar a un niño que tenía una herida en un pie. Tras recuperar el aliento, continuamos camino a Shikha. 
  El cielo empezó a encapotarse y el aire traía olor a lluvia, se notaba... Efectivamente, un rato después, unas finas gotas nos dieron el aviso para ponernos el poncho de plástico, antes de que el chaparrón fuese mayor. Pasamos por una zona de escalones, que nos llevaron a la siguiente aldea, Ghara. Allí nos refugiamos un poco del chaparrón que caía, comimos unas galletas y bebimos otro té... Ya quedaba poco, un último esfuerzo y llegaríamos al destino.

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Las estribaciones de las altas cumbres nos dejaban paisajes maravillosos de tierras de cultivo y mujeres trabajadoras.
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Subiendo a Shika hice esta fotografía, para mi, una de las mejores del viaje.

  Sin mojarnos mucho, llegamos al See You Lodge de Shikha a eso de las 14:30 horas. Yo iba bastante cansado, más por el dolor de espalda que por otra cosa. Repartimos las habitaciones y, después de lavarnos un poco, nos juntamos para comer. El comedor era amplio, con una chimenea enorme, que desprendía un calorcito muy tentador. Aprovechamos para secar algo de lo mojado y descansar junto al fuego. Yo comí una sopa muy rica, además, algo caliente venía muy bien y era lo que necesitábamos para que el cuerpo cogiera temperatura. No hacía excesivo frío, pero con tanta humedad la sensación térmica se desplomaba. Debíamos estar frente al Dhaulagiri (8.167 m), pero tanta niebla nos impedía verlo.
  Fuera, arreciaba la lluvia y así lo sufrieron dos parejas de rusos que llegaron sobre las 16:00 horas, calados hasta los huesos. Nosotros, por nuestra parte, fuimos acoplándonos en grupos. Unos en el comedor, otros a la siesta,  alguno aprovechó para hacer alguna fotografía... la verdad es que se quedó una tarde bastante desapacible.

Camino de Shikha por la aldea de Gharkola.
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Las nubes se apoderaron de la montaña y, al escampar, vimos que habían dejado un fino manto blanco en las cimas más bajas.

  Al anochecer, según se iban marchando las nubes hacia el sur y gracias a la luna llena, pudimos ver en el horizonte, recortando el inmenso fondo oscuro, la silueta del Dhaulagiri

  Quedamos para cenar a eso de las 19:00 horas. Tras la cena se planteó hacer algo de fotografía nocturna, ya que la noche había quedado algo más apacible y además la luna llena que colgaba sobre nosotros invitaba a ello. Algunas fotos y a descansar. Yo la verdad no estaba muy inspirado y me apetecía más recostarme junto a mi compañera. Algún cambio de impresiones y juntitos para no pasar frío, nos dormimos plácidamente.

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Ya al anochecer y gracias al reflejo de la luna llena, se intuía la silueta del Dhaulagiri.
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Shikha - Ghorepani

Me despertó la luz de la luna llena que se colaba por la ventana de la habitación. Una imagen y una situación que jamás, así viva mil años, podré olvidar. Una humilde casa, una pequeña habitación, una tosca cama y un raído edredón en un país

lejano, pero... ¡¡ Cuanta felicidad allí concentrada !!  Me gustaría despertar siempre así, con la imagen de la luna, pura, redonda, brillante... Pasando de un hueco de la ventana al otro, como jugando al escondite. Cariñosamente desperté a mi compañera, agradeciendo su amistad y compañía y agradeciendo un nuevo día. 

- Mira... -le dije- No te puedes perder este espectáculo. 

Y así, bajo la romántica luz de la luna, nos encontró el alba...

  Me levanté con las primeras luces del sol y... ¡¡ Oh my Good !! ... Allí estaba, delante de mí. ¡¡ El Dhaulagiri en todo su esplendor !! Efectivamente, era una montaña impresionante, esbelta y preciosa. De hecho, en sánscrito, que es de donde proviene ese nombre, धवल dhawala significa deslumbrante, blanco, hermoso y गिरि giri significa montaña.
  "La montaña hermosa, blanca y deslumbrante", se ascendió por primera vez en 1960 y es el punto más elevado de la cuenca del río Kali Gandaki.

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El amanecer del 5 de abril de 2015, lo recordaré como el más hermoso de toda mi vida. Esta es la vista desde nuestra ventana.

  Rápidamente, cogí mi fusil (Nikon D700), calé mi bayoneta (Tamron 24-70) y disparé una ráfaga de instantáneas llenas de luz y color. Me sentía feliz, lleno de vida.
  Salí a la terraza y allí estaba mi amigo Aitor, otro apasionado de los amaneceres, haciendo sus fotos y time-lapses. Cambiamos impresiones y comentarios y alucinamos con la belleza de la mañana y la grandiosidad de la montaña. Tras un rato de charla recogimos nuestras “armas” y nos fuimos a preparar todo ya que, tras el desayuno, arrancaríamos con la segunda jornada del trekking

  Hoy haríamos otro nuevo tramo de 10 Km, entre Shikha y Ghorepani. La mañana era maravillosa, un día limpio y claro, con una luz radiante. Los porteadores salieron por delante, ellos harían la ruta en apenas hora y media y nosotros, bueno, por lo menos, yo, tardaría alrededor de cuatro horas. No había prisa, teníamos todo el día para caminar.

  Salimos sobre las 8:45 de la mañana. Una mirada hacia atrás, allí quedaba Shikha, pero, nosotros debíamos continuar. Enseguida el grupo se partió y nos volvimos a disgregar a lo largo de los kilómetros. Por detrás quedábamos Rosa, Aritz, Nagore (que tenía un tobillo bastante tocado) y yo. Shanti-shanti fuimos calentando la musculatura y tensando las piernas. Pero enseguida nos encontramos con Ana y con Birat, el porteador de Begnas Tal, amigo-hermano de Aritz. Se habían despistado y andaban un poco apurados. Birat era la primera vez que trabajaba en esto y vino animado por Aritz.

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Tramo entre Shikha y Ghorepani.
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La aldea de Shika, con su impresionante vista del Dhaulagiri.

  Poco después,  Birat se adelantó y nos dejó a nuestro ritmo, pero Ana decidió quedarse con nosotros. Bueno, es un decir, porque pegaba un tirón y nos sacaba 300 metros, luego nos esperaba sentada a la orilla del camino. Así fueron pasando los kilómetros.

Todo subida entre bosques de rododendros hasta Ghorepani.
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Según subíamos el horizonte se ampliaba mostrando hermosas vistas.

  A media jornada paramos a tomar un milk-tea en un pequeño puesto que regentaba una mujer en la aldea de Chitre. Frente a su casa, una humilde tejavana con unos asientos de madera, situada al borde del camino, hacía de "terraza ". En el bajo de la casa tenía un hornillo donde preparaba el té y un pequeño almacén. Todo muy humilde, sí... Pero amigos... ¡¡ Que vistas !!

  Además, todo aderezado con la imborrable sonrisa que esta maravillosa gente luce siempre en el rostro.

Tomando un té con esta vista de fondo... Fue un increíble momento de paz.
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Las aldeas, en ocasiones de tan solo una o dos casas, mostraban la humilde vida de los nepalíes. 
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Algunos de los habitantes de la aldea que encontramos por el camino.

  Nos tomamos el té tranquilamente y antes de continuar compré un trozo de queso de yak. Olía de maravilla. Cuando nos pusimos en marcha, Aritz nos comentó que, al llegar al arco de entrada de Ghorepani, no nos hiciésemos ilusiones ya que todavía quedaba lo más duro de la jornada y al final había un cansino tramo de escaleras para subir al pueblo.


  Seguimos haciendo camino, el paisaje cambiaba, ya que pasábamos de las terrazas de arroz y cereales a un bosque bajo, donde se empezaban a ver los primeros rododendros. La mañana seguía maravillosa, con una temperatura ideal para caminar. Los lugareños, acostumbrados al paso de la gente, nos observaban impasibles  al borde del camino.
Un intercambio de saludos...

- Namasté.
- Namasté ... Y a continuar...

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La tala de árboles y la recogida de leña ocupa parte de la jornada de la gente de la montaña.
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Un precioso rododendro... Luego vendrían muchos más.
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  Al cabo de un rato llegamos a la puerta de Ghorepani. Un rato de descanso, alguna foto y a seguir caminando. Poco después empezamos a ver los primeros tejados. Antes de entrar en la zona habitada, empezaron las escaleras...

  Escaleras, escaleras, más escaleras... y más escaleras. Los escalones cada vez eran más altos y resultaron ser un auténtico rompe-piernas.

Por fin, la plaza del pueblo.
- ¿ Dónde está el alojamiento ?
- Allí arriba -dijo Aritz, señalando lo alto de la colina.
- ¡¡ Oh, no !! ... ¡¡ Más escaleras !!

Nuestra amiga Ana, esperando en el arco de entrada a Ghorepani.

  A eso de las 14:30 horas llegamos al Hilltop Hotel. El resto del grupo nos esperaba en la terraza, tomándose unas cervezas. Habían colocado la Ikurriña en el mástil de la terraza, junto a la bandera de Nepal.


  Una pareja de catalanes se acercó a saludarnos. Tras unas bromas y un rato de conversación, se animaron a colocar la Senyera junto a las otras dos banderas. Conocimos también a Paco, un chaval de Alicante que andaba haciendo el trekking y como nosotros, bajaba hacia Tadapani.

 

  Hermandad, camaradería y buen rollo.

Tras cruzar el arco encontrábamos esta imagen: arriba, en el horizonte,
los tejados de Ghorepani rodeados de bosques de rododendros.
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  Pues bien, tras acomodarnos en la habitación y lavarnos un poco, bajamos a comer. Algo de pasta para recuperar hidratos de carbono. Tras un ratito de sobremesa, decidimos bajar al pueblo y comprar algunas cosillas que nos hacían falta en las tiendas y puestos que llenaban las azules casas de las empedradas calles de Ghorepani.
  Entramos en un local a tomar un milk-tea. Allí nos encontramos, nuevamente, con Paco. Él se alojaba en ese establecimiento. Estuvimos un rato, muy a gusto, cambiando impresiones. Se estaba de lujo, ya que en la calle hacía fresco y en el salón se estaba calentito, con una enorme estufa de leña a pleno rendimiento.
  Un rato más tarde, subimos al refugio. Un poco de tertulia en el hall, secar alguna toalla en la estufa y pronto a cenar. Ya se había echado la noche y el cansancio empezaba a hacer mella. Troceé el queso de yak y lo repartí entre Nagendra, los porteadores, mis compañer@s y la gente que estaba sentada en nuestra mesa. Muy rico. A mí, particularmente, me gusta mucho el queso y este me encantó. No recuerdo lo que cenamos, pero tras un rato de sobremesa, nos subimos a descansar. El día siguiente se antojaba duro. Nos teníamos que levantar a las tres y media de la mañana para subir a Poon Hill.

  Los nervios, el cansancio  y el tener que madrugar quisieron que tardásemos un rato en conciliar el sueño...

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Ghorepani - Poon Hill - Tadapani

A las 3:30 de la mañana sonó el despertador. ¡¡ Arriba !! Había que vestirse, ya que a las 4:00 habíamos quedado con Nagendra y algunos más, para “atacar la colina”. Yo, la verdad sea dicha, dormí bastante mal esa noche. No sé si por los

nervios de la jornada que nos esperaba o por qué, pero no descansé bien. Eran unos 400 metros de desnivel, de los 2.750 metros de Ghorepani hasta los 3.280 de Poon Hill, pero bastante durillos y a las cinco de la mañana ya empezaba a amanecer. 


  Mi "motor diésel" sufre mucho con un acelerón en frío... La mañana era bastante fresca y la luna iluminaba la majestuosa silueta del Annapurna Sur, justo delante de nosotros. Nos reunimos y arrancó la subida. Salimos por la parte de atrás de nuestro hotel y, claro está... ¡¡ Empezábamos con escaleras !!

Subida nocturna hacia Poon Hill.
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  Después de una hora y media subiendo, llegamos a la colina. La vista desde allí recompensaba todo el esfuerzo. Quería fotografiar la “hora azul” y el crepúsculo matutino. Igual que en India, la “hora azul” en estas latitudes es especial, difícil de captar, hay mucha claridad en el cielo y cuesta mucho.
  Aunque estaba despejado, arriba en las cimas de las montañas se veía una fina niebla, que sumado a la escasa luz, hacía bastante trabajoso enfocar bien. De todas formas, la vista era impresionante.
  Hacía bastante frío, las manos se quedaban heladas y agradecí mucho el café que Rosa sacó de la barra situada allí arriba y que me ofreció cariñosamente. 
El sol empezó a asomar en el horizonte, tiñendo de luz las tontorras, es decir, las cimas de las montañas. Primero el Machapuchre al este, luego el Annapurna I y el Sur y finalmente al oeste el Dhaulagiri. 

Recorrido de la jornada.

  El Machapuchre tiene una buena historia: en 1957 Wilfred Noyce y David Cox intentaron subirlo y se quedaron a 50 metros de la cima, poco después el gobierno nepalí prohibió escalar esta montaña porque la declararon sagrada. Así que, se dice, que aún nadie la ha escalado.
  En un abrir y cerrar de ojos la cima de la colina se llenó de gente. Nosotros habíamos subido de los primeros, sólo dos o tres personas llegaron antes. En esta ocasión, sí que se cumplía la máxima de que... “Al que madruga, Dios le ayuda”, ya que habíamos cogido una posición excelente, en primera línea de la plataforma de hormigón que sirve de base y apoyo a una torreta con un repetidor. En unos minutos aquello se convirtió en un hervidero de gente queriendo fotografiar el horizonte.

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La "hora azul" desde Poon Hill. Una de las más bonitas que he visto.
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Las primeras luces ya nos anunciaban un espectáculo inolvidable. El momento de despuntar el día fue un instante mágico.
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La panorámica desde arriba es... ¡¡ Fascinante !!
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Gran expectación por captar el maravilloso momento del amanecer. A la izquierda el "Comandante" con el Machapuchre al fondo. (Fotografía: Rosa Morla).
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  En una lucha sin cuartel, tuve que defender mi posición en la colina, como si de una épica batalla de la 2ª Guerra Mundial se tratase ya que, una cuadrilla de chinos -bastante mal educados por cierto- llegaron los últimos y se querían colocar en primera línea. Tuve que usar los codos para defender mi posición.
​  Una cosa es pedir de buena manera paso o un hueco para hacer una foto y amablemente se lo dejas, pero, querer pasar por la fuerza, a empujones y poniendo en peligro mi equipo, eso era demasiado.

Nota: Posteriormente, tras mis dos viajes a China, me he dado cuenta de que el ritmo de vida en sus abarrotadas ciudades les hace ser así de impulsivos. Si te paras, la vida te arrolla. En los pueblos más pequeños no son así, el ritmo de vida es más sosegado y ellos más amables.

El grupo con Nagendra y Birt en Poon Hill (3.280m).

  Pues, con esa pelea, se hizo de día en un suspiro y allí ya estaba “todo el pescado vendido”. Tras recoger todos los bártulos y hacernos la foto de rigor, en el letrero que marca la cima, empezamos a descender en busca del desayuno. Teníamos una dura jornada por delante, la más dura del trekking, el tramo que nos llevaría de Ghorepani a Tadapani. Para los porteadores unas tres horas y media, para nosotros... Quién sabía cuánto.

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El Dhaulagiri, con sus 8.167 m de altura, visto desde Poon Hill, con la luz del sol iluminando su cima... Sin palabras.
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El Annapurna Sur en primer plano, con la punta del Annapurna al fondo.
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Ya completamente de día, en la bajada hacia Ghorepani, se podían ver estas vistas.
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El Hilltop Hotel de Ghorepani.
Poon Hill visto desde el camino a Tadapani .

  Tras desayunar y hacer la mochila, sobre las 08:30 horas, arrancamos con la cuarta etapa. Nada más dejar atrás las construcciones de Ghorepani, la pista empezaba a ascender y se adentraba en un frondoso bosque de rododendros. Empezaron las escaleras, tramos de pista y más escaleras... Un auténtico rompe piernas y, para mí, un auténtico rompe pecho.

Seguimos ganando altura entre robles, una especie de fresnos y floridos rododendros que daban un hermoso colorido a la ascensión. En un claro del bosque y volviendo la vista atrás, podía ver el valle en toda su extensión.

Dejando atrás Ghorepani.
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  La imagen era impresionante, tres días de recorrido concentrados en una única mirada; Ghorepani en primer plano, más abajo Shika y escondido tras una loma se podía imaginar el pueblo de Tatopani. La mañana era maravillosa, limpia y clara. Un pequeño descanso y otro tirón...  El grupo, como os podéis imaginar nos había dejado hacía un buen rato y como todos los días, Nagore, Rosa, Aritz y el que escribe esto, cerrábamos “la cordada”. Según íbamos ascendiendo, camino al otro lado del valle, íbamos dejando atrás las grandes montañas y la vegetación cambiaba. Una sensación de tristeza invadió mi corazón. Tenía que dejar atrás esa imagen, grabada a plena luz de sol y nieve, esa sensación de paz, de libertad, de amor. Me hubiera quedado allí horas, incluso días, contemplando aquella belleza, sintiendo esa armonía entre cuerpo y alma, era una sensación mágica, caminando en silencio queriendo absorber toda esa fuerza y paz interior.

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El paso por el collado, nos llevaba a la otra vertiente de la montaña. Poco a poco iríamos perdiendo de vista los grandes picos.

  Pero, teníamos que seguir. Quedaban muchos kilómetros por delante. Nos adentramos de nuevo en el bosque y entre las ramas de los árboles, como niños jugando al escondite, las majestuosas cimas del Machapuchre y el Annapurna Sur enseñaban sus esbeltas siluetas entre las nubes de algodón, mostrando el lado más romántico de la montaña, en un desafiante y doloroso baile de despedida.
  Alcanzamos el collado y empezamos a descender al otro lado del valle. Un descenso vertiginoso, duro, repleto de altos escalones. Un gran esfuerzo y un martirio para rodillas y tobillos maltrechos... Tocaba sufrir un poco.

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Distintas vistas de los Annapurnas en el camino hacia Tadapani.

  Llegamos a una aldea donde paramos un momento a tomar un milk-tea. El cielo se tornaba plomizo y la brisa traía olor a lluvia. Nos pusimos en marcha buscando el fondo del valle, al que llegamos cerca de las 14:00 horas. Un par de refugios en el camino y la hora de comer hizo que nos detuviéramos. Allí nos encontramos con Aiala y Marina...

  Bajo una tejavana junto al refugio, comimos un dhal bat -la sopa de lentejas típica de India y Nepal- que a mí, particularmente, me supo a gloria. Mientras comíamos, una fina lluvia, lo que en mi tierra llamamos txiri-miri, regó el camino, dejando las piedras resbaladizas y más peligrosas. Apenas media hora para comer y de nuevo a la faena.

  Quedaba un rato por delante y no podíamos dormirnos, para que no nos sorprendiera la noche. La lluvia había cesado.

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El descenso estaba plagado de banderas de colores con los típicos mantras escritos en ellas.
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Al volver al camino, Aritz nos advirtió:
- Ahora llanearemos unos kilómetros y después nos encontraremos con una pared...


  Rosa estaba muy cansada y tuvo un momento de bajón. A veces, cuando las fuerzas flaquean, la cabeza juega malas pasadas y este era un caso de esos. Tras unas palabras de ánimo, supo reponerse con el coraje que le caracteriza. Es un ejemplo de superación y una mujer fuerte, aparte de una bellísima persona.
  Tras un corto descanso, suficiente para recuperar el aliento y mentalizarnos de que esto ya estaba hecho, nos enfrentamos a las primeras rampas que nos acercaban a la recta final. La pista empedrada daba paso a tramos de escaleras... más escaleras... curva a la izquierda y... más escaleras, curva a la derecha y... allí estaba, la pared ¡!
  Era una pared en el sentido literal de la palabra. Pero una pared de escalones de medio metro de altura. Aquello era interminable, casi inhumano... abandonados ya al cansancio, nos dejamos llevar...

- ¿ Dónde acabara esto ?  -me decía Rosa entre sollozos.


  Por fin, tras una dura subida, vimos los primeros tejados. De pronto una pequeña plaza y allí estaba... ¡¡Tadapani !!
Eran las 17:00 horas, estábamos reventados. Habían sido unas ocho horas de marcha, que sumadas a la hora y media de la mañana, hacían alrededor de diez horas caminando. Los pies se habían fundido con las botas, yo tenía la espalda tan resentida que ya no sentía el dolor.
  Llegamos al refugio llamado Grand View Guesthouse. Era una humilde construcción con unas impresionantes vistas al Machapuchre y al Annapurna Sur, un último regalo para la vista. Allí nos juntamos con el resto del grupo, que había llegado completamente disgregado. Por lo menos había una buena noticia... ¡¡ Teníamos agua caliente ¡! Una ducha nos devolvió a la vida y, tras reponer líquidos, estábamos casi como nuevos.

  Después de un rato de relax, nos reunimos para cenar sobre las 19:30 horas. Allí estábamos todos como una gran familia. Nagendra y los porteadores estaban contentos. Para ellos significaba que se terminaba el trabajo y volvían a casa a ver a la familia. Algunos tienen niños pequeños  y ya se sabe, los pequeñajos se echan en falta.

  Tras la cena, espontáneamente se organizó un pequeño "sarao". Alguno de los porteadores se animó y se lanzó a bailar. Como no podía ser de otra manera, entre palmas y silbidos sonó la "banda sonora" de nuestro viaje, el Resham Firiri. Al cabo de un rato, la algarabía se fue tornando silencio y el cansancio se fue apoderando de nuestros agotados cuerpos.

Grand View Guesthouse en Tadapani.
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  Había sido un día muy duro, la gente poco a poco fue buscando las habitaciones y acomodándose para descansar. Ya en la habitación, solo me dio tiempo de despedirme con un "buenas noches" porque, Rosa, fue meterse en la cama y quedarse dormida. A mí me costó un poquito más, intentaba escribir algo en el diario, pero el cansancio me doblegaba y sucumbí a los ataques incesantes de Morfeo.
  Había que descansar y recuperar fuerzas...

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Tadapani - Kimche - Pokhara

Me levanté temprano, sobre las 06:00 de la mañana. Como todos los demás, amaneció un día radiante. Aitor ya estaba preparado para hacer un time-lapse. Charlamos un rato. Delante de nuestros ojos el sol se levantaba tiñendo con su

cálida luz las laderas del Machapuchre. Una vista irrepetible...

  De repente, la nostalgia me golpeó fuerte y un torrente de recuerdos invadió mi mente. Se cumplían siete años de la muerte de mi madre. Un siete de abril, así, al amanecer, su cansado corazón no aguantó más. Aunque no soy creyente, allí, tan cerquita del cielo, su imagen, su voz y su alegre risa se colaron en mi cabeza, sintiéndola tan cerca que parecía que estaba ahí mismo, a mi lado. Quizás, reencarnada en aquel alegre pajarillo que, con su trino, parecía llamarme desde las ramas del árbol situado delante de mí. Pude contener las lágrimas y sobreponerme gracias a la alegría de ese fresco recuerdo. Físicamente ya no está, pero su recuerdo vivirá mientras yo viva.

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El pajarillo cantando.

  La gente empezó a levantarse y, poco a poco, el “estruendoso silencio” que acompañó la salida del sol, se tornó un “inaudible alboroto” con la mezcla de tantas voces humanas.

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Esta era la vista desde la terraza del refugio de Tadapani... Otro amanecer para no olvidar.

  Recogimos nuestras "herramientas" y nos reunimos para desayunar. Paco, el chaval de Alicante, se asomó para despedirse con un:
- Compañeros, buena suerte y buen viaje.
  Se puso en marcha antes que nosotros y lo vimos perderse entre las curvas del camino de descenso a Kimche. ¡¡ Suerte camarada !!
Si algún día lees este diario, sabrás que formas también parte de él.


  Nosotros nos pusimos en marcha sobre las 08:45 de la mañana. La idea era llegar a Kimche antes de comer y bajar a Pokhara en unos jeeps, para aprovechar a tope la tarde. Tocaba una jornada fácil, era todo descenso, pero eso sí... Más escaleras.

Recorrido de la jornada, con el tramo Tadapani-Kimche.
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Una de las últimas miradas a las montañas, antes de descender a Kimche.

  Esta vez el Machapuchre se escondió muy pronto entre las nubes, como si le diese pena que aquello se acabara y se encontrara triste por la despedida.
  Me volvió el recuerdo de mi madre, quizás porque según bajábamos me alejaba de ese cielo que había tenido tan cerca... Esta vez no pude contener las lágrimas y me adelanté un poco al pequeño grupo que formábamos Rosa, Nagore, Aritz y yo. No era por vergüenza, nunca me he avergonzado por llorar, ni tampoco por reír, simplemente quería un momento de intimidad con mis recuerdos y "hablar" con Ella, sin dar la impresión de haber perdido la cabeza.
  Bueno, me desahogué, me repuse  y de nuevo me uní al grupo y así, poco a poco, entre escaleras y escaleras, los que cerrábamos la expedición, llegamos a Ghandruk. Desde aquí hasta Kimche, un paseo.

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    El paisaje había vuelto a cambiar radicalmente. Ya no había bosques de rododendros, ni tiras de banderitas de colores... El valle se abría hacia el sur-este, entrando en la llanura y dejando atrás las altas cumbres.

 

  El trekking se acababa y la segunda parte del viaje terminaba con él. Parecía que los días pasaban de dos en dos, caían como caen las hojas en otoño, sin pausa, sin piedad.


  Las emociones eran totalmente antagónicas, por un lado felicidad por lo visto y vivido pero, por otro lado, una angustia y una gran desolación, ya que aquello llegaba a su fin.

El descenso hacia Kimche a su paso por Ghandruk.
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El último contacto con la gente de la montaña... Gracias a tod@s ell@s por su amabilidad y hospitalidad.

  Sobre las 13:30 llegamos a Kimche y nos reunimos con el resto del grupo. Abrazos y apretones de mano con los porteadores y Nagendra. Ellos satisfechos porque su trabajo había terminado y había salido muy bien. Todo iba sobre lo previsto.
Qué raro... ¿ No ?
  Así que cumpliendo la máxima de la Ley de Murp