"La vida, como la fotografía, consiste en positivar lo negativo"

Abril de 2014

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India

Maa Ganga: tránsito entre la vida y la muerte

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Varanasi desde una barca en el río Ganges .

  Justo había pasado medio año pero, Fotoeskola, decidió organizar este segundo viaje en Semana Santa, ya que la fecha de septiembre trastocaba el inicio de los cursos de fotografía. 
  Una experiencia diferente, un viaje más espiritual, una visión distinta del país. Tuvimos, también, la oportunidad de conocer de primera mano, la labor de una humilde O.N.G. llamada Semilla Para el Cambio, que trabaja en Varanasi ( Benarés ) con niñ@s de los "guetos" donde viven las personas que recogen la basura de las calles y que se llaman slums. Una labor encomiable. Desde entonces, apadrino la educación de Pushpam, una preciosa niña de Varanasi y colaboro en lo posible con mis fotografías.

  Casi sin tiempo de asimilar las vivencias del primer viaje a India, estábamos inmersos en los preparativos del segundo. Esta vez elegimos adentrarnos en la zona noreste. El plan era visitar Orchha (Madhya Pradesh), Varanasi/Benarés (Uttar Pradesh) y Rishikesh (Uttarakhand). Una nueva experiencia llena de valores y un viaje más espiritual. Todo el trayecto transcurría a las orillas del Ganga (Ganges), con una parada en Orchha, bañada por el río Bétwa, afluente del Yamuna, afluente a su vez del Ganges que, para los hindúes, es Maa Ganga "La Madre Ganga" ó Ganga Devi "La Diosa Ganga".

  Vuelta a pedir visados, cada vez más exigentes, con trabas burocráticas que acaban por aburrirte... en fin... papeleo. Vivimos los preparativos con algo de tensión, ya que se nos juntó el tema visados, con una huelga en el transporte que nos llevaría a Barajas, porque esta vez el vuelo era Madrid-Riad-Delhi. Teníamos un plan "B" preparado, pero al final se desconvocó la huelga y se arregló todo. Rosa, en esta ocasión, no viajaba con nosotros y, la verdad sea dicha, me sentía un poco "cojo".

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El cartel anunciador del viaje.

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Astigarraga - Madrid - Riad

Con el comienzo del viernes 11 de abril partíamos hacia Madrid en el autobús de las 00:30 horas que, regularmente, recorre ese trayecto. El viaje nocturno lo aproveché para dormir un poco porque, después de estar todo el día

trabajando, estaba cansado y lo necesitaba. A las 07:00 horas estábamos en Madrid. El avión, salía a las 10:50 desde el aeropuerto de Barajas y nos llevaría en un primer vuelo hasta la ciudad de Riad, en Arabia Saudí.

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  Despegamos y transcurrió el vuelo sin contratiempos. Sobre volamos el desierto y vimos el Nilo desde el aire. Fue una sensación maravillosa. Cuando noto estas sensaciones, me gustaría coger la mochila, mi equipo de fotografía y... ¡¡ a ver mundo !! Pero, hay una "personita" de siete años que todavía me retiene en mi casa. 
  

  No recuerdo exactamente a que hora llegamos, creo que sobre las 19:00, se que la luz del sol iba decayendo y enseguida se hizo de noche. En la capital de Arabia Saudí hacíamos escala durante nada más y nada menos que... ¡¡ 14 horas !! 
  Si nos hubiese pillado de día podríamos haber salido a ver la ciudad pero, de esta manera, así, de noche, era imposible. Sinceramente, no fue tan duro como parecía...

  Montamos el "campo base" en un hall del aeropuerto, aprovechando unas alfombras y los sillones de relax. Además, con la tarjeta de embarque, nos dieron la cena del avión. Después, compramos unos zumos de fruta y montamos turnos para dormir. El trato con los árabes fue muy bueno. 

El aeropuerto de Riad antes de despegar para Nueva Delhi.
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Dos árabes en el hall del aeropuerto.
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Riad - Nueva Deli - Orchha

Con el trajín del aeropuerto la noche pasó bastante rápido. Me levanté al amanecer y di una vuelta para buscar un sitio donde desayunar y

después, cuando levantamos el campamento, fuimos todos a tomar un café con unos bollos. El vuelo para Nueva Delhi salía a eso de las 09:00 horas. Tras el desayuno, buscamos la puerta de embarque y fuimos para allí. ​Fue un vuelo tranquilo y sin ningún contratiempo. Tardamos unas cuatro horas y media, así que, cuando salimos del aeropuerto con maletas y todo eran cerca de las 15:00 horas del domingo.   

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El avión, nada más despegar, sobre volando Riad.

  Allí, en el aeropuerto, nos esperaba Aritz. Como siempre, un placer volver a verle. Después de reponer líquidos y comer unos plátanos, nos dirigimos al aparcamiento donde nos esperaba el autobús. Al igual que el año anterior, llevaba su conductor y un ayudante. Al chofer le pusimos el nombre de "Elpher", un hombre distante y un poco arrogante. El viaje hasta Orchha era algo más largo que el que hicimos desde Nueva Delhi a Púshkar en septiembre pasado. En esta ocasión eran 480 kms que, por autopista, debían ser unas 8 o 9 horas, por lo tanto, ya sabíamos a que atenernos... 

 

  Arrancamos con la intención de llegar a dormir a Orchha; empezaba la aventura...

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* Este era el plan de viaje:
Viernes 11 de abril    : Traslado en bus a Madrid.
                           Vuelo de ida Madrid-Riad y escala larga.

Sábado 12 de abril    : Vuelo Riad-Nueva Delhi.
                           
Traslado en bus a Orchha.
Domingo 13 de abril    : Orchha.
Luneses 14 de abril    : Orchha.
Martes 15 de abril     : Orchha.

Miércoles 16 de abril   : Traslado nocturno en tren a Benarés.
Jueves 17 de abril     : Benarés.
Viernes 18 de abril     : Benarés.
Sábado 19 de abril     : Benarés.
Domingo 20 de abril    : Benarés.

Lunes 21 de abril       : Traslado nocturno en tren a Rishikesh.
Martes 22 de abril     : Rishikesh.
Miércoles 23 de abril   : Rishikesh.
Jueves 24 de abril      : Rishikesh.

Viernes 25 de abril     : Traslado en tren a Nueva Delhi.
Sábado 26 de abril     : Vuelo de regreso
                            Nueva Delhi-Riad-Madrid.
                            Traslado en bus a Donostia

 El recorrido del viaje sobre el mapa.

  Además de parar en Nueva Delhi para entrar y salir del aeropuerto, tocaríamos tres ciudades y tres estados de India: Orchha, en Madhya Pradesh; Varanasi (Benarés), en Uttar Pradesh y Rishikesh en Uttarakhand. Un recorrido circular de 2.100 Kms.

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Por el camino hice algunas fotos de esas "raritas" que me gusta hacer... No les he pasado ningún filtro, tan sólo es jugar con la velocidad de disparo y el movimiento.
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El tugurio donde nos paró "Elpher".

  Tras los primeros 200 Kms, hasta Agra -que era casi la mitad del camino- iba todo de maravilla. Pero allí, en Agra, empezó la locura. Eran algo más de las 20:00 horas y paramos a cenar algo. Nuestro amigo "Elpher", se salió de su ruta habitual, se empeño en parar allí y... por supuesto que allí paramos. ¡¡ Maldita la hora !!
  Le costó unas dos horas salir de Agra; vuelta para aquí, vuelta para allí, vuelta para el otro lado... ¡¡ Horrible !!

  Se suponía que desde Agra faltaban unas 3 o 4 horas, pero eran las 11 de la noche y no sabíamos donde estábamos. Entonces, al amigo "Elpher", se le ocurrió que tenía que dormir y nos paró en un tugurio de carretera. Allí nos dejó, tomando un chai, mientras él echaba una cabezada...

  Como decía San Agustín... ¡¡ Ver para creer !!

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Riad - Nueva Deli - Orchha

faltaban 16 Kms para llegar al destino.  Pero, como este viaje parecía estar maldito, en Jhansi nos tuvimos que parar más de media hora porque el paso a nivel estaba cerrado.¡¡ Qué tortura !!​  Tras innumerables pérdidas, despistes, paranoias por no querer coger la autopista y demás, llegamos a Orchha el día 13 de abril a las 9 de la mañana... Esta vez batimos todos los records... ¡¡ 17 horas de autobús !! ​  ¡¡ Para inscribirlo en el Libro Guinness !!

En Jhansi nos tuvimos que parar en el paso a nivel del tren.

 Finalmente, al alba, proseguiamos el viaje. El grupo tenía un mosqueo impresionante. Dos horas más tarde estábamos en Jhansi. Tan sólo

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La tarjeta de las casas de estancia de Orchha.

Pasamos en primer lugar por la oficina de las home-saty para anunciar nuestra llegada. Un joven, llamado Ashok, nos atendió muy atento. Aritz ya había organizado todo y, por supuesto, ya se conocían de antes. Después, nos dirigimos a las casas en un barrio humilde en la zona alta de la ciudad. Allí, junto a las casas de los Orchha-Friends, que es como se conoce esta iniciativa, nos despedimos de "Elpher" y su anodino copiloto. No sabemos si habrán llegado de vuelta a Nueva Delhi, tal vez sigan perdidos por las carreteras de Madhya Pradesh ... :-) Ji, ji, ji ...
  Ahora, era el momento de saludar a nuestros anfitriones. 

  Nos recibieron con un chai y unas pastas que nos sirvieron en el patio de la casa, allí, al aire libre. La verdad es que este tipo de alojamiento es una maravilla para las personas que quieren disfrutar de la forma de vida de los nativos y comprobar, de primera mano,  como es su día a día. 
  Luego, repartimos las habitaciones y nos acomodamos. A mi me tocó compartir habitación con Iñigo Gebara, un chaval de Irún que viajaba por primera vez con nosotros. 

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El patio de entrada a los home-stays.
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La habitación que compartí en Orchha con Iñigo Gebara.
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En estos alojamientos estás en pleno contacto con la vida de los nativos, compartiendo sus quehaceres y su vida cotidiana.

  Allí, en sus casas, convives con ellos, juegas con los críos, les ayudas en sus trabajos o en la preparación de la comida... Son muy hospitalarios y muy amables. Te alojas en las habitaciones que ellos mismos construyen. Pero, el resto del día, puedes hacer una vida conjunta. Es una experiencia muy bonita y aconsejable. Gracias a todos de corazón.
  A su vez, ellos reciben un dinero que les ayuda a ir mejorando sus instalaciones, hacer nuevas habitaciones y en definitiva, intentar volver a dar a su ciudad el esplendor que en otra época tuvo. ¡¡ ÁNIMO !!

         
  Bueno, tras reponer fuerzas e instalarnos en nuestras habitaciones, tocaba estirar las piernas que, por cierto, hacía mucha falta. Como siempre, una rápida incursión por la ciudad para situarnos y en un abrir y cerrar de ojos, todo controlado: el río por aquí, la carretera por allá, este templo, la plaza... El "GPS" del cerebro había registrado todo.

  Cambiamos algo de dinero; nos dieron 82 rupias por cada €, muy parecido al cambio del año anterior.

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  En primer lugar nos dirigimos al templo Lakshmi Narayan. El templo está dedicado a Lakshmi, que es la diosa hindú de la riqueza. Construido por Bir Singh Deo en 1622, es uno de los tres templos más importantes de Orchha. 
​  Este templo muestra una combinación de arquitectura de templo-fortificado. Su estructura es rectangular con cuatro bastiones salientes de múltiples caras en las cuatro esquinas. Se construyó con mortero de cal y ladrillos, con ranuras para cañones utilizados durante las guerras. 

El Lakshmī Narayan Mandir.
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  Fue una verdadera pena porque estaba cerrado a cal y canto. Parecía como si estuviesen restaurándolo. El caso es que volví otro día y seguía cerrado con una cadena y un candado. Según he visto en Internet, en su interior se alojan las más exquisitas pinturas murales de Orchha.  

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Algunas de las pinturas del templo. (Fotos bajadas de Internet). Un verdadera pena no haberlas visto.

  Orchha es una ciudad palaciega y fortificada de la República India, en el estado de Madhya Pradesh. Se encuentra a 16 kilómetros de Jhansi, en una planicie hoy semiárida a orillas del río Betwā afluente del Yamunā. La ciudad fue fundada en el año 1501 por el príncipe de la dinastía Bundelā, Rudra Pratap Singh, quien se convirtió en el primer rajá (rey) del "principado escondido" que es lo que significa Orchha, escondido.
  Ese mismo año, el rajá, inició la construcción del palacio-fortaleza. Gran parte de los suntuoso palacios, albercas y jardines de la entonces próspera ciudad, fueron realizados con un objetivo principalmente diplomático, ya que, los rajás hinduistas de Orccha solían invitar a los poderosos emperadores mogoles musulmanes a estos ambientes en los que abundaban los placeres sensuales. De este modo el pequeño, aunque rico, estado de Orchha, mantenía la amistad con sus poderosos rivales. A fin de contentar los gustos de los mogoles se produjo en Orchha una muy lograda síntesis de estilos artísticos: la del islámico-mogol con la del arte tradicional hindú, resaltándose el tema de la lujuria.
  El conjunto palaciego fue muy inteligentemente climatizado, manteniendo una temperatura ambiente muy agradable y casi constante, gracias a la sabia disposición de grandes albercas sobre las cuales soplaban las refrescantes brisas y vientos hacia el núcleo edificado. Por este motivo las construcciones de Orccha guardan, evidentemente, semejanzas con las de la Alhambra en la tan distante Granada.
  Durante el dominio del emperador mogol, Jahangir, su aliado, Bir Singh Deo reinó en Orchha (1605-1627) y fue durante este período cuando la ciudad alcanzó su apogeo; muchos de los palacios existentes son un recordatorio de su esplendor arquitectónico, incluyendo el Jahangir Mahal (1605) y el Sawan Bhadon Mahal. A inicios del siglo XVII, el rajá Jujhar Singh se rebeló contra el emperador mogol Shah Jahan -el que mandó construir el Taj Mahal-, quién devastó y ocupó el principado de Orchha entre los años 1635 y 1641.
  Durante la ocupación británica de la India, destacó el gobierno de Hamir Singh (1848-1874). Este pasó a tener la categoría de maharajá (gran rey) en 1865. En 1874 le sucedió en el trono Maharaja Pratap Singh (1854-1930), Pratap Singh se dedicó enteramente al desarrollo de su estado, se le atribuye a él mismo el diseñó de la mayoría de la ingeniería y las obras de riego que fueron ejecutadas durante su reinado.
  En 1950, en tiempos de Bir Singh, sucesor de Pratap Singh, el principado de Orchha se fusionó con la Unión de la India. El distrito se convirtió en parte del estado de Vindhya Pradesh que luego, en 1956, se integró en el estado de Madhya Pradesh. Orchha actualmente es casi una insignificante localidad con una pequeña población, y su importancia se mantiene sólo por su rico patrimonio histórico-arquitectónico y el consiguiente turismo.

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Panorámica de Orchha desde la colina.

  Tras el chasco de la visita a Lakshmi Narayan Mandir, bajamos al casco urbano. Fuimos encontrando imágenes cotidianas de la vida en la ciudad. Almacenes de grano con unas rústicas romanas para pesar los sacos, vacas repartidas por todos los rincones, animales bañándose en cualquier poza de agua estancada... Todo bajo un sol de justicia que nos derretía el cerebro. 

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De camino al centro del pueblo fuimos encontrando de todo.
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  Llegamos al mercado y compramos algo de fruta fresca para llevarnos a las habitaciones. Después, tras esta primera vuelta de reconocimiento, volvimos a nuestro alojamiento, habíamos quedado en que las comidas las hacíamos allí y las cenas serían por libre. 
  Después de comer descansamos un poco y, para rematar el día, quedamos para bajar al río a darnos un baño. Así que, tras acabar de colocar las cosas en la habitación, nos volvimos a reunir en el corral que hacía de espacio común.

Puestos de fruta y verduras en la zona de la plaza.

  Cuando el calor empezó a aflojar salimos hacia la zona de los chhatris del río Betwá. Desde la parte trasera de los home-stays, arrancaba un sendero que, tras transcurrir por lo alto de una pequeña loma, donde un imponente árbol nos saludaba, bajaba hasta el río entre áridos campos. Allí, vacas y algún rebaño de cabras, pastaban a sus anchas, completamente ajenas a nuestra presencia.
  Abajo, en la poza que un remanso del río había formado, un pequeño grupo de búfalos retozaba en el agua. 

  El sendero nos llevó hasta un pequeño asentamiento desde donde teníamos unas maravillosas vistas de los cenotafios. Instalamos nuestro "campo base" y nos dispusimos a pasar un rato agradable y relajado que, después del agotador viaje, nos merecíamos con creces. 
  Tras unas primeras fotos de la zona me dispuse, al igual que el resto del grupo, a zambullirme en las aguas del río Betwá, afluente del río Yamuná, uno de los ríos que baña importantes ciudades del hinduismo. 
  Estas aguas, al igual que las del Ganges, son aguas sagradas y sirven para limpiar el karma. Aquí también se cumplen los rituales de la purificación.
  A pesar de estar un puntito fría, por la fuerte corriente que la movía, después de unos minutos se agradecía y relajó nuestra musculatura bastante atrofiada tras muchas horas de vuelo y autobús.

Uno de los niños de las familias de los home-stays.
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Chhatri = Cenotafio: Tumba vacía o monumento funerario erigido en honor a una persona o un grupo de personas, para los que se desea guardar un recuerdo especial. Se trata de una edificación simbólica.

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El Chaturbhuj Temple y los chattris junto al río Betwá.
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Tras el chapuzón en el río, las ganas de hacer fotografías se vieron renovadas.
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El grupo en el rato de relax pero... No estábamos solos.

  Una pareja flirteaba en la otra orilla del río. Yo, cámara en mano, me dirigí hacia la zona de los chhatris o cenotafios. Allí, en un pequeño remanso, había vasijas y restos de cenizas de alguna cremación. No tenía constancia de que en esta población se hiciesen cremaciones y eso me sorprendió un poco. Los edificios, aunque destartalados y olvidados, guardaban aún una señorial elegancia, recuerdo de épocas pasadas en las que la ciudad era un centro importante de la cultura y la vida palaciega de aquella India de entonces...

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Vasijas con las cenizas de los muertos junto al río Betwá.
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El Fuerte de Orchha desde la lejanía.
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Los Cenotafios Reales.

  Tras el baño y el primer contacto con la ciudad nos dirigimos, por la margen izquierda del río, hacia el centro de la urbe. De camino pasamos por los Royal Chhatris o Cenotafios Reales, un espectacular palacio rodeado de verdes jardines. Hay catorce hermosos chhatris o memoriales dedicados a los gobernantes de Orchha en los siglos XVII y XVIII, agrupados a lo largo del Kanchana Ghat del río Betwá. En medio de este grupo de estructuras cúbicas con techos como agujas, solo el cenotafio de Bir Singh tiene características islámicas explícitas. 

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El atardecer, junto a los Cenotafios Reales, nos dejó unas maravillosas vistas.

  Como dije antes, Orchha fue fundada en 1501 por Rudra Pratap Singh, príncipe de la dinastía Bundelá. Este, ofreció gotas de su sangre a la diosa Kali y se llamó Bundelá, (el que ha ofrecido gotas). En el siglo XVII el rajá Jujhar Singh se rebeló contra el emperador mogol Shah Jahan quien devastó y ocupó el principado de Orchha. En 1738 los reyes Bundelá la abandonaron para establecerse en Tikamgarh. 
  Los chhatris o cenotafios fueron construidos para honrar a los ancestros muertos de los rajas Bundelá.  Sus descendientes llevaron este nombre hasta que la línea se desvaneció.

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A orillas del río nos encontramos con estos tres personajes.
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  Allí, frente a los chhatris, nos encontramos con un simpático baba que se dejo fotografiar. Junto a una de las puertas, una mujer preparaba chai sobre un pequeño altar de piedra. Nos paramos y tomamos uno mientras jugábamos un poco con su hijo. Aritz, entabló conversación en hindi con el baba y, tras despedirnos, seguimos nuestro camino.  Fue un rato muy agradable.
  Luego, en al ciudad, compré una tarjeta de teléfono para poder llamar a casa a bajo coste. El grupo se volvió a reunir en la plaza del mercado y, tras tomarnos un lassi (batido) en un garito de la plaza, fuimos a cenar a un restaurante nepalí que Aritz conocía. 

Entrada a la plaza del mercado por una de las puertas de Orchha.

  Allí escuchamos lo que sería la "banda sonora" del viaje... Os dejo el enlace por si os apetece escucharla. Después de una agradable cena, en la que comimos cosas muy ricas, nos echamos unas desternillantes carcajadas con el bailoteo que se montó al oír esta pegadiza canción. Luego, poco a poco, fuimos caminando hacia nuestro alojamiento.

00:00 / 05:39

Oir la canción

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La gente trabajaba hasta bien entrada la noche.

 De camino, vimos que la gente trabajaba hasta muy tarde. De hecho, algunos establecimientos, sin ser sitios para comer, estaban abiertos; barberías, tiendas de comestibles, accesorios... un poco de todo. Yo estaba cansado y, además, quería madrugar para bajar al río a ver amanecer e intentar fotografiar la "hora azul". Por hoy había sido suficiente.

  Me acordaba de ti...

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Orchha

Sonó el reloj en un abrir y cerrar de ojos. A las 04:00 horas estaba, "como un clavo", preparado para bajar al río a ver la hora azul y el amanecer. Me levanté con cuidado para no despertar a mi compañero y salí, aún de noche y campo a

través, para realizar el paseo hasta el río. Fue una delicia. La tarde anterior le había echado un ojo a las localizaciones más propicias para hacer unas fotos, así que, cuando llegué, preparé el equipo y me senté a disfrutar. La sensación de paz y armonía era maravillosa. Simplemente pararse y escuchar. Escuchar el sonido del silencio, ese sonido que cuenta tantas cosas, tanto interiores como de tu alrededor...

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Un precioso amanecer, acompañado de los rezos musulmanes, me recibió junto a los chhatris.
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Desde los home-stays se divisaban, en la lejanía, los palacios de Orchha.

  Las primeras luces del alba venían acompañadas de los rezos de una de las mezquitas de la ciudad. El amanecer, debido a la posición geográfica, es un suspiro. La transición entre la noche y el día es muy sutil y los "tempos" a los que estamos acostumbrados, allí no son tan marcados.
  Es decir, la transición entre:
                  
noche >> hora azul >> hora dorada >> día
                      -a la inversa al final de la jornada-
                  
día >> hora dorada >> hora azul >> noche
pues, esa transición, es prácticamente inapreciable, por lo que el ejercicio de fotografiar la "hora azul" es una empresa de paciencia y constancia. Si no es hoy... tal vez mañana.

  De todas formas, el espectáculo bien valió ese madrugón y los madrugones que hiciese falta. Así que, feliz por ver despuntar un nuevo día y con "las pilas cargadas", recogí mi equipo y subí a desayunar con los demás. 

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Nuestros anfitriones momentos antes de preparar el desayuno.

  Nos reunimos a desayunar en la casa de unos de nuestros anfitriones. Allí, sentados en el suelo, tomamos un chai y comimos unos chapatis y unas pastas que ellos mismos hacían. Primero un rato de tertulia y de bromas, un rato para empatizar con ellos y sus hijos, jugando con los más pequeños. Después, tras recoger todo, había que ponerse en marcha y, sin perder ni un segundo, salir a la calle a "patear". 

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Cada una de las familias que nos recibieron nos fueron contando sus historias a base de miradas y sonrisas.

  Fuimos saliendo escalonadamente, cada uno de nosotros llevaba un ritmo y nos íbamos juntando según la mayor o menor parsimonia de cada cual. En cada vivienda, en cada puerta, en cada esquina, había alguna persona a la que saludábamos y que nos correspondía con una sonrisa y un cordial namasté. 

  Las mujeres con sus coloridos saris, los niños con su pícara y a la vez sincera mirada, cada cual, a su manera, nos contaba una historia. El momento más gracioso lo protagonizó la mujer de abajo a la derecha. Nos llamó la atención sentada allí, con su cabra. No tenía ningún recipiente para ordeñar y Aritz, intrigado como los demás, le preguntó en hindi a ver que hacía...
  La respuesta fue de lo menos esperado; ¡¡ estaba dándole un masaje a la cabra !! ¿ Os lo podéis creer ? 
Nos dijo que la cabra tenía un calambre y le estaba dando masajes para recuperarla... ¡¡ Oh my Good !! Ver para creer.
Así, entre risas, fuimos bajando hasta el centro de la ciudad. La mañana pasaba rauda y veloz...

Una pequeña en el rellano de su puerta.
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En cada puerta había gente simpática con ganas de saludarnos y de posar para nosotros.
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El masaje de la cabra... ¡¡ Sin desperdicio !!
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La gente posaba sonriente ante nuestros objetivos.
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El colorido de la ciudad era espectacular.

  Acabamos junto a la plaza del mercado. Allí, frente a la oficina de Correos, nos sentamos en un establecimiento que servía bebidas de todo tipo, desde refrescos y cervezas, hasta zumos y batidos naturales. Yo, recordando el viaje anterior por Rajasthán, pedí un lassi de cardamomo. Sinceramente no tenía nada que ver, creo que el de Jodhpur era insuperable, pero estaba bueno... Charlamos un rato y seguimos con el paseo por la ciudad. 

Una jovencita estudiando en el patio de su casa.
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Estas tres jovencitas, que lavaban la ropa en una fuente, al principio eran reacias a posar pero, finalmente y entre risas, accedieron a hacerlo.

  Luego, seguimos callejeando y buscando rincones para fotografiar. Así, llegamos al mercado. Había mucha actividad. Puestos de frutas y verduras, ropa y alimentos de toda clase. Compramos algo de fruta. Nos encontramos con varios niños y niñas. Algunos alegres y sonrientes; otros serios, tristes... Sobre un tablado había un pequeño semi-desnudo. Como estaba en nuestra trayectoria, nos acercamos. Estaba solo, sucio y parecía hambriento. Nadie le prestaba atención. Le dimos un racimo de uvas y, enseguida, empezó a comer. Finalmente, tras regalarnos una leve sonrisa, lo dejamos allí sentado y seguimos nuestro camino.

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Algunos de los niños y niñas que nos encontramos en el mercado.
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Los talleres de costura están por todas partes a pie de calle.
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  Atravesamos algunas calles donde los artesanos convivían con tiendas de móviles y alguna casa de cambio. Los costureros, a pie de calle y por unas rupias, te arreglaban desde el bajo de un pantalón hasta unas sábanas o un bolso... ¡ Unos artistas !
  En esa zona, los locales de los comerciantes eran espacios cerrados y se veía que estaban más "acomodados" que la zona del mercado, donde los puestos eran toldos y tablados al aire libre. 

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Algunos de los comerciantes de Orchha.
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    Este día, como habíamos planeado una salida de por día para ir a ver los templos de Khajuraho, no teníamos que subir a comer a los home-stays, por lo que nos perdimos por lo largo y ancho de la ciudad. Picamos algo de comida callejera en unos puestos de la plaza y nos perdimos por los barrios situados a la orilla del río. Nos encontramos con una boda...

  Un poco más adelante me encontré en una zona donde estaban haciendo unas ceremonias de purificación. Consistía en rapar la cabeza de bebés de apenas un par de meses a los que afeitaban con una navaja de las de barbero de toda la vida... ¡¡ Que miedo !! Un mal movimiento del bebé y... Marcado para siempre.
  Luego, me acerqué hasta una loma desde donde se podía hacer una buena panorámica. Esa noche era luna llena y teníamos mucha luz. 


  Entre dos luces, bajamos hacia el centro de la población para ir a cenar. Nos dirigimos a la plaza del mercado, centro neurálgico de la ciudad...

La ceremonia de afeitado de cabeza para purificar a los bebés.
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Panorámica desde Orachha Top Hill al sur de la ciudad.

  En un puesto que regentaba un tipo, con una enorme barba blanca, nos comimos unas samosas picantes que él mismo preparaba con esmero. La samosa es una empanadilla frita u horneada con relleno salado. Puede tomar diferentes formas, como triángulos, conos o de media luna, según la región. El estilo indio, a menudo, se acompaña de una salsa picante y es, probablemente, el más conocido de una amplia familia de recetas que van desde África a China. El caso es que estaban "de muerte" y tan solo por unas pocas rupias que, al cambio, no llegaba ni a 1 €. Después, en un puesto cercano, compramos unos pastelitos que parecían el turrón de Xixona que comemos en Navidad.

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Puestos de comida callejera en la zona de la plaza del mercado. Una selección de platos dulces y salados.
A la izquierda, el hombre preparando las samosas.

  Nuestros pasos se encaminaron hacia el alojamiento. Yo quería madrugar de nuevo y ya era noche cerrada. La luna brillaba pletórica en el cielo. Una luna limpia y hermosa, llena de luz. Paramos junto al templo Lakshmi Narayan. Allí monté el teleobjetivo en la cámara y la coloqué sobre el trípode. Aquí, a la derecha, podéis ver el resultado.
 

  Posteriormente me centré en el templo. La luna quedaba de espaldas al mismo, una pena, porque con la luna sobre él hubiese sido una preciosa foto. De todas formas, la luz que la luna reflejaba en las paredes iluminaba el edificio con un halo misterioso y bello.

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Arriba la hermosura de luna que nos regaló el cielo. Sobre este texto el templo con la mágica luz reflejada.
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Los niños jugando al Carrom.

  Desde allí tan solo quedaba un pequeño paseo hasta los home-stays. Cuando llegamos, un par de críos jugaban una partida al Carrom. Se juega en un tablero cuadrado de madera con agujeros en sus cuatro esquinas. Además se utilizan una ficha roja o "reina", 9 fichas blancas y 9 negras similares a las de las damas. Cada jugador utiliza un striker o percutor que es una ficha más grande que las anteriores. La superficie de juego es un cuadrado de unos 74 centímetros de lado y las fichas tienen unos 3 centímetros de diámetro. Me paré un rato con ellos. Jugaban con soltura. Les dije que si podía jugar y me dejaron una tirada... 

  Lo que parecía sencillo tenía su truco. Ellos jugaban con habilidad y se rieron un poco de mi torpeza. 

  Fue un bonito momento. Les dejé allí jugando y me fui a descansar. Mientras salí a darme una ducha al baño situado junto a la habitación, dejé descargando las fotos. Luego, a la vuelta, preparé el equipo para el día siguiente y hablé por teléfono con las dos personas que me esperaban. Era hora de dormir un poco.

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Orchha

Volví a levantarme muy temprano. Quizás un poco antes que el día anterior. Camino del río, sentía en mi interior la paz que me daba la soledad y el silencio. Disfruté de ese apacible paseo. Me situé en otro punto desde donde, sutilmente,

se observaba la silueta de los cenotafios y templos recortada sobre el fondo oscuro. Monté el equipo y esperé pacientemente. Hubo un instante, tan solo unos pocos segundos, en los que la luz se tornó azul. Una sensación de felicidad me invadió por dentro... ¡¡ Lo había conseguido !! Había captado, en mi cámara, la "hora azul". 

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La hora azul en los chhatris de Orchha.
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Amaneciendo junto a uno de los cenotafios en un remanso del río Betwá.

  Ese efímero momento me supo gloria, a triunfo, a felicidad... Parecerá una tontería pero me sentía pleno e ilusionado. Me cambié de sitio y busqué un encuadre más concreto para fotografiar los chhatris. La luz se tornó más anaranjada y brillante. Era todavía muy temprano. Amanecía con una luz blanquecina que iluminaba el horizonte antes de que asomase el sol. Desde mi nueva localización hice la fotografía que aparece bajo estas líneas. Me hubiese gustado que vivieses ese instante... Después recogí el equipo y me encaminé, por la otra orilla del río, hacia los chhatris en busca de distintos escenarios. 

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Una de las fotografías que más me gustan de este viaje; los chhatris justo al amanecer... La luz y la paz componían un momento mágico.
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Fotografías de mi paseo por los alrededores de los cenotafios.
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Desde el interior de uno de los chhatris me encontré con estos preciosos contraluces.

  Me encontré con nuestro "amigo" el baba. Venía de asearse en el río y coger agua para la mujer que preparaba los chais en la parte trasera de los templos. El buen hombre se dejó fotografiar a pecho descubierto. A decir verdad, para lo mayor que parecía, se le veía sano y fuerte. 
  El sol empezaba a asomar en el horizonte. Entré en unos de los chhatris abandonados y busqué algún encuadre a contraluz. Desde allí pude captar perfectamente la "hora dorada". Hice algunas tomas que podéis ver sobre estas líneas. 
La mañana había sido muy productiva. El madrugón, nuevamente, había valido la pena.
  Cuando me disponía a volver me encontré con Aritz. Nos tomamos un primer chai donde la mujer del templo y volvimos a charlar con ella y el baba.

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  Nos adentramos en el centro y tomamos otro chai. Después, poco a poco volvimos hacia los home-stays. La mañana avanzaba a toda máquina... 
  Hoy, estábamos invitados a comer en casa de una de las familias de acogida. Eso había sido lo convenido y debíamos cumplir, por cortesía y, sobre todo, por respeto a estas personas.


  Fuimos a asearnos un poco antes de reunirnos con los compañeros. Después, nos fuimos juntando todos en la zona común y nos dirigimos a la casa de la familia que nos invitaba.

La humilde pero acogedora casa donde comimos.

  La casa, como podéis ver en la fotografía de arriba, era muy humilde. Una construcción de planta baja pero hecha de ladrillo y cemento y techada con teja plana. El interior estaba distribuido en varios habitáculos; un hogar con fuego en el suelo, un área común y unas habitaciones interiores.

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Nuestros anfitriones y una niña de una casa vecina.

  Hoy tocaba un guiso hecho con unos pollos que habían comprado vivos y, allí mismo, después de desplumarlos, los despellejaron sacando la piel en un único jirón. Impresionante. Antes, habíamos charlado un poco con ellos. El "jefe" estaba haciendo unas cuentas y apuntando todo en una libreta. La "jefa" nos enseñaba la casa y preparaba los ingredientes necesarios para el guiso. No nos dejó que le ayudásemos ya que éramos los invitados. Eso sí, nos dejaron hacerles fotos mientras preparaban la comida.

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El hogar de la casa mientras preparaban la comida.

  Vimos como utilizaban los excrementos de las vacas, secados al sol, para hacer fuego. Una vez preparada la comida, nos reunimos en un círculo alrededor del puchero y compartimos el guiso y unos chapattis. Estaba rico, muy rico. 
  Tras un rato de charla en la sobremesa, nos fuimos a descansar un poco a nuestras habitaciones, hacía calor. Después, una ducha y de nuevo a la calle.

Los excrementos secados para el fuego.
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  Antes de volver a bajar hacia el centro de la ciudad, me di una vuelta por entre las casas de los vecinos. Me encontré con una mujer que tenía dos hijos. Uno de ellos de unos tres años y el otro era un bebé de apenas dos meses. La mujer me dejó que la fotografiase con sus hijos. Después, cuando bajé al pueblo se la pasé a papel y, al día siguiente, se la regalé. Le gustó mucho el detalle, no tenía ninguna fotografía con sus hijos... Esa fue una de las muchas  anécdotas del viaje. 

  Me "perdí" un poco por la ciudad, me apetecía "vagar" a solas y "caminar a mi bola"... Pasé por una calle donde unos niños jugaban con unas cajas de cartón. Fue una gozada volver a ver como unas simples cajas hacen felices a los niños, sin necesidad de tantas máquinas de video-juegos.
  Me vino a la mente cuando, de niño, jugaba con los recortes de madera que subíamos del taller de carpintería que había bajo nuestra casa y que mis padres utilizaban para alimentar el fuego de la cocina económica. 
  Los niños son niños en todas las partes del mundo. Disfruté mucho cuando me dejaron jugar un momento con ellos y me ofrecieron la mejor de sus sonrisas para que les hiciera unas fotografías.

¡¡ Gracias, pequeñ@s !!

Esta mujer me dejó retratarla con sus hijos.
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Los críos me hicieron pasar un rato muy bueno, sus sonrisas fueron una agradable recompensa.

  Posteriormente, recorrí de nuevo la zona del mercado y paré a tomarme un lassi en el local situado frente a la oficina de Correos. Allí me encontré con algunos compañeros y, tras tomar una consumición, continuamos juntos nuestro periplo por la ciudad.

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El mercado seguía activo por la tarde.
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El señor que regentaba el local donde tomamos los batidos o lassis.
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Una familia hindú de visita en Orchha.

Las horas pasaron como un suspiro. La tarde avanzaba hacia una nueva puesta de sol. El grupo se deshizo. Algunos compañeros nos encaminamos hacia la zona de los chhatris.
  De camino pasamos por la plaza y picamos algo. A mí, particularmente, esa zona, la de los cenotafios, era la que más me gustaba. Allí me sentía relajado y muy a gusto. 
  Hablamos de la excursión a Khajuraho. Por una parte me apetecía ver los famosos templos con las figuras del Kamasutra pero, por otro lado, la gran distancia que nos separaba -unos 400 kms desde Orchha- y la idea de pasar un día entero en el tren para hacer unas fotos me hacía desistir. 


  Entre divagaciones acabé frente a los chhatris... 

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Los famosos chhatris o cenotafios de Orchha daban mucho juego fotográfico.
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Las horas junto al río pasaron como un agradable sueño.

  Recorrí aquel espacio por todos los rincones. La luz del sol languidecía, pero el colorido del cielo se tornaba de una relajante luminosidad, distinta, especial...
  Caminé por entre las entrañas de algunos edificios, me asomé a sus ventanales y terrazas, disfrutando de unos paisajes únicos. Me senté junto al río. Disfrutaba de la paz, del silencio... Tan solo me acompañaba el tintineo de las aguas del río que unos pequeños remolinos, provocaban a su paso entre las rocas. El crepúsculo me alcanzó allí sentado y antes de que cayera la noche y con su infinita oscuridad llenase todo el espacio, me fui hacia los home-stays.

  Una vez en "casa" se fue reuniendo el grupo. Uno de los compañeros empezó a sentirse mal, el estómago le dolía y parecía tener algo de fiebre, mareos y debilidad. Jugamos un rato con los chavales en uno de los "chamizos" que había en los espacios comunes. Después de un rato me fui a duchar y, posteriormente, descargué las fotos en mi portátil. Estaba cansado. Los dos madrugones, aunque muy fructíferos, me habían dejado con falta de sueño. No había parado ni un segundo el resto del día y necesitaba descansar un poco. Me despedí de la gente y me fui a dormir. 

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Orchha - Varanasi (Benarés)

Este día no madrugué. Ya había conseguido unas buenas fotos de la zona de los chhatris y, como esa noche la pasaríamos en el tren, decidí llevar otra estrategia. De todas formas me levanté bastante pronto. Quería perderme en

solitario... Fuimos desayunando según nos levantábamos. La gente tampoco anduvo tarde, era el último día en Orchha y había que aprovecharlo. Jon, el compañero que la noche anterior se puso mal, seguía fastidiado. Pero lo peor es que un par de compañer@s más empezaron con la mismos síntomas. 

  Yo, de momento, me encontraba bien. Recogí un poco mi habitación y salí en busca de un largo paseo por la ciudad. Quería pasar unas horas a mi "bola", ir a donde me llevaran mis pies, dejarme seducir por el ritmo de la calle... Cogí las cámaras y me puse en marcha. 
  Bajé hasta el centro de la ciudad. Iba fijándome en cosas que hasta ahora me habían pasado desapercibidas; puertas, callejones, ventanales... Cualquier rincón era susceptible de fotografiar, todo me parecía hermoso, en armonía, todo guardaba un mágico equilibrio. 
​  Me faltaban algunos monumentos por ver y me dirigí hacia uno de ellos, el Orchha Fort.

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Cualquier rincón de la ciudad llamaba mi atención por su simplificada belleza y su alegre colorido.
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  De camino paré en un "tugurio". Me apetecía tomar algo y me dije... Mira; ahí tienes una "cafetería" para tomar un chai. El sitio no tenía desperdicio. Una especie de soportal de una casa, con un hogar tallado en uno de los muros. Allí, en aquella especie de horno, un buen hombre -que no quiso salir en la foto- hacía fuego y calentaba un puchero en el que la leche hervía junto a todos los ingredientes que hacen de esa mezcla una bebida que me apasiona... el chai. El olor a cardamomo, pimienta, clavo, anises y demás especias, hacen que mi olfato se sugestione de tal manera que, tan sólo con pensar en el chai, mi paladar se hace agua.
  Tranquila y relajadamente me tomé uno, saboreándolo, sintiendo el aroma de India concentrado en aquella riquísima bebida. ¡¡ Me supo a gloria !!

  Luego, tras esta parada, seguí mi camino en dirección al Orchha Fort. La mañana avanzaba rauda. Tenía mucho por ver y no podía perder mucho tiempo. Crucé el río. Al otro lado del puente se alzaba la fortaleza de Orchha...

Una "cafetería" para tomar un chai.

  El acceso era libre, no pagué nada en ninguno de los edificios de la ciudad. Entré con sigilo. No había nadie, por lo menos, yo no vi a nadie. Tras atravesar una gran puerta encontré un gran espacio abierto cuadrangular, rodeado de palacios, un templo, y hermosos jardines. Recorrí lentamente aquel patio central. El lugar era hermoso, estaba bastante deteriorado pero guardaba algo de la elegancia que se supone tuvo en otra época. Las descarnadas paredes de un color cobrizo, las grandes cúpulas bulbosas, los esbeltos minaretes en las esquinas, las grandes salas, las masivas puertas abovedadas y su delicada ornamentación, daban fe de una depurada arquitectura de estilo mogol. 

El acceso al Orccha Fort.
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  Este estilo arquitectónico hace referencia al desarrollado en el toda la extensión -siempre cambiante- de la India medieval de los siglos XVI, XVII y XVIII, mezclando las tradiciones locales con influencias iraníes. Alcanzó una perfección excepcional logrando una amalgama de elementos europeos, islámicos, persas, turcos e hindúes. Sus gobernantes levantaron muchos mausoleos, mezquitas, fuertes, jardines y ciudades. En la actualidad, encontramos buenos ejemplos de esta arquitectura en India, Afganistán, Bangladésh y Pakistán.

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  El fuerte fue construido por Rudra Pratap Singh el Bundelá Rajput que fundó el estado de Orchha en 1501. Los palacios y templos dentro del complejo de la fortaleza fueron construidos, posteriormente, por los sucesivos Maharajas del estado de Orchha. Está ubicado dentro de una isla formada por la confluencia del río Betwá y el río Jamni. 

Imágenes del Orchha Fort.
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  El cielo estaba algo nublado pero, en general, la mañana era espectacular. Me encontraba muy a gusto paseando en solitario por aquel maravilloso paraje. Fui atravesando los distintos palacios y templos del complejo; Raja Mahal, Sheesh Mahal, Jahangir Mahal y salí por la parte sur hacia un bosque que estaba lleno de monos. 

El interior del Orchha Fort, aunque bastante abandonado, era majestuoso.
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Paryatak Dharmshala o Royal Chhatris desde el Orchha Fort.

  Dentro de aquel tupido bosque me paré a escuchar la naturaleza. El trinar de los pájaros, el aullido de los monos, el crujir de las ramas y el suave roce de las hojas de los frondosos árboles, todo, en conjunto, formaba una sinfonía perfectamente acompasada. Aquella orquesta, dirigida por el natural devenir de los acontecimientos me mostraba que, la simplicidad de las cosas, es lo más bello y lo más armónico de la vida. Fue un momento de felicidad.

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La zona trasera del Orchha Fort estaba invadida por un pequeño bosque que unía el fuerte con la zona de cenotafios.
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Panorámica de los chhatris junto al río Betwá... Un lugar de ensueño.

  Alcancé un punto en el que el bosque moría al pie del río Betwá. Allí, una especie de mirador me ofrecía una panorámica de ensueño. Me paré y monté el teleobjetivo. Miré, miré con calma, observando. Cerré los ojos y escuché. Hasta mí llegaba el eco de las voces de la gente. La vida transcurría junto al río. Baños, rezos junto a los chhatris, bullicio en los ghats y después, calma en el remanso tras el puente...

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La zona aneja a los chhatris del río Betwá era una zona de baño común.
Me impresionó el joven con una pierna ortopédica realizando su baño en mitad del río.
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  Miraba a través de la cámara, no en plan voyeur, no en plan paparazzi, miraba observando el ritmo de sus vidas. En ese recorrido visual me topé con un joven sentado en una roca en medio del río. Estaba rezando. Me di cuenta de que le faltaba una pierna. Junto a él, sobre la roca, tenía una ortopédica. Aluciné pensando en la habilidad que debía tener para llegar hasta allí con esa minusvalía. 

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  De pronto, unos aullidos sobre mi cabeza me sacaron de mis pensamientos... 
  Los "traicioneros" monos estaban saltando, de rama en rama, justo sobre mí. Cerré la bolsa del material fotográfico y guardé todo lo que podían quitarme.

  Era sabido que, al igual que las gaviotas, pueden llevarse cualquier cosa que les llame la atención. Me empecé a agobiar un poco porque estaban cada vez más revoltosos. No quería que me arañasen ya que, como sabéis, pueden transmitir la rabia.

 

Así que, recogí todo y puse rumbo a la ciudad.

Los escandalosos y "traicioneros" monos del Orchha Fort.

  Salí por la zona sur de aquel enorme parque. Atravesé uno de los arcos de entrada a la ciudad, el que llevaba a la zona posterior del mercado, junto a la parte trasera del Shri Ram Raja Mandir. Hice algunas fotografías. Seguí caminando. Mis pies parecían llevarme a algún sitio en concreto, era como una fuerza interior. De repente me encontraba delante del Lord Vishnu Mandir, uno de los más antiguos y hermosos templos de la ciudad.

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La colorida y concurrida plaza del mercado.

  Me paré frente a su puerta principal. Se veía destartalado, desconchado... En su parte baja, una gran sala cuadrangular en la que tan solo había una pequeña capilla con un dios hindú. No parecía muy atractivo... Entré y empecé a curiosear por la planta baja. Enseguida se me acercó un chaval de unos 18 años. Entre algo de inglés, cuatro palabras de italiano y alguna de castellano, me ofreció visitar el edificio en sus plantas superiores. 
.- Beautiful, sir, bonito... yes -me decía.
.- No se... -dudaba yo.
  Me enseñó un manojo de llaves y me señaló hacia una enorme puerta a la derecha del habitáculo principal. En un primer momento dudé, no me fiaba lo más mínimo. Meterme yo solo por allí... ¿ Y si arriba había alguien más y me robaban las cámaras ? El dinero, al fin y al cabo, me daba igual pero... ¿ Y las cámaras ? 
Algo en mi interior me decía que podía fiarme y accedí asintiendo con un gesto.

.- OK, sir -me dijo.
En ese momento vi que, tras de mí, una pareja de unos 30 años entraban con un guía y se disponían a acceder por esa misma puerta. Entonces subí más tranquilo...

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Vistas desde el Lord Vishnu Mandir.
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  Accedimos por un pasadizo estrecho, subimos unas escaleras, atravesamos una zona de arcadas irregulares que iban girando... Estaba caminando por las mismísimas entrañas del templo. Llegamos a una zona abierta donde unos grandes ventanales y terrazas ofrecían unas maravillosas vistas de la ciudad. Tras hacer unas fotos me dijo:
.- Come on, come on, let´s go ¡! ...

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La luz allí concentrada parecía una imagen divina.

 Subimos por un angosto pasadizo, apenas pasaba con la mochila en la espalda... Cada vez más arriba... Cada vez más estrecho... ¿ A dónde me lleva ? Pensé... 

Y... así, de repente, como ocurren las cosas, desembocamos en la cúpula principal.
¡¡ Aquello era alucinante !! En el centro geométrico de su suelo, de forma convexa, confluían los rayos de sol que entraban por unos tragaluces repartidos por todo el perímetro.

 

  Era... ¡¡ Mágico !!

  Una sensación de paz y armonía invadió mi mente. El éxtasis, al pensar en los cientos de años de historia que estaban viendo mis ojos, me llenó de gozo. Es uno de los momentos que guardaré siempre en mi "caja de momentos felices", junto a la primera vez que vi la carita de mi hijo o la puesta de sol en Fisterra.  

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El Shri Ram Raja Mandir desde lo alto del templo.

  Finalmente me llevó a una puerta que daba a la terraza superior. ¡¡ OjO !! No había barandilla ni medidas de seguridad alguna. Paseé por aquella terraza con los cinco sentidos alerta y antes de hacer una fotografía me paraba y miraba a mi alrededor para comprobar que estaba en sitio seguro. Fue un poco tenso pero... ¡¡ Espectacular !!
  Tras esa última visita bajamos a la calle. Me di cuenta de que no habíamos hablado de ningún precio por aquello.
Pensé -nuevamente mal- que ahora querría engañarme. Le pregunte...

.- OK, my friend... ¿ How much it´s ?
.- Oh, I don´t know... -me dijo encogiéndose de hombros.
  Yo estaba alucinando. ¿Cómo era posible aquello ? Ni me quería robar, ni me quería engañar ¿ Era tan solo por amor al arte ?
Saqué algo de dinero que tenía suelto. Le ofrecí 1.000 rupias ( unos 12 € al cambio ). Él, con una sonrisa, balanceó la cabeza de lado a lado, en ese gesto característico para afirmar cuando parece que niegan... 

.- It´s OK ? -le dije.
.- Oh, yes... It´s OK... dhaniyavaad ¡¡
.- OK, namasté.
.- Bye, sir... namasté.

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Algunos babas en la zona de los templos.

  La pequeña decepción que fue el no ir a los templos de Khajuraho, se vio compensada con esta gran sorpresa. Se acercaba la hora de comer así que me fui acercando a los home-stays. Me metí por una zona que no había conocido antes. Pude hacer algunas fotos a unos babas en la parte posterior de un templo. Posteriormente, en una plaza adyacente, me encontré con una gran concentración de gente allí sentada. Entre ellas me llamaron la atención algunas mujeres, entre otras las que aparecen en las fotos de abajo. 

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En la zona del mercado podías captar momentos curiosos.

  De vuelta al alojamiento me encontré con algunos compañeros. Fuimos a comer y a recoger todo porque esa misma tarde debíamos partir hacia Varanasi. Otra compañera más empezó con molestias. Yo también empecé a sentirme algo raro. El estómago me daba algunos pinchazos. De todas formas, me dio tiempo a hacer una última escaramuza por el centro. Bajé a comprar un par de regalos que había visto y a hacerle una foto a una chavala de un puesto de "pitxias" que había en la plaza.
  Pasamos el último rato de la tarde con los niños. Jugamos, cantamos y echamos unas risas con ellos. Luego, sobre las 19:00 horas vinieron unos tuc-tucs a buscarnos. Nos despedimos de Ashok y nos despedimos de nuestros anfitriones. Los niños salieron corriendo detrás de nosotros.

.- Come back, please... Come back !! -nos decían.
  Daba mucha pena despedirnos, pero el viaje debía continuar. La siguiente escala era Varanasi (Benarés), la ciudad de la luz, la ciudad de la vida.
  Yo no me encontraba muy bien, pero todavía tenía fuerzas para cargar con mi equipaje y ayudar a alguno de mis compañeros que estaban peor. 

  Los tuc-tucs nos dejaron en la estación de Jhansi. Desde allí partiríamos hacia nuestro siguiente destino. Teníamos por delante 600 kms, es decir, unas 17 largas horas de viaje. Tras pasar los controles de pasaporte y demás, esperamos en una sala hasta que llegó el larguísimo convoy. Subimos al tren que llegó con algo de retraso. Para entonces ya estábamos unos cuantos fastidiados. Yo empecé a sentirme peor. El dolor de estómago se iba acentuando y la debilidad era total. Creo que tenía algo de fiebre... 
  Nos acomodamos en nuestros camarotes y partimos hacia Varanasi. No podía coger una postura cómoda para descansar. Los pinchazos y el dolor de estómago se fueron acentuando. No podía pegar ojo, cada dos por tres me tenía que levantar e ir corriendo al "WC". Entrar en aquél espacio era aún peor que el propio dolor de estómago. Fue el peor viaje de mi vida. Resumiéndolo en una palabra, fue una experiencia... 
HORRIBLE

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Varanasi (Benarés)

No se a que hora de la mañana, a consecuencia de la fiebre, conseguí dormir un poco. Me dijeron que llegamos a Varanasi sobre las 20:00 del jueves día 17. Llegué casi deshidratado y con una paliza en el cuerpo tremenda. 
 

  Recuerdo que bajamos del tren. Era casi de noche. Luego, tengo una difusa imagen de un largo trajinar por unas estrechas calles repletas de gente, pero todo está borroso, como en un sueño o, mejor dicho, como una pesadilla... Estaba tan mal que mis compañeros tuvieron que cargar con mi equipaje. Gracias a tod@s.  De pronto me encontré en una habitación, a oscuras, sudando... Luego, debido a la fatiga, se ve que me quedé dormido. 

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Varanasi (Benarés)

Me desperté la mañana del día 18 con la visita del amigo "Tole". Estaba bastante mejor. Tenía que beber e intentar comer algo para reponer fuerzas. Estaba alojado en una habitación de la planta superior de una guest-house que no

recuerdo como se llamaba. No sabía como había llegado allí.Todos, menos Jon que seguía con fiebre, estábamos algo mejor. 

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Varanasi nada tenía que ver con Orchha.

  Me aseé un poco y quedé con los compañeros para bajar a la zona de las cremaciones. No podía permitirme "el lujo de descansar más" y dejar pasar el tiempo...
  ¡ Con lo rápido que pasa... !
  Superado este percance solo quedaba disfrutar, así que, cargué con mis Nikon y... ¡¡ A patear !!
  Bajamos a los crematorios por el lado más largo, callejeando y viendo las entrañas de esta milenaria urbe. La parte "romántica" de la ciudad, es decir, la parte vieja y los aledaños del río - ghats - son una verdadera maravilla. 

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Las estrechas calles de la zona antigua de Varanasi.

  La parte antigua de Varanasi es lo más parecido a un hormiguero. Gente que va y viene, que compra, reza, come, duerme, trabaja, mendiga... Todo en torno a la silenciosa, poderosa y atrayente llamada que, Maa Ganga, hace a los allí congregados.  

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Panorámica de Varanasi desde uno de los ghats junto al templo tibetano.
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Algunos detalles de la ornamentación del templo tibetano.

  Nos adentramos en los crematorios, concretamente en el Manikarnika Ghat. La palabra ghat, en hindi, significa "muelle". Se refiere a los muelles que, en forma de escalones, hacen de parapeto al cauce del río. Es una colosal obra de arquitectura, con vetustos edificios en la margen izquierda, concebida para aguantar las acometidas del Ganges en la época de monzones, es decir, entre julio y septiembre, cuando el caudal del río se puede multiplicar por más de mil. De las veinti... tantas escaleras de unos 30 cms de altura que tienen los ghats, en época de monzones quedan a la vista tan solo seis o siete, es decir, el río sube unos 6 metros en vertical. Con la enorme anchura del cauce, os podéis imaginar la cantidad de millones de metros cúbicos que puede llegar a evacuar... ¡¡ Impresionante !!

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Las barcas que abarrotan las orillas del río llenan de colorido todo su recorrido frente a los ghats.

  Como comentaba antes, bajamos al Manikarnika Ghat, el crematorio más grande de Varanasi de los tres que hay a orillas del Ganga. De pronto nos llamó la atención un cántico... Era la "banda sonora de la muerte" envuelta en un rítmico y repetitivo sollozo. Paramos para dejarle paso. El cortejo fúnebre nos adelantó con un incansable y acompasado trotar. Seis hombres portaban unas parihuelas de bambú que cargaban un cuerpo amortajado en una túnica de color naranja. Era una mujer. Unos segundos después de adelantarnos, aquel cuerpo parecía flotar inerte sobre las cabezas de la muchedumbre, buscando las llamas del fuego eterno de Shivá que, sus "guardianes", mantienen vivo ininterrumpidamente desde hace unos 4.000 años. Unos metros más adelante, nos adelantó un nuevo cortejo. En esta ocasión la túnica era blanca; era un hombre... Ambos se dirigían a cumplir el ritual...

  Llegamos a los crematorios. Allí no se puede hacer fotos, por ese motivo no hay ninguna en este comentario. Aritz, ya nos había avisado para que no usásemos las cámaras.

.- No sería la primera que acaban en el Ganges... -nos dijo.

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El cortejo fúnebre.

  Lo que sí recordaré, siempre, será el olor a carne humana quemada que emanaba de aquél lugar. Cuando llegamos estaban ardiendo unos cuantos cuerpos en un reducido espacio. El olor era muy fuerte, yo diría intenso. Muchas personas no son capaces de soportarlo. Yo, que venía de pasar un par de días fastidiado, pensé que me iba a causar más malestar, pero aguanté estoicamente. El respetuoso silencio tan solo dejaba oír el crepitar del fuego purificador. 

  No había mujeres en las cremaciones, únicamente los hombres bajan hasta aquél lugar. Guardamos silencio. Algunos compañeros se tapaban la nariz y la boca con un pañuelo. El olor era impactante, penetrante y repelente.

Cuenta la leyenda:

    ... que  tras  su matrimonio con Parvati, Shiva se trasladó a vivir  desde el Himalaya a Kashí. Al cabo de un tiempo, Parvati, viendo que Shivá quería moverse de Kashí viajando con sus devotos, ocultó sus pendientes diciendo que se le habían perdido mientras se bañaba en las orillas del Ganga. Le dijo a Shivá que no podía partir sin ellos. La idea de la diosa Parvati era que,  antes de iniciar su marcha, Shivá permaneciese en esta ciudad buscando los aretes perdidos a orillas del río.
  Se dice que, todavía hoy en día, cuando un cuerpo llega a este ghat de cremación, Shivá contacta con su alma y le pide que se sumerja en las turbias aguas del Ganga para ver si encuentra los  pendientes de Parvati.

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  Tras esta experiencia nos dirigimos hacia el interior de la ciudad. ​​

  Varanasi es una ciudad situada a orillas del río Ganges en el estado de Uttar Pradesh. Es la más sagrada de las siete ciudades sagradas (Sapta Puri) en el hinduismo y el jainismo, y desempeñó un papel importante en el desarrollo del budismo.    La ciudad creció como un importante centro industrial, famoso por sus tejidos de muselina y seda, perfumes, trabajos de marfil y escultura. La importancia religiosa de la ciudad continuó creciendo en el s. VIII, cuando Adi Shankara estableció el culto a Shivá como una secta oficial de Varanasi. Durante el gobierno musulmán a través de la Edad Media, la ciudad continuó como un importante centro de devoción, peregrinación y misticismo. En el s. XVI, Varanasi experimentó un renacimiento cultural bajo el dominio del emperador mogol Akbar, que patrocinó la ciudad y construyó dos grandes templos dedicados a Shivá y Vishnú, aunque gran parte de la ciudad moderna fue construida durante el s. XVIII, por los reyes Maratha y Brahmin. El reino de Varanasi fue reconocido oficialmente por los mogoles en 1737 y continuó como un área gobernada por la dinastía hasta la independencia de los británicos en 1947. 
  Antiguamente se conocía con el nombre de Kashí, traducido como "la ciudad de la luz". Varanasí debe su nombre probablemente a su situación geográfica, entre los ríos Varaṇā y Asī. Los arqueólogos han encontrado artesanías y ollas de arcilla que demuestran que en el siglo IX a. C. ya había un asentamiento humano en ese sitio a orillas del río Ganges.
  El primer texto que nombra a esta ciudad es el Majabhárata (texto épico religioso del s. III a. C.), compuesto aproximadamente un siglo después de la época de Buda. Ya en esa época, Kashí, poseía templos dedicados a Suria, el dios del sol. En el s. VII, el célebre monje budista y viajero chino Xuanzang (602-664), fue testigo de que la ciudad era un centro religioso, educativo y artístico. 
  En el año 1300, la ciudad sufrió un importante saqueo por parte de tropas provenientes de Afganistán. Posteriormente, en el s. XVII, Varanasi sufrió el ataque del emperador mogol Aurangzeb, que pretendía acabar con el hinduismo. La ciudad sobrevivió a ambos ataques, aunque la mayoría de los templos y edificios fueron destruidos.

  Pero... volvamos al viaje. 

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Por las calles de la ciudad podías encontrar de todo, desde puestos de verdura hasta barberos y dentistas callejeros.
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Los dentistas callejeros...  todo un espectáculo.

  Estaba pletórico, me encontraba completamente recuperado y con ganas de "quemar" los sensores de mis cámaras. La ciudad desprendía multitud de colores, olores, contrastes,  era un auténtico hervidero de vida...
  Me llamaron mucho la atención los puestos de dentistas callejeros. La tranquilidad con la que los "pacientes" viven la falta de asepsia me resultaba, cuanto menos, chocante. Sin guantes, sin mascarillas, sin desinfección... Lavaban los utensilios en un cubo con agua... Esta gente tiene que ser de hierro... ¡¡ Oh, my Good !! ¡¡ Tienen que tener un sistema inmunológico a prueba de bomba !!

  También nos encontramos, como no podía ser de otra manera, con duras imágenes de pobreza. A algunas personas podías ayudar con una limosna o comprándoles algo para comer, pero no se podía ayudar a tod@s. En estas circunstancias es cuando valoras lo mucho que tenemos y lo afortunados que somos de haber nacido en una familia y un entorno privilegiados.


  Tras recorrer las calles más interiores de la ciudad, volvimos a bajar al río. Era en esta zona donde podían encontrarse las mejores fotografías. 
  Nos topamos con los barberos que se encargan de afeitar la cabeza a los "guardianes del fuego". Seguimos caminando por la orilla del río. Todo era tan especial que había que hacer un esfuerzo sobre humano para no perder detalle de ningún movimiento. 


  La mañana iba avanzando rauda y veloz. Aritz, nos comentó la idea de visitar una O.N.G. con la que tiene relación de visitas anteriores. Decidimos ir hasta allí y ver la labor que esta gente hace con los niños y niñas más desfavorecidos de la ciudad.
  No estaba lejos. Llegamos enseguida al edificio sito en una de las callejuelas de la zona antigua. 

La pobreza, por desgracia, está a pie de calle en toda India.
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Los barberos afeitando cabezas y uno de los ghats de Varanasi.

  La O.N.G. en cuestión se llama Semilla Para el Cambio. La fundaron dos amigas, una gallega y otra madrileña. Llevan varios años en Varanasi cumpliendo una labor social muy importante. Dan educación a niñ@s de los slums, de entre las edades comprendidas en lo que en Europa llamamos "educación primaria". Los slums son los ghettos donde vive la gente que se dedica a recoger la basura. Los sacan de las calles y los preparan para su entrada en el sistema educativo. Les surten de ropa y calzado y les dan, al menos, un par de comidas al día. Así, les dan una oportunidad para poder ser alguien el día de mañana. Y eso, tan solo, por una aportación de 20 € mensuales.

  Al llegar, los críos se revolucionaron un poco, pero enseguida todo volvió a su cauce. Estuvimos viendo como trabajaban en clase. Pintaban y daban clase de inglés. Posaron para nosotros con alegres sonrisas. Después, la directora, nos pidió -ya que estábamos con las cámaras- a ver si les podíamos sacar unas fotos de primeros planos para rellenar la ficha escolar. Accedimos gustosos. 
  Tras esto, les ayudamos a servir la mesa y repartir las comidas. Los críos empatizaron enseguida e incluso se atrevieron a hacer bromas y reír con nosotros. Fue un rato muy agradable.
  Después de la visita, con el compromiso adquirido de ir a ver las nuevas instalaciones en los slums, decidimos ir a comer algo. Elegimos un restaurante en uno de los ghats cercanos. No quería comer nada fuerte. Ya habría tiempo. Pedí unos tristes spaghetti "no spicy" con tomate para que mi estómago no sufriese mucho más. Me sentó muy bien comer, lo necesitaba.​​


  Mas tarde, tras un rato de descanso y sobremesa, salimos a seguir viendo la ciudad...

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Miradas cómplices y sonrisas sinceras... Así son los niños.
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https://www.semillaparaelcambio.org

Apadrina en Varanasi
L@s niñ@s de los "slums" te necesitan.
Entra en la web e infórmate.

Las sonrisas de los críos... inolvidables.

  Aritz, propuso hacer una visita a la zona de los telares musulmanes. No estaba muy lejos de donde nos encontrábamos, así que, accedimos curiosos. Allí se podía ver la mecánica de la elaboración y los trabajos asociados en la fabricación y manipulación de la tela. Se antojaba, cuanto menos, curioso...


  Llegando a la zona en cuestión, Aritz, al ver todo cerrado, se percató de que era viernes. ¡¡ Era festivo !! 
  El viernes es un día muy importante para los musulmanes. Es el día en que se reúnen para rezar en congregación.

  Así que, con las mismas, nos dimos la vuelta. Pasamos por unas calles en las que un pequeño ejército de hombres de todas las edades -desde muchachos barbilampiños hasta hombres maduros- cosían y remendaban colchones de muelles. 


.- ¡ Mirad ! -dije yo- Si esto fuese Vitoria, sería la calle colchonería... ;-)
  Salimos hacia la parte moderna de la ciudad. La zona de las calles asfaltadas, coches, tuc-tucs, motos, bicis, rickshaws,  gente, mucha gente y... Muchas vacas, esa zona donde la contaminación del humo y el ruido crean un espacio caótico. El contraste con la paz y la calma que se respira en los ghats, junto al río, es como la noche y el día.

Si estuviésemos en Vitoria-Gasteiz sería la calle colchonería.
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  Anduvimos por calles abarrotadas. Era como un gigantesco hormiguero.  Esa gran masa de gente caminaba de un lado a otro, aparentemente sin rumbo, mezclada entre las molestas motos que aceleraban y tocaban las bocinas para pedir paso, impacientes y casi agresivas...
  Era una zona comercial, no había luces de neón pero, el colorido de las lámparas de las tiendas hacía resaltar los tonos, siempre alegres, de los saris de las mujeres. 
  Potentes altavoces, adosados a las farolas, emitían música hindú. El paisaje urbano, con feas casas de hormigón, se complementaba con enormes transformadores. Daban la sensación de ser grandes nidos envueltos en un amasijo de cables enmarañados. Sin embargo, ese frenético ritmo, esa sobrecarga de todo, transmitía una sensación de "caótico equilibrio".

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El cruce donde acaba la zona antigua y comienza el asfalto.
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El "hormiguero" de Varanasi al atardecer.
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Puestos de comida callejera y alimentación en las calles de Varanasi.

  Tras un largo paseo nos adentramos de nuevo en el corazón de la ciudad. Puestos de comida callejera inundaban el ambiente con olores a especias que despertaban el apetito de cualquier mortal. Carros de verduras y frutas daban color a las calles.

  Era ya noche cerrada. El día había transcurrido con un ritmo frenético. No había vuelto a tener problemas, el estómago respondía bien, así que, nos metimos en un local a cenar un thali. Es un menú, servido en un plato grande de latón, con una serie de cuencos que generalmente llevan:
> dhal ( un guiso de lentejas )
> aloo gobi (una mezcla de verduras como patata y coliflor )
> paneer ( un queso fresco )
> baasamatee chaaval ( arroz basmati)
> chapatti  ( pan )
> dahee ( yogur líquido para beber ).
​El precio de un thali ronda las 100 rupias ( 1,20 € ).

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El típico plato llamado thali.

  Tras la cena nos fuimos a descansar. Al día siguiente quería ir a ver el amanecer en los ghats. Tenía que descansar un poco, no debía tentar más a la suerte. Jon seguía enfermo y con fiebre. Habíamos quedado en llamar a un médico hindú para que le mirase. Eso era lo primero.

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Varanasi (Benarés)

Me desperté con ganas de más. Algunos de los compañeros habíamos quedado para ver amanecer en los ghats. Maa Ganga, "la madre de todos los ríos" o Ganga Devi, "la Diosa Ganga", guarda celosamente sus secretos, entre los que está

el poder de purificación. Además, ejerce una atracción difícil de evitar.

  El Ganges nace en la cordillera del Himalaya, en una gruta de hielo a más de 4.500 m.s.n.m. Recorre 2.510 kms, de los cuales tan solo seis, atraviesan la ciudad sagrada de Varanasi. Tras recorrer tres estados de la República India va a "morir" al Golfo de Bengala. En su cuenca viven mas de 150 millones de personas. Según las creencias del hinduismo, cada inmersión en sus aguas sirve para limpiar el karma (el lastre de vidas anteriores). Además, morir en Kashí, en la ciudad de la luz, te libera del ciclo de las seis reencarnaciones y te lleva directamente al moksha, es decir, el paso directo al Nirvana. Es por eso que muchas personas mayores o enfermas, viajan hasta Varanasi para encontrar allí la muerte. Incluso hay residencias que alojan a personas que esperan el final de sus días.

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Amanecer en Varanasi. Otro de los momentos para guardar en mi "caja de momentos felices".

  A pesar de su alto grado de contaminación, la vida en torno al río es un auténtico espectáculo. A primeras horas de la mañana, cuando la ciudad aún duerme, Maa Ganga conserva la paz y el silencio de las horas del reposo nocturno, cuando sus aguas van únicamente a merced de la corriente y no se ven ultrajadas por los cientos de remos y motores que más tarde las surcarán. Esa mágica hora, en la que el día despierta, es un regalo para la vista, los oídos y el alma. Después, cuando el sol acabe de levantar por el horizonte, la ancha lengua de agua que acaricia la ciudad por su margen izquierda, se convertirá en una abarrotada "autopista" por la que transitarán un sin fin de embarcaciones de todos los tipos y colores. Unas provistas de una estridente música, otras llenas de turistas, otras de peregrinos, algunas cargadas de madera para alguno de los ghats cercanos... De esta manera, el río, vuelve a ser el eje central de la vida en la ciudad. 

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Un sadhu realiza una "puja" al amanecer para dar gracias al Dios Sol.

  Otro de los momentos mágicos del amanecer, y que no te puedes perder en una visita a Varanasi, son las pujas (ofrendas). Cuando las luces de la calle tiñen de ocre los edificios de la ciudad y bañan de una luz dorada las orillas del río, los fieles se reúnen en los ghats. Mientras un sadhu realiza la ceremonia sagrada, ellos, los fieles, depositan, en las calmadas aguas, flores y velas antes de bañarse para purificar su alma. Todavía se conserva la tradición de hace siglos de rezar ante el sol naciente. Esta ceremonia guarda un gran misticismo. El colorido, el ritmo de sus rezos y el olor a incienso envuelven la ofrenda con un halo mágico. Los cinco elementos del hinduismo, fuego, agua, tierra, aire y espíritu, están muy presentes en la ceremonia. Pueden asistir tanto locales como visitantes extranjeros. 
  Minutos después, el sol se levanta por el horizonte y empieza a pintar de colores las barcas fondeadas ordenadamente en cada muelle. Empieza un nuevo día cargado de ilusión y ganas de vivir.

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Ver nacer un nuevo día en los muelles de Varanasi es un maravilloso espectáculo.

Cuenta la leyenda:

  ...que Shivá, disipó la furia del Ganga cuando este arremetía con todo su ímpetu sobre la faz de la tierra. Entrelazándolo en su esbelta cabellera, el Dios de la destrucción logro, paradójicamente, detener la catástrofe y tranquilizar de esta manera a Maa Ganga, el mítico río Ganges, que fluye hoy en día desde el Himalaya hasta su desembocadura en la bahía de Bengala.              

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  En apenas unos minutos los ghats se llenan de gente. La paz se corrompe. Nuevamente, por la ciudad habitada más antigua del mundo, el murmullo de las voces de fieles, turistas, mendigos, yoguis, brahmanes, jóvenes estudiantes, leprosos, parias desquiciados, sadhus elegantes, bonzos y tullidos, acompañan a los monos y a las ratas invadiendo, cual poderoso ejército, la zona aledaña a las escalinatas.

  Nosotros acompañábamos a esa marabunta de gente en su frenético trajinar junto al río. Tras las fotografías hechas y con la maravillosa imagen del amanecer grabada para siempre en las retinas, era momento de tomar un chai en alguno de los puestos que ya funcionaban a esas horas junto a los ghats.

  Después de un te caliente que, a mí particularmente, me supo a gloria, seguimos con nuestro particular paseo por los ghats. La mañana estaba preciosa. Caminaba feliz por aquel maravilloso escenario. 

Un puesto callejero para tomar chai.
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Los fieles se agrupan en los ghats llenando de color las escaleras. Posteriormente realizarán sus baños purificadores.

  Ya había amanecido y la ciudad estaba en marcha. El hormiguero funcionaba a pleno rendimiento. La gente pululaba ya por todos los rincones. El ajetreo empezaba a ser frenético. Aunque suene raro lo que digo, el caos empezaba a poner todo en su sitio. Varanasi es así, un ordenado desorden con una actividad vertiginosa; una dulce y maravillosa locura.

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Un barbero esperando su primer cliente a primeras horas de la mañana.
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Desde cualquier ángulo, Kashí, es una preciosa ciudad.

  Era el momento de disfrutar, observar y mirar sin prisas todo lo que sucedía a nuestro alrededor. En cada rincón, en cada escalera de cada ghat, encontraba algo que llamaba mi atención. Sadhus meditando, fieles rezando, turistas ensimismados, niños jugando a cricket, lisiados mendigando, ancianos moribundos...
  Varanasi es un lugar de extremos, un enjambre, un rico, un enloquecedor y embriagador enjambre donde lo bueno y lo malo, lo bonito y lo feo, lo agradable y lo nauseabundo conviven en torno a la orilla del río que, sin lugar a dudas, sigue siendo el hilo conductor de todo.

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Unas simpáticas señoras, ataviadas con sus saris, posan elegantes para mi cámara.

  Fuimos caminando por entre los ghats, viendo cada rincón y entrando por cada recoveco. Así, es como te das cuenta de que la opulencia de algunas personas choca con la miseria de otras. En un abrir y cerrar de ojos puedes pasar de ver la acogedora, fascinante y deslumbrante ciudad de la luz a ver la agobiante, caótica y putrefacta ciudad de la muerte. 


  Sí, amig@s; es una ciudad donde lo mundano se hace incomprensible y lo divino alcanza toda su lógica mas racional... Así es Kashí. 
  La mañana avanzaba...

En los muelles se trabaja reparando las barcazas.
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Un hombre musulmán y otro hinduista posan para mí. Gracias a todos.

  Fuimos a comer a un local sito tras el Manikarnika Ghat. El sitio era tranquilo y comimos bastante bien. Hicimos una pequeña pausa tras la comida y cargamos pilas para seguir "pateando" la ciudad. Tras la sobremesa nos adentramos en el corazón de la milenaria urbe. 

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El mercado de las flores es un hervidero de comerciantes.

  En primer lugar fuimos a ver el mercado de flores. Un vetusto edificio, con un gran patio interior, que reunía a un montón de gente dispuesta a comprar y vender cantidades ingentes de flores. Unas sueltas, otras ya enlazadas en collares, el trajín era frenético; conversaciones, tratos cerrados, movimientos de dinero... 
  En otro punto de la ciudad, en la zona del mercado, me encontré con un paraíso fotográfico. Los puestos, cargados de verduras y frutas, se complementaban con los retratos de los vendedores. La combinación de colores, las sonrisas, el entorno en sí, todo, todo era magnífico y bello para fotografiar.

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