"La vida, como la fotografía, consiste en positivar lo negativo"

Agosto de 2017

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El Perigord

Viaje a la Edad Media entre castillos de leyenda

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El valle del río Dordoña desde el otero de Domme.

  El verano estaba siendo bastante cargante, trabajo, trabajo y más trabajo y el viaje que habíamos hecho en mayo quedaba ya muy lejos. Así que preparamos una pequeña maleta y... ¡ Evoilá !

  Se trataba de hacer una pequeña escapada para desconectar durante tres días. Había oído hablar de esta comarca y busqué en Internet. Pensé que sería el sitio idóneo, así qué cogí un hotel con Booking y... ¡¡ Listo !! Nos trasladamos a la tierra de los castillos, la zona llamada Périgord, en la región de Aquitania en Francia. Unos días de descanso y tranquilidad a orillas del río Dordoña.

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Astigarraga - Beynac et Cazenac

Después de hacer unos recados, para dejar todo atado, nos pusimos en marcha casi a las once de la mañana. Había estudiado los mapas, como

siempre, pero esta vez, confiando demasiado en mi instinto y mi memoria,  no pasé a papel una buena copia del recorrido... y lo pagamos con creces. Sin saber por qué, salimos de la autopista A63, que nos debía llevar a Burdeos y tomamos la N-21 en dirección noreste...     ¡ Craso error ! 
    Avanzábamos por buen firme, pero era una carretera nacional y los límites de velocidad y la doble dirección nos retrasaban. Sobre las dos de la tarde paramos a comer cerca de Bergerac. Desde aquí en adelante se hizo eterno. Habíamos subido innecesariamente hacia el norte, cuando el destino estaba al sureste. Gracias a que han quitado el roaming en las compañías telefónicas teníamos para tirar de los datos móviles del teléfono y pudimos conectar el GPS.
Con este "bendito" aparato salimos airosos de la pesada, casi desesperada,  situación en la que nos habíamos metido. Si no hubiera sido por él, seguramente seguiríamos dando vueltas por las carreteras locales en el Périgord...

Las calles de Beynac et Cazenac te transportan de lleno a la Edad Media.
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  Por fin, a eso de las cinco de la tarde, llegamos al Hotel Pontet, en la localidad de Beynac et Cazenac, junto al río Dordoña en el Périgord Noir (Périgord Negro), en la Aquitania profunda. Bueno... Ya estábamos allí, ahora se trataba de descansar y disfrutar. El tiempo acompañaba, casi demasiado calor, pero el entorno invitaba a zambullirse de lleno y perderse en otra época de la Historia. Un poco de inglés, un poco de francés, un poco de castellano y todo aclarado. Nos instalamos y tras estirar las piernas unos minutos, salimos a inspeccionar la zona.

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Mapa del Périgord, al sur está la zona que visitamos.

  Francia es un estado regional que se asienta sobre un complejo sistema jerarquizado de administración en varios niveles según el tipo de competencias ejercidas. Está dividida en 13 regiones. Aunque es la división principal, Francia es un país unitario y las regiones no poseen autonomía legislativa, sino que reciben del estado una parte consecuente de los impuestos nacionales que pueden disponer y repartir según sus necesidades. Son regidas por un Consejo Regional. Estas regiones se dividen en 96 departamentos que son regidos por un Consejo General elegido para seis años por sufragio directo. Fueron creados en 1790 con el fin de que toda persona pudiera dirigirse en una jornada de caballo, como máximo, a sus representantes. Cada uno tiene un prefecto. Además, cada departamento está dividido en varios distritos, 323 en total, que tienen cada uno, un subprefecto. Su función es ayudar al prefecto del departamento. A efectos electorales, los departamentos se dividen en 1.995 cantones, que a u vez se dividen en 36.529 comunas, que equivalen al municipio. 
  Pero aparte de esto, Francia se divide en inter-comunidades. Equivalen a una Mancomunidad y agrupan dentro de un mismo departamento a varias comunas que comparten características similares debido a la orografía y otras señas de identidad.
  Con todo esto, podemos decir qué la comarca del Périgord se encuentra en la región administrativa de Aquitania, cuya ciudad más destacada es Burdeos y repartida entre los departamentos de Dordoña y Garona.
¡¡ Un verdadero lío !!

  Pero, por si esto no fuera suficiente, el Périgord, que debe su nombre a una antigua provincia, se divide a su vez en cuatro zonas que los franceses dividen en colores, inspirados por los tonos de cada paisaje. Estas son:
* Périgord Verde        ( por los grandes y fértiles valles )
* Périgord Blanco        ( por la piedra caliza de su entorno )
* Périgord Púrpura      ( por el vino de la zona ) 
* Périgord Negro        ( por los bosques de castaños y robles ) 

Nosotros estuvimos en el Périgord Negro... os cuento.

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El cruce de entrada hacia el hotel, en Beynac et Cazenac.
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  Como os decía, tras hacer el chec-in y dejar las cosas en la habitación, salimos a dar una vuelta por el pueblo. Hacía calor, habíamos llegado a los 29ºC y aún se notaba el agobio.
Beynac et Cazenac es un pequeño y maravilloso pueblo de 554 habitantes (2013) junto a la carretera D703, en la ribera del río Dordoña y catalogado como uno de 
Les plus beaux villages de France (Los pueblos más bellos de Francia). 
Como todos estos pueblos con castillos poderosos, el de Beynac es prácticamente inexpugnable, situado sobre una gigantesca roca de 150 m de altura, defendida al sur por el río, que en otra época fue frontera entre Francia e Inglaterra, y rodeada de un frondoso bosque de robles, castaños y nogales, abundantes en una comarca famosa por el mimo con el que tratan a este producto, la nuez.

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Infinidad de flores daban colorido a las empedradas calles de la localidad.

  Dimos un paseo por la parte baja, bordeando el río, estirando las piernas y situándonos, mientras íbamos empapándonos del relajante ambiente que envolvía todo.
Tras hacer unas fotos y ubicar la farmacia, la panadería y algún que otro bar y restaurantes, nos decantamos por tomar una cerveza en la terraza de Le Bô Bar, un local cercano al hotel, donde reinaba un ambiente bastante familiar. Habíamos comido tarde y bien, así que, como no teníamos hambre, solo pedimos de beber. La tarde-noche estaba estupenda. Tomamos un par de "potes", hablando hasta bien entrada la noche para los horarios que acostumbran los franceses y acompañados de la música de REM y U2 entre otros.

El pueblo, bajo un imponente castillo, lucía precioso a orillas del río Dordoña.
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Imágenes de Beynac et Cazenac según avanzaba la tarde-noche.
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La hora azul dejaba unos maravillosos contrates con las luces que envolvían de ocres las calles de la población.

  La noche, envuelta en un estruendoso silencio, acompañó el mudo eco de nuestros pasos por las empedradas calles del pueblo, bañado de un intenso y cálido color ocre, que contrastaba con el reflejo sobre la fría piedra, de las luces de las farolas. Era hora de un merecido descanso, a eso habíamos venido... A descansar.

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Tras tomar una cerveza en una terraza, la noche cerrada nos acompañó en el paseo hasta el hotel. El silencio reinaba ya en las callejuelas.
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Beynac et Cazenac - La Roque Gageac - Beynac et Cazenac

Yo madrugué para ver el amanecer desde el castillo. Había dejado todo el equipo preparado, así que, algo antes de las seis de la mañana, me levanté sigilosamente para no despertar a mi compañera. Cogí la mochila, un plátano y unas

galletas para comer algo y salí, aun de noche, por supuesto, con la idea de subir la colina en dirección a la fortaleza. Pasé primero por el coche para coger el trípode y luego me encaminé por una estrecha calle hacia lo alto...

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La luz de la mañana teñía de un color ocre las piedras de calles, casas y castillos.

  El mismo color ocre que nos había despedido por la noche se encargó de darme los buenos días, acompañándome en todo el recorrido por las empinadas y empedradas calles que conducían al impresionante Castillo Medieval de Beynac. Por este castillo del s. XII pasó el rey inglés Ricardo I "Corazón de León" a la vuelta de su cautiverio, tras la III Cruzada.
   En esa época, a finales del s. XII, el castillo de Beynac era una de las plazas fuertes francesas y el río Dordoña era la frontera natural con la zona controlada por los ingleses. Al otro lado del río, el castillo de Castelnaud, eterno rival de Beynac, estaba ya en manos inglesas. Ricardo I asedió Beynac, lo conquistó y se lo entregó a su leal servidor Mercadier, un famoso guerrero occitano líder de un grupo de mercenarios al servicio del rey inglés y que le acompañó en la Tercera Cruzada. Pero en el año 1200, Mercadier fue asesinado en una calle de Burdeos y el castillo pasa a pertenecer de nuevo a la familia de los Beynac qué,  con esta venganza, recuperaba lo que era legítimamente suyo.
    El castillo allí permaneció, aguantando estoicamente la cruzada contra los cátaros que encabezó Simon de Monfort, quien también atacó el castillo, a pesar de que los señores de Beynac fueran fieles al rey de Francia, aliado del Papa. Mas tarde vio pasar la Guerra de los Cien Años y las Guerras de Religión de Francia... guerras, asaltos, traiciones, luchas de poder, asedios... pero su esbelta silueta sigue erguida sobre la roca calcárea, con casi mil años de historia sobre sus robustos muros, contemplando orgulloso desde lo alto el valle del Dordoña.

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  Mientras caminaba sobre las losas del suelo me imaginaba la vida en el castillo. La tranquilidad en épocas de paz y el trajín en situaciones de ataque. Miré hacia las murallas y por un momento asomaron ante mí banderas y estandartes con infinidad de motivos y colores. Cerré los ojos y dejé volar mi imaginación...


  Oí el tañer de las campanas tocando arrebato y el barullo de la población corriendo a refugiarse intramuros. Imaginé e imaginé...

Y la brisa me traía del pasado, envuelta en su silbido, los mudos recuerdos de una cruel batalla. 

  Una madre corría desesperada buscando a su hijo... junto a mí, una niña muy pequeña lloraba aterrorizada escondida entre unas rocas del camino. Escuché el golpeteo de los cascos de aquellos poderosos caballos. El ruido a metal de las armaduras golpeadas por el reluciente acero de robustas espadas movidas con destreza y agilidad por los caballeros que, escudo en mano, embutidos en cotas de malla y calados con brillantes yelmos que cubrían sus rostros, defendían la fortaleza del asedio enemigo... 
  De repente un silbido surcó el cielo y una lluvia de flechas arreció sobre mi cuerpo. Sentí una fuerte punzada, cual picadura de una gigantesca abeja rabiosa y enseguida noté como ardía mi pecho. Caí de rodillas, herido de muerte, mientas en mi cabeza urdía el guion para una futura novela... ¡ Qué poderosa es la imaginación !

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El amanecer, con sus rojizos colores, enmarcaba un perfecto contra-luz que resaltaba la imponente silueta del castillo.
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Poco a poco la luz fue llenando el infinito hueco que ocupa la oscuridad y  un maravilloso mundo de otra época apareció ante mis ojos.
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El Château de Beynac.
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Casas de madera y piedra, tejados de pizarra , un entorno maravillosamente cuidado hasta el mínimo detalle. Simplemente . . . ¡¡ Precioso !!

  Había amanecido. Recogí el equipo y me dispuse a regresar. Era el momento de bajar al hotel y desayunar con mi compañera. A pesar de haber comido algo, estaba hambriento. Al llegar, tuve que cruzar el hall de la entrada. El desayuno estaba dispuesto. Olía a café y a bollos. Subí a la habitación y al cabo de un rato bajamos juntos a desayunar. Eran más de las nueve. Ni que decir tiene que recuperamos las fuerzas... zumo de naranja, fruta en almíbar, yogur con cereales, un trocito de bizcocho con nueces, un croisant con mermelada y mantequilla y un par de cafés con leche nos ayudaron a ello.
¡¡ De lujo !!

   Tras el opíparo desayuno subimos a lavarnos los dientes y coger las cámaras de fotos. Luego salimos y tomamos otro café en una pastelería sita frente a la farmacia. Ahora tocaba volver a subir al castillo, pero acompañado de Rosa. La luz del día me descubría paisajes que anteriormente no había disfrutado. El valle, con infinidad de pequeñas construcciones diseminadas, se veía salpicado en cada punto estratégico por un imponente castillo. Desde una balconada en la subida se podía ver frente a nosotros el Château des Milandes, una casa solariega en la comuna o pueblo de Castelnaud-la-Chapelle. Construido por François de Caumont hacia 1489. En 1940, la actriz Josephine Baker alquiló el castillo y luego lo compró en 1947. Está catalogado como monumento histórico por el Ministerio de Cultura francés desde 1986. Los colores que bañaban el valle iban desde una gama infinita de verdes hasta el más sutil de los ocres. Un regalo para la vista.

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Château des Milandes, un precioso castillo del s. XIII., propiedad de la actriz Josephine Baker, quien lo adquirió en 1947. 

  Más arriba, desde lo alto de la loma, se podía contemplar el Château de Castelnaud, del s. XII. Es una fortaleza medieval en la comuna de Castelnaud-la-Chapelle. En 1980 fue catalogado como monumento histórico. Luego hablaré más de él.

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El Château de Castelnaud, otra imponente fortificación en la margen izquierda del Dordoña.

  Arriba la luz del día daba otra perspectiva a toda la zona, se veía distinto de como lo había visto al amanecer. A Rosa no le apetecía entrar al castillo, así que dimos una vuelta por las calles, atravesando el pueblo y bajamos por la ladera norte. El paseo fue muy agradable. Bajamos por la carretera que daba acceso al parking donde estaba el coche aparcado. Decidimos coger el coche y poner rumbo a La Roque-Gageac, una población sita a apenas 5 kms de Beyrac en la carretera D703.

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Distintos puntos de vista del Château de Beynac

  La Roque-Gageac es una localidad ubicada junto al río Dordoña. Esta comuna, situada a los pies de un acantilado, ha estado ocupada por seres humanos desde la prehistoria. De la época galo-romana, quedan los vestigios de una antigua vía y el emplazamiento de una villa, así como un pozo romano en un estado impecable. La ocupación que se conoce del lugar es, sin embargo, menos distante, ya que sucede alrededor del año 849 con la llegada de los normandos al Périgord. Los vikingos, en su época de invasiones, navegaron con sus drakkars por el Dordoña. Todavía quedan los antiguos fuertes construidos en el acantilado por los habitantes del poblado para protegerse de estas invasiones. Otros vestigios de esta época son los recintos con casas fortificadas, que hicieron de La Roque-Gageac una verdadera fortaleza. Este asentamiento realmente fortificado resistió las hostilidades entre franceses e ingleses. Protegido a su espalda por la pared de piedra del acantilado, solamente las puertas laterales permitían el acceso al pueblo.

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La Roque-Gageac 

  Durante la edad media, La Roque-Gageac tenía aproximadamente 1.500 habitantes. En aquella época, la región de Dordoña vivía de los pescadores y trabajadores del puerto. La Roque-Gageac estuvo, durante mucho tiempo, regida por un abad que sería después obispo de Sarlat. Esto hizo que nobles y burgueses vinieran a establecerse en la ciudad episcopal, atrayendo a los ricos, letrados, eruditos y sabios.
    La Guerra de los Cien Años interrumpió esta paz en la ciudad, pero con el Renacimiento volvió la calma. En aquellos tiempos, la ciudad se embelleció de almenas en lo alto de las torres y murallas, de tejados en forma puntiaguda y de ventanas del estilo de la época. De aquel entonces quedan las ruinas del antiguo castillo señorial de los obispos, los fuertes trogloditas, las murallas de la antigua fortaleza  y las casas fortificadas de los nobles.

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Cada esquina, cada recodo de la calle que atraviesa La Roque esconde un precioso rincón.

  Tras un progresivo deterioro, el pueblo fue vendido por el obispo a un señor de Salignac. En la época de Luis XIV, la legislación de 1669 sobre los derechos de la pesca daban la propiedad del río al rey, todo esto en detrimento de los pescadores. Después de la revolución, las leyes se intensificaron e hicieron de La Roque-Gageac un puerto muy importante. Pasó a ser un centro comercial, pero, a pesar de todo, continuaba siendo un pueblo de pescadores.
    Después de la Segunda Guerra Mundial, La Roque-Gageac se renovó antes de conocer la catástrofe de enero de 1957: un bloque de 5.000 m3 de roca, es decir una roca de 5 toneladas, se desprendió de la pared provocado por la disolución de la cal y cayó al pueblo, destruyendo una decena de casas, matando únicamente a 3 personas y cortando la carretera durante varios años. La Roque-Gageac se tuvo que reconstruir con un nuevo aspecto, pero sin traicionar sus peculiaridades, esto le permitió adjudicarse unos años más tarde el título de "Los pueblos más bonitos de Francia" y logró obtener la tercera posición, solamente superado por Monte Saint-Michel y Rocamadour. ​A mí, particularmente, me gusta más Beynac.

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El Château de Beyrac desde la carretera de acceso al pueblo.

  Dimos un paseo y yo subí las rampas y escaleras que daban acceso a la parte alta del pueblo. Rosa se quedó en la parte baja, ojeando las tiendas y restaurantes. 
   El paseo fue corto, porque el pueblo en sí tampoco es que sea muy largo. Unas fotos, una botella de vino para saborearla de vuelta a casa y de nuevo bajé a reunirme con mi compañera para ir a comer. 
Comimos en una terraza en un restaurante al que Rosa le había  echado el ojo. Una ensalada de salmón y otra con magret de pato, salad périgourdine si no recuerdo mal, nos sirvieron para reponer fuerzas. Un helado y un café pusieron fin al "avituallamiento".
    Allí estaba todo visto, así que decidimos volver al hotel a descansar un rato. Como dije al inicio, ese era el objetivo, descansar.

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Ensalada "périgourdine".

  De vuelta al hotel, la imponente imagen del Château de Beynac me hizo detener el coche en una cuneta para apearme y hacer alguna fotografía. Inmensos maizales, grandes extensiones de nogales y granjas para la cría de ocas y la producción de paté, llenaban el paisaje en el camino de vuelta.

  Tras un rato de descanso y ya de noche cerrada, bajamos a dar una vuelta por Beynac. Le Bô Bar, donde la noche anterior estuvimos tan a gusto, estaba cerrado por descanso semanal, así que optamos por tomar una cerveza en la terraza del restaurante Du Chateau, ubicado frente a la farmacia. La noche era fresca, la temperatura había bajado bastante e incluso cayeron unas finas gotas de lluvia. Con la música de Edhit Piaf de fondo charlamos un rato sobre Armenia e Irán,  comprobando sobre unos apuntes, que son dos países dignos de visitar. Mientras sonaba el "Rian de rian" empezó a arreciar la lluvia, así que nos cambiamos de mesa para ponernos a cubierto. Pero la noche enfrió bastante así que, tras acabar la consumición y acompañados por la canción "La vie en rose"  pusimos rumbo al hotel.   

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Un festival de color, con flores de todo tipo adornaba las fachadas.
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Beynac et Cazenac - Castelnaud - Sarlat - Beynac et Cazenac

Me levanté a las seis de la mañana para hacer unas panorámicas e intentar captar la hora azul. Mi destino era Castelnaud.

  La noche había sido otoñal, había llovido bastante y se sintieron conatos de tormenta, por lo que, para mi desgracia, las luces que iluminaban los castillos estaban apagadas. Una verdadera lástima, porque el espectáculo visual que supone ver los châteaus, con ese brillante color ocre sobre el telón de fondo azulado que compone el cielo, quedaba completamente desdibujado por la oscuridad en la que se sumían las fortalezas. Esta fotografía de abajo es lo más destacable que pude hacer. Tiene bastante ruido, pero es que la noche estaba muy oscura.

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El Château de Castelnaud en la hora azul.
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Imagenes del Château de Castelnaud una vez hubo amanecido.

  Castelnaud, que significaría “el castillo nuevo”, se construyó en el siglo XII. A principios del siglo XIII, el castillo era propiedad del señor cátaro Bernard de Casnac, pero Simon de Montfort se apodera de él en 1214, durante la cruzada contra los Albigenses (cátaros). Un nuevo castillo se reconstruye entonces. Datan de aquella época la torre del homenaje y la cortina. Durante la Guerra de los Cien Años, el castillo perteneció a menudo al bando inglés. En 1442, los franceses lo conquistan  definitivamente, tras un asedio ordenado por Carlos VII. Terminado el conflicto, la familia Caumont, propietaria del castillo desde 1368, lo recupera. Los Caumont refuerzan el dispositivo de defensa: el recinto exterior y la nueva barbacana se equipan con cañoneras, y más tarde se edifica la torre de artillería.
   Durante las Guerras de Religión de Francia, se encomienda el castillo al capitán Geoffroy de Vivans, nacido en Castelnaud. Apodado “El Batallador”, era temido en todo el Périgord. Durante ese periodo, su reputación mantuvo alejados a posibles asaltantes. En el siglo XV, se acondicionaron más dependencias, para aumentar la comodidad de la fortaleza medieval. Pese a ello, los Caumont abandonan Castelnaud y se trasladan a su nuevo castillo, el de Milandes.
    A lo largo del siglo XVII, el castillo permaneció vacío casi siempre. Abandonado durante la Revolución Francesa, se fue degradando cada vez más, y durante el siglo XIX incluso se utilizó como cantera de piedras.
En 1966 se declara Monumento Histórico, y desde entonces es objeto de espectaculares campañas de restauración. Desde 1985, alberga el “Museo de la Guerra en la Edad Media”.

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Imágenes retrospectivas del Château de Castelnaud.
Se puede comprobra un buen trabajo de restauración...  ¡ Chapeau !
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Castelnaud desde la margen derecha del río Dordoña.

  Así que, un poco frustrado, volví al hotel para desayunar con mi compañera. Esta vez bajamos un poquito antes y nos lo tomamos con más calma, si cabe. De nuevo un copioso desayuno, idéntico al del día anterior, pero esta vez con una mermelada casera de calabaza. En la calle había refrescado, pero se estaba a gusto sin el calor agobiante del primer día. Mientras desayunábamos decidimos que iríamos a ver la capital de la comarca, es decir Sarlat. Después pasaríamos por Domme y a la vuelta entraríamos en Castelnaud, para cerrar el círculo y volver a Beyrac. Así que, dicho y hecho. Subimos a lavarnos los dientes y coger el equipo de fotografía y pusimos rumbo a Sarlat.

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Vistas del Château de Beynac desde la carretera que lleva a Domme.

  Cogimos el coche y en apenas veinte minutos estábamos en Sarlat-la-Canéda. Está catalogada como ciudad medieval y es una subprefectura francesa. En 2013 tenía 9.260 habitantes. La villa, como todas las que hemos visto, se sitúa en el Périgord Noir (Périgord Negro). El centro urbano se encuentra a seis kilómetros al norte del río Dordoña. El núcleo de La Canéda está algo más cercano al río, a unos tres kilómetros al sur de Sarlat propiamente dicho. Dispone de una estación de ferrocarril, actualmente final de un ramal que procede de Siorac-en-Périgord y que en tiempos se extendía más al este.

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Rincones de la bella ciudad de Sarlat.

  La arquitectura de Sarlat lo hace el lugar más visitado de la Dordoña y el decimocuarto de Francia con 1.500.000 visitantes al año. Sus callejones medievales y sus grandes plazas, bañadas de sol y muy animadas los días de mercado, crean un ambiente muy agradable. Desde 1928, muchos productores  han elegido esta localización para sus películas históricas, en razón de la belleza de sus paisajes y de la riqueza de su patrimonio.
   Sarlat y en general el Périgord Noir constituyen una región de predilección para los realizadores de películas históricas convirtiéndolo en el tercer centro de rodaje de Francia después Paris y Niza. Entre otras muchas se han rodado en la comarca:
> 2001 : D’Artagnan, de Peter Hyams (Sarlat)
> 2000 : Chocolat, de Lasse Hallström (Beynac)
> 1982 : Les Misérables, de Robert Hossein (Monpazier, Sireuil, Sarlat, Saint Cyprien)
> 1981 : Histoire d'Adrien, de Jean Pierre Denis (Saint Léon sur l'Isle, Marsac, Douzillac, Périgueux)

   La calidad de vida de la región, la dulzura del clima y también las delicias de la gastronomía son otras condiciones favorables que atraen la curiosidad de la gente.

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Las estrechas calles de Sarlat te meten de lleno en el ambiente de la Edad Media.

  El Mercado de Sarlat, es una institución. Tiene lugar dos veces por semana a lo largo de todo el año y en él se encuentra todo lo que hace falta  y sobre todo, lo esencial: los productos de la tierra.
La ciudad dispone también de un mercado cubierto instalado en una antigua iglesia  del centro histórico. Nunca mejor dicho, un "templo" de la gastronomía...

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La plaza de Sarlat, los sábados se engalana para el mercado.

  Tomamos un café en la calle principal y compramos algún recuerdo. La mañana estaba revuelta, se veía que traía cambio, el aire se había levantado y era fresquito.

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  La gente de estas poblaciones se portó muy amable. Cierto es que los franceses son muy... "suyos", pero acostumbrados a vivir del turismo, el trato que recibimos se puede calificar como correcto. Los horarios de las comidas, aún siendo bastante restrictivos, se flexibilizaban bastante por la fecha y la cantidad de gente que visitaba la comarca.
   Tras la visita a Sarlat, nos dirigimos a la siguiente población que aparecía en nuestro "cuaderno de viaje". Se trataba de Domme.
​   Colgada sobre un acantilado, la Real Bastida de Domme domina de forma majestuosa el valle del Dordoña. Fue construida en 1281 por decisión del rey Felipe III "el atrevido" y tuvo un papel muy activo durante la Guerra de los Cien Años entre Francia e Inglaterra, debido a su estratégica ubicación. De ahí las robustas murallas que rodean la villa.
     Las fortificaciones, el mercado del siglo XVII, las cuevas (que no vimos) el paseo que bordea el acantilado y el mirador que ofrece una vista excepcional del valle del Dordoña, son parte de su encanto.
    Llegamos sobre las dos de la tarde. Nos costó aparcar porque el casco estaba prácticamente cerrado al tráfico y todas las opciones de aparcamiento nos desviaban a unos parkings situados "extramuros". Al final, casi por casualidad y sin saberlo, acerté a dejar el coche en uno de estos espacios, justo detrás de la iglesia.

Iglesia Ntra. Sra. de la Asunción de Domme del s. XII.

  Subimos paseando hasta la plaza y allí encontramos el restaurante Aubege de la Rode que nos gustó y paramos a comer. Pedimos de primero un foie y confit de pato, de segundo magret de canard et pommes de terre grenailles... es decir magret de pato con patatas gratinadas y de postre un cabecou (queso de cabra) y un helado de nueces. Un par de cafés cortados dieron fin a la comida. Todo riquíiiiiisimo. Luego de una pequeña sobremesa, dimos un suave paseo por el pueblo, hicimos la panorámica que abre este diario desde el balcón que miraba al río Dordoña y bajamos hacia Castelnaud.

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Magret de canard rôti et ses pommes de terre grenailles.
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Castelnaud con su impresionante castillo en lo alto.

  Castelnaud-la-Chapelle es una comuna, como lo llaman los franceses, de 475 habitantes (2013). El pueblo está “adherido” a la montaña por el lado oeste y defendido por el río Dordoña hacia el este, así que únicamente había que defender el cruce del puente para salvaguardar la villa de posibles ataques. Cuenta con un precioso château (del que hablé antes), coronando la cima de una loma sobre la villa. Se erige como uno de los grandes lugares que visitar en el Périgord. Sus calles adoquinadas y sus casas perfectamente conservadas , mostrándonos la esencia del medievo, te van transportando poco a poco hacia la fortaleza que es el principal punto de interés. Es muy pequeño y no tiene mucho más que ver, así que hicimos algunas fotos y volvimos para Beynac, buscando "nuestra" terraza para tomar relajadamente unas cervecitas.

    Pasamos por el hotel y descansamos un poco. Luego, tras asearnos y dejar todo recogido, bajamos al hall para hacer el check-out. Queríamos salir por la mañana temprano, así que pedimos l´addition (la cuenta ) y quedamos en dejar la llave en el mostrador de la entrada. Una vez saldadas las cuentas estábamos en disposición de disfrutar de las últimas horas en el Périgord. Bajamos a Le Bô Bar y nos sentamos dentro. La noche estaba bastante fresca, la temperatura había bajado una barbaridad. Los 29ºC que nos recibieron el martes, se había quedado en tan solo 9ºC. 
   En el interior, dos hombres estaban afinando sus guitarras en un hueco que quedaba libre junto a la barra. Saludamos al entrar con un cordial bonne nuit y fuimos correspondidos por el camarero y los allí presentes. Nos sentamos en un txoko frente a los guitarristas y pedimos una ensalada y una especie de sandwich o torta que se le encaprichó a Rosa. 
   Cenamos mientras los hombres tocaban algunas piezas de Manu Chao y canciones de su propia "cosecha". El más joven hablaba bastante bien castellano. Enseguida empatizamos y uno de ellos, el joven, el que más hablaba, nos preguntó nuestra procedencia. 

- Somos de San Sebastián -le dijimos
- Hablas muy bien castellano -le dijo Rosa
- He estado dos años en Argentina -respondió él.

Nos preguntó los nombres y nos dedicó un tema...
Cenamos tranquilamente entre canciones y risas en un ambiente muy relajado. El dicharachero, nos comentó que todos los jueves organizaban ese tipo de "saraos" y que se lo pasaban muy bien. La verdad es que podemos dar fe de ello.

   La noche avanzaba inexorable y decidimos subir a descansar. Vimos en el ordenador la película "Hijos de un mismo Dios". Después a dormir para levantarnos a las seis y media, con intención de salir a las siete en punto.  

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Beynac et Cazenac - Astigarraga

El despertador sonó enseguida, la noche se me pasó en un cerrar y abrir de ojos. Rosa lo había pasado peor, la cena le había resultado muy pesada y el estómago le había molestado bastante. Tenía "carucha", síntoma de no haber

descansado muy bien. Como teníamos todo recogido, fue asearnos un poco y arrancar. La mañana estaba fresca, bastante fresca, pero para conducir era mejor que el pesado calor que habíamos traído el martes. Habíamos estudiado el mapa de carreteras y ahora estaba claro, teníamos que ir hasta Sarlat y coger la A-89 dirección Burdeos...    Esta vez sí, después de conducir tres cuartos de hora en dirección norte y tras pasar por Sarlat, Saint Geniés y Montignac, llegamos a La Bachellerie y entramos por fin en la autopista. Desde allí a Burdeos una hora y cuarto (165 kms) y desde Burdeos a casa dos horas más, para hacer los 240 kms de distancia.    

 

  De nuevo a la rutina, sin espadas ni armaduras, pero de vuelta a la lucha diaria, a batallar con la gente, a batallar...​ Con la vida.

¡ Mercí Périgord !

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© F. J. Preciado  2016