"La vida, como la fotografía, consiste en positivar lo negativo"

Octubre de 2015

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Budapest y Viena

Grata sorpresa a orillas del Danubio

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Panorámica de Budapest desde la colina de Gellért.

  De nuevo llegó el otoño y con él las ganas de viajar. En esta ocasión pensamos en un viaje a centro Europa, concretamente a Budapest, la capital de Hungría. Aprovechando la temporada baja, al igual que el año anterior para el viaje a Malta, la fecha escogida fue octubre.
Budapest, una ciudad cargada de historia a un paso de la Viena imperial. Una ciudad marcada por las invasiones de varias culturas a lo largo de los siglos, invasiones que dejaron su huella como siempre suele ocurrir. Un viaje atractivo al corazón de la vieja Europa. Unos días maravillosos a orillas del Danubio. Buda en la parte alta y Pest en la llanura, divididas por el río pero unidas por la historia.
  Habíamos mirado los vuelos y un poco el itinerario y nos hicimos la idea de ir un día a Viena a ver una ópera, concretamente queríamos ver Nabuco del maestro Verdi. Buscando lugares donde ofreciesen Nabuco, nos encontramos con la sorpresa y la suerte, de que en el Liceo de Barcelona la representaban durante todo el mes de octubre y, claro está, organizamos el viaje para volar a Budapest desde la Ciudad Condal y así aprovechábamos la ocasión para cumplir uno de los deseos de mi compañera.
Decidido: el viaje sería... Donostia-Barcelona-Budapest.

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Astigarraga - Barcelona

Salimos por la mañana temprano desde Astigarraga para ir al aeropuerto de San Sebastián en la localidad de Hondarribia. Nuestro vuelo despegaba a las 08:20 h. Como es habitual, volamos en un Airbus 319 de Vueling, la compañía

que opera entre Donostia y Barcelona. La hora que dura el viaje se pasó en un visto y no visto sin nada que reseñar. Al salir del aeropuerto del Prat cogimos el bus de línea y bajamos en la Avenida de las Universidades frente  al  acceso a la Rambla y desayunamos tranquilamente. Después fuimos calle abajo en busca del Hotel Principal en la calle Carrer de la Junta de Comerç, donde nos alojaríamos esa noche.  Nos registramos y salimos a dar un paseo por la Rambla y la zona portuaria, haciendo un poco de tiempo hasta las tres de la tarde que era la hora que teníamos cogida para visitar la Sagrada Familia.

El reflejo en el edificio de cristal del puerto.

  Casualidades de la vida, cuando íbamos a coger el metro para ir hasta la catedral, este quedó fuera de servicio por una avería general. Nos vimos obligados a coger un taxi porque se nos echaba el tiempo encima, pero nos sirvió para llegar con tiempo suficiente y poder comer algo en un MacDonal´s situado en un lateral de la hermosa obra de Gaudí. A la hora convenida entramos en la catedral. En la puerta de entrada, un ir y venir de gente, cual hormiguero en el seco tronco de un viejo árbol, nos daba la idea de lo que habría dentro...
​  La catedral, una hermosa oda a la naturaleza, se me hizo más pequeña de lo que imaginaba, pero no por ello menos bella. Armonía y sutileza, luz y color, todo un poema traducido al idioma de la arquitectura.

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Las Ramblas, el puerto, la estatua de Colón... Barcelona.
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Las sempiternas obras de la interminable Catedral de la Sagrada Familia y las figura principal a la que debe su nombre.
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Esqueletos, girasoles, medusas, árboles... Todo se mezcla en un fabuloso mundo de formas y colores.

  Al terminar la visita, esta vez sí, cogimos el metro y volvimos hacia el hotel. Una vuelta por el afamado mercado de “La Boquería” y después a prepararnos para ir a la ópera. El hotel estaba situado a escasos 300 metros del Liceo, así que dando un corto paseo nos presentamos en la puerta principal diez minutos antes del espectáculo, cuyo inicio estaba marcado a las 20:30. 

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El mercado de "La Boquería" ha pasado a ser otro punto de visita en la oferta turística de Barcelona, con colores y olores que recrean los sentidos.

  Unas anchas escaleras en el hermoso hall de la entrada, nos llevaron a la primera planta donde estaban situadas nuestras localidades. Poco a poco los palcos se fueron poblando de gente, las luces se apagaron y el suave murmullo de los asistentes se convirtió en un silencio sepulcral que se rompió con los primeros acordes de la maravillosa obra de Verdi. Una bonita y trabajada coreografía y un sonido limpio y puro, tanto en la música como en las voces de los artistas que fueron desgranando la historia de la invasión de Israel por las tropas babilonias.  Finalizado el segundo acto llegó el descanso. En el tercer acto llegó el “climax” con la pieza estrella, “el Coro de los Esclavos”, que como es ya costumbre se tradujo en un “bis” a petición de los más de tres minutos de aplausos ininterrumpidos... ¡¡ Maravilloso !!

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Entrada para ver la obra de Nabucco de Verdi. A la derecha el Liceo.
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 Tras la inolvidable experiencia y con los acordes retumbando en la cabeza, salimos del teatro y nos dirigimos directamente al hotel ya que, a la mañana siguiente teníamos que madrugar para volar hacia Budapest. Tras dejar todo recogido nos abandonamos a los sueños, había sido un día muy intenso...

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Barcelona - Budapest

Habíamos quedado con el recepcionista del hotel en que a las 07:00 horas tendríamos un taxi en la puerta para ir al aeropuerto. Era muy temprano para andar moviéndose en bus o metro ya que, cualquier despiste podía convertirse en un

grave error y la pérdida del vuelo... Llegamos al aeropuerto, facturamos, pasamos el control y nos dirigimos a la puerta de embarque. El vuelo, en un Airbus 320 de la compañía Wizz, salió puntual a las 09:15 horas y, también puntual, llegó a la capital de Hungría a las 11:55. No hay diferencia horaria con el país centroeuropeo. 

  Bueno, allí estábamos; los dos solos, en tierra extraña y con un idioma desconocido, unos ingredientes que me hacen soltar adrenalina “a saco”... Lo primero era cambiar algo de dinero. En Hungría se maneja el florín húngaro (HF) y en ese momento estaba a 310 HF por 1 €. Cambiamos algo en el aeropuerto y nos dieron un precio bastante malo, pero necesitábamos efectivo, “cash”, para pagar el transporte hasta la ciudad que está situada a unos 20 kms. 

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Monedas y billetes húngaros.
El mapa con las líneas de metro de Budapest.
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  Cogimos el autobús 200E que nos acercó hasta Köbánya-Kispest, donde cogimos la línea 3 del metro (la azul) que en sus primeros kilómetros transita a cielo abierto. Hicimos transbordo en Deák Ferenc tér y enlazamos con la línea 2 (la roja) para bajarnos en  Blaha Lujza tér.
  Sobre las 15:00 llegamos el Mercure Budapest Metropol Hotel situado en el número 58 de Rákóczi Ut, a escasos metros de la parada del metro. Nos registramos y salimos a comer algo al bar-restaurante Montenegroi Gurman en la siguiente manzana del hotel. Ya lo había localizado por Internet, así que prácticamente íbamos a cosa hecha. 

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La tarjeta del Montenegroi Gurman y el plato llamado Kebert Hustáll.

  Pedimos un plato típico, Kebert Hustáll, compuesto de carne, mucha carne... de cerdo, de ternera, carne empanada, chorizo y algunas verduras, berza, lechuga, cebolla... ¡¡ Una pasada !! Una fuente de medio metro de diámetro repleta de comida, que no pudimos acabar, más dos cervezas para pasar todo eso... Por unos doce euros al cambio.

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  Con el estómago lleno subimos al hotel a deshacer las maletas y organizar todo un poco. Estaba anocheciendo y salimos a dar una pequeña vuelta por los alrededores, para estirar las piernas e intentar bajar  la “sobre-dosis” de colesterol que habíamos ingerido...
​  Nos tomamos unos “capuchinos” en un pub de la calle Erzsébet Körút, cercano al Bóscolo Hotel y al Café New York, en una perpendicular de la calle donde estaba nuestro hotel, sorprendiéndonos por el precio de la consumición, ya que por los dos cafés nos cobraron 350 florines, que al cambio viene a ser... ¡¡ 1 € !!
​  Como en la habitación teníamos cafetera y una pequeña nevera, de vuelta al hotel compramos unos sobres de café, leche, tostadas, mantequilla y algo de fruta para desayunar y, ya de noche cerrada, volvimos al hotel. Al haber comido tanto y tan tarde, no nos apetecía cenar nada, así que aprovechamos para organizar el recorrido del día siguiente. Había sido un día durillo, como siempre que se anda de aeropuertos y traslados... Tocaba descansar.

Los cafés del Erzsébet Körút.
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Budapest

Amaneció una mañana fresca y sana. El sol empezaba a asomar y anunciaba un bonito día. Una ducha, un opíparo desayuno en la habitación y... ¡¡ A la calle !! Preguntamos en la recepción del hotel por algún bus turístico, para tomar

contacto con la ciudad y situarnos un poco sobre el mapa.  Nos ofrecieron uno cuya parada estaba junto al Puente de las Cadenas, pero un taxi nos venía a buscar para trasladarnos hasta allí. Así que a las 10:00 nos recogió y nos trasladó. Hicieron un grupo con unos alemanes y nosotros y nos asignaron una guía muy amable que hablaba inglés y un “español italianizado” pero completamente entendible. 

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El famoso Puente de las Cadenas.
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El Palacio Real de Buda desde Pest.
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La iglesia de San Matías y el Bastión de los Pescadores desde el Puente de las Cadenas.
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Otra toma del Puente de las Cadenas.

  El bus turístico llegó sobre las 11:00, era de la empresa BIGBUS. La intención era dar una vuelta por los principales puntos y bajarnos, donde quisiéramos, para continuar a pie por nuestra cuenta.

Un poco de historia:

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Escudo de Hungría.

  Ya desde la Edad de Piedra había asentamientos humanos en esta zona. Con la invasión de los bárbaros, llegan a la región celtas y escitas. Posteriormente, en el siglo I los siguientes pobladores fueron los romanos. Las legiones ocupan la parte occidental de la actual Hungría, a la que llamaron Panonia y su capital Aquincum. Sus ruinas, muy bien conservadas, se encuentran en el barrio de Óbuda. Más tarde llegaron los hunos y, según cuenta la leyenda, la denominación de Buda viene del nombre del hermano mayor de Atila. Posteriormente llegaron los godos a los que derrotó Carlomagno en su afán de conquistas. A finales del siglo IX, aparecen en la cuenca de los Cárpatos, los magiares guiados por los príncipes Árpád y Kurszán. La invasión tártara, en 1241, corta el desarrollo de los núcleos urbanos de Buda y Pest pero, llevados de la mano del rey Béla IV, la ciudad de Buda se fortifica llegando al siglo XV, de la mano del rey Matías, como una ciudad renacentista, moderna, con una industria viva y un comercio activo. Este desarrollo influye positivamente en la otra orilla del Danubio y la ciudad de Pest se convierte, también, en un importante núcleo comercial e industrial. Al próspero y glorioso siglo XV le suceden 150 años de domino otomano. Estos, al contrario que en otras ciudades, conservan y enriquecen los edificios con sus mezquitas, baños y termas, conviviendo la arquitectura turca con el estilo gótico-renacentista de la época.

  Son los cristianos, en su afán de recuperar la ciudad, quienes tras un prolongado asedio merman casi por completo a su población y destruyen la mayoría de los edificios de Buda. Tras estos acontecimientos, los Habsburgo ocupan el trono de Hungría pasando la nación a formar parte del imperio austriaco. No es hasta el siglo XIX cuando la aristocracia húngara, estimulada por un renacido nacionalismo, hacen que Buda y Pest recuperen su relevancia. En 1848 se inicia la revolución contra el régimen de los Habsburgo. El levantamiento es detenido, pero el germen independentista queda latente. En 1867 el reconocimiento del llamado imperio austro-húngaro ofrece una oportunidad nunca vista hasta el momento. Ese germen sigue creciendo lentamente en el seno de la nación húngara y así llega el acontecimiento quizá más importante de la historia de la ciudad y por ente del país. En 1872, Buda, Óbuda y Pest se unen bajo el nombre de BUDAPEST. Nace una nueva metrópoli, moderna y próspera. Un rico y rápido plan urbano crea nuevas avenidas llenas de escuelas, bancos, teatros y palacios. Se dota a la ciudad de servicios como el alumbrado, alcantarillado, canales, puentes, carreteras y transporte público, construyendo en 1896 la primera línea de metro del continente.

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Imágenes de Budapest tras la II Guerra Mundial.

  Este desarrollo se quiebra con la primera gran conflagración mundial. Sin apenas tiempo para recuperarse, tras la II Guerra Mundial, Budapest queda totalmente en ruinas. En su retirada, los nazis destruyen todos los puentes sobre el Danubio y durante la "liberación" de la ciudad las tropas rusas no dejan edificio en pie. En 1945 los ciudadanos de Budapest reconstruyen la ciudad. En 1956 surge la revolución contra la ocupación rusa y los tanques del ejercito rojo la aplastan destruyendo nuevamente la urbe. Un nuevo golpe, una nueva reconstrucción. Si tuviéramos que buscar una ciudad para poner un ejemplo del "Ave Fenix", desde luego, esa es Budapest. A lo largo de su dilatada historia muchas veces quedó en ruinas frenando su desarrollo, pero nunca lograron detenerlo definitivamente. Siempre fue capaz de resurgir y renovarse, convirtiéndose, hoy en día, en uno de los centros culturales más importantes del continente.

-- o -- O -- o --

  Pero volvamos con nuestro viaje...
​  Montamos en el bus y salimos en dirección al Puente de las Cadenas. Seguimos hacia el edificio del Parlamento. Pasamos frente al Monumento de los Zapatos y, tras dejar la Isla Margarita a la izquierda, giramos hacia el este para dirigirnos a la Plaza de los Héroes. Allí hicimos la primera parada. La guía nos iba contando la historia de la ciudad, mientras nos íbamos ubicando poco a poco. 

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Panorámica de la Plaza de los Héroes.

  La Plaza de los Héroes es una de las plazas más representativas de Budapest. Allí está instalado el Monumento al Milenio, obra común de György Zala y Albert Schickendanz, acabada en 1929 y ejemplo de la expresión del sentimiento nacional. En la columnata en forma de arco podemos ver las estatuas de los soberanos húngaros más destacados. En la columna central se eleva la estatua del arcángel San Gabriel, con la Santa Corona en la mano derecha y con la cruz patriarcal apostólica en la izquierda. Según la leyenda, el arcángel se presentó en sueños a San Esteban, fundador del estado húngaro y le llevó dicha corona. En el pedestal de la columna aparecen las estatuas de los siete jefes de las tribus magiares que ocuparon la cuenca de los Cárpatos. 

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La Plaza de Los Héroes cargada de estatuas alegóricas.

  De allí salimos bordeando el zoo y volvimos al centro por la Avenida Andrassy, arteria principal de la vida social y económica de la ciudad, llena de palacetes y casas de época, que se han ido restaurando y rescatando del abandono al que debían estar dejadas, hasta la entrada en Europa en 2004. Son edificios de la época de los Habsburgo, cuando Austria se hizo cargo del territorio húngaro allá por 1867. Después nos encaminamos hacia la parte alta de la ciudad en la margen izquierda del Danubio, la parte llamada Buda. Subimos a la colina de Gellért donde está situada la Ciudadela, hicimos una parada para hacer algunas fotos y dar un corto paseo por la zona. La vista desde ahí arriba es espectacular...

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  En la colina de Gellért se sitúa el Monumento a la Liberación. Es obra del escultor Zsigmond Kisfaludy. Se erigió en 1947 para celebrar el final de la ocupación nazi. La figura central, una mujer con una rama de palmera en las manos, mide 14 m. de altura desde el pie del pedestal. A sus pies, a ambos lados, hay dos figuras alegóricas que simbolizan el progreso, a su derecha y la lucha contra el mal, a su izquierda. Desde allí no se veía la estatua de San Gerardo pero, después, desde abajo y con el tele, pude hacer la foto.

La estatua de San Gerardo.
El Monumento a la Liberación.
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Las estatuas de la colina de Gellért.

  Dice la tradición que en el siglo XI , concretamente en 1046, los paganos lanzaron desde lo alto de la montaña de 140 m. de altura, el cuerpo del obispo Gerardo dentro de un tonel. El religioso, que había venido desde Polonia para convertir a la población húngara, murió en aquel martirio y posteriormente fue santificado. La estatua se erigió en 1904 y fue obra del escultor Gyula Jankovics. Después de pasar un rato volvimos a montar en el micro-bus y nos trasladamos hasta la parte central de la colina, al Castillo Real de Buda. Allí, nos dijo la guía que paraban a comer algo y desde ese punto se volvía a las oficinas de la empresa. Nosotros decidimos desmarcarnos para seguir a nuestro ritmo. Comimos unas ensaladas en el restaurante-cafetería Korona Káveház y, mientras descansamos un poco, pedimos unos cafés con unos postres de la casa. 

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El Rte. Korona Káveház.
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Los platos que comimos.

  Después de la pausa, con fuerzas renovadas, fuimos a ver el castillo desde el exterior y la parte alta de la ciudad de Buda y, posteriormente, pusimos rumbo hacia el otro extremo de la colina para ver el Bastión de los Pescadores.

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El Castillo de Buda desde Pest.
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La parte alta de la ciudad de Buda.

  Dentro de la ciudad de Buda encontramos la Plaza de la Santísima Trinidad que era el centro de la ciudad medieval. En su día era un hervidero de mercadillos y el eje de la vida social. El monumento, sito en el centro de la plaza, fue erigido por los ciudadanos de Buda después de la peste entre 1711 y 1714. Es obra del maestro Fülop Ungleich y los relieves fueron realizados por Altal Hörger. Nos llamó la atención encontrar la imagen de San Sebastián mártir en uno de sus laterales.

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En la Plaza de la Santísima Trinidad da acceso al Bastión de los Pescadores. Allí encontramos este monumento con la imagen de San Sebastián, patrón de Donostia.
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A la derecha de la plaza encontramos la iglesia del Castillo de Buda, conocida popularmente como la Iglesia de Matías. Hay datos escritos que hablan de ella ya en 1247. Fue sede de la coronación de Carlos Roberto de Anjou en 1309. Posteriormente allí fue coronado rey Matías I y celebró sus dos matrimonios en ella.
 La parte más impresionante de su fachada es la torre que, probablemente, se construyó durante el reinado de Matías. En 1526 los turcos ocupan temporalmente la ciudad de Buda y la iglesia se quemó parcialmente pero se reconstruyo. Pero en 1541 Buda cayó definitivamente en manos otomanas y corrió la misma suerte que todas las demás, pasando a ser la Mezquita Mayor o Mezquita Vieja.

​  El 2 de septiembre de 1686 los cristianos reconquistan Buda y de la mano de los franciscanos la iglesia recupera el nombre de Iglesia de María. Reconstruyeron el templo gótico en estilo barroco al gusto de la época. Su forma definitiva la obtiene en 1896 cuando se le quitan muchas añadiduras, se le da el estilo neogótico y se mejora notablemente su acústica. Hoy en día se celebran allí importantes conciertos.

La imponente iglesia de Matías.
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  Después de ver la maravillosa iglesia, nos encaminamos hacia el Bastión de los Pescadores sito en la parte trasera de la misma, mirando hacia Pest. Delante de la entrada al mencionado recinto, en una pequeña plazoleta, encontramos una estatua de bronce y teñida de ese verde característico por la acción de los medios. Se trata de Esteban I de Hungría (llamado "el Santo" o "el Grande") miembro de la dinastía Árpad y primer rey de Hungría (1001-1038). 

 Accedimos al Bastión. Este, se construyó entre 1895 y 1905 según los planos de Frigyes Schulek. En ese mismo lugar, en la Edad Media, funcionaba un mercado de pescado. Recibe el nombre del grupo de personas responsable de mantener las murallas en este enclave de la ciudad, los pescadores. Es el cierre del Barrio del Castillo por su lado este. Esta parte de la ciudad fue declarada como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1988. 

 A lo largo de estas terrazas, de estilo neogótico-neorromántico, se disponen siete torreones, que se corresponden con cada una de las siete tribus magiares que se establecieron en la cuenca de los Cárpatos allá por el año 896. Desde estas terrazas se puede observar una impresionante panorámica de la ciudad.

Esteban I de Hungría "el Grande".
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Panorámica desde el Bastión de los Pescadores.
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El Bastión de los Pescadores junto a la iglesia de San Matías, un entorno espectacular.

  Recorrimos las terrazas de arriba a abajo y sacamos algunas fotos. Desde allí arriba las vistas de la zona de Pest son una maravilla. Rosa comenzó a sentir dolor de estómago y no se encontraba muy bien. Además, hacía frío y la mañana, que había comenzado con un clima bastante bueno, se tornó un poco desagradable.

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Rosa en el Bastión de los Pescadores.
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El Puente de las Cadenas y el Parlamento. En la vista de arriba podemos ver su ubicación en el centro de Budapest.
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Panorámica desde el Bastión de los Pescadores.

  Volvimos paseando hasta la otra punta y tomamos un té calentito en un local situado junto al Museo Nacional, en el Castillo Real de Buda. Rosa seguía sin encontrarse muy bien, creo que se enfrió arriba en la colina, así que bajamos andando hasta el paseo junto al río y cogimos un taxi para volver al hotel. Después de comprobar que el malestar no iba a más, y ver que se quedaba descansando, salí para hacer algunas fotos nocturnas. Me daba algo de apuro, pero ella insistió que estaba bien, así qué, obediente... Me fui.

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La tarde languidecía de camino al hotel.
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El Parlamento desde el Puente de las Cadenas.
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El Bastión de los Pescadores y la Iglesia de Matías desde el Puente de las Cadenas.
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  Me acerqué hasta el Puente de las Cadenas. Desde el hotel eran unos 3 Kms, es decir, a penas 10 m. a pie bajando por la Rákóczi út hasta el Danubio y girando a la derecha. El famoso puente, fue proyectado por William Tierney Clark y construido entre 1839-1849 por Adam Clark, constituyendo una gran hazaña técnica en aquel entonces. Las cabezas del puente son custodiadas por enormes leones de piedra esculpidos por János Marschalkó.
​   Una vez que fotografié la cabecera del puente, crucé hasta la mitad para realizar algunas panorámicas. Después, me encaminé al Monumento de los Zapatos.

Una de mis "pedradas" con el buqué.
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Panorámica nocturna desde el Puente de las Cadenas.
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  El Monumento de los Zapatos se sitúa a orillas del Danubio cerca de Szabadság tér (Plaza de la Libertad) y cerca de la parada Kossuth Lajos tér de la línea 2 del metro. El monumento, realizado por el escultor Gyula Pauer, pretende recordar la barbarie acaecida en la Segunda Guerra Mundial, entre diciembre de 1944 y enero de 1945.

Distintas tomas del Monumento de los Zapatos.

  Las tropas nazis sacaron del Ghetto de Budapest a unos 20.000 judíos; ancianos, niños y mujeres incluidas. Los ataban en parejas y, tras disparar a uno de ellos, eran arrojados al río. La verdad es que ver los sesenta pares de zapatos allí alineados, las flores y los candiles que recuerdan esa barbarie, te pone los “pelillos como escarpias”.
  Estaba ya cansado y también algo intranquilo, así que decidí volver al hotel. El Parlamento y el Castillo de Buda quedarían para otro día...

  Cuando llegué, Rosa descansaba. Yo dejé los “trastos” y bajé de nuevo a por una hamburguesa para cenar algo y un par de limones para preparar un té con limón para mi compañera. Me duché y tras cenar y descargar las fotos al portátil, sigilosamente, me fui a la cama. 

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Budapest

Rosa se levantó totalmente recuperada. Desayunamos tranquilamente en la habitación con unos bollos, café soluble y algo de fruta. Luego, nos pusimos en marcha... Todavía quedaba mucho por ver. El viernes 23 era festivo nacional ya que,

los húngaros, celebran el día de la independencia de Austria y la proclamación de la república de 1989. Como el Mercado Central estaría cerrado, decidimos encaminarnos hacia allí porque, según habíamos leído, era un edificio y un entorno que no debíamos dejar de visitar. Cogimos el metro junto al hotel, en la parada de Blaha Lujza tér, fuimos hasta la parada de Deák Ferenc tér, punto estratégico donde se cruzan todas las líneas del metro y allí cambiamos de línea para coger la azul (línea 3) que nos dejaría a pocos pasos del mismo Mercado, en la parada Kálvin ter. Otra ciudad más y otro suburbano más.

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  El edificio me recordó a primera vista al mercado de “La Brecha” en San Sebastián. Por dentro, un espacio amplio con dos plantas, abajo destinado a artesanía, carnicerías, verduras, etc y arriba se encontraban las “pitxias”, librerías y puestos para comer y potear.

  A finales del siglo XIX, se construyeron en Budapest cinco mercados cubiertos de gran capacidad y los cinco se inauguraron el mismo día del año 1897. Este, el Mercado Central, fue diseñado por Samu Pecz y en su época era todo un referente con su estructura, su iluminación y sus cámaras frigoríficas. 

El Mercado Central de Budapest.
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El interior del mercado y el producto estrella la paprikka.

  Dimos una vuelta por la planta baja mirando precios y productos, por curiosidad más que otra cosa, comprobando que la vida estaba algo más barata que en nuestro país. Ya lo habíamos comprobado con los cafés que nos tomamos el día anterior, pero también en la fruta, la carne y demás, se notaba la diferencia. Después subimos a la planta de arriba... Montones de puestos de comida desprendían un intenso olor a especias. Muchos platos de carne, de todas las maneras, muchos “sacramentos”, acompañado todo de patatas y alguna hoja de lechuga. Todo ello con un letrero enorme que decía en húngaro “QUE VIVA EL COLESTEROL !! ”.
  Bromas aparte, para mi gusto la cocina húngara peca de mucha carne y poca verdura y pescado, pero claro... Estamos mal acostumbrados, por algo la cocina vasca es referente mundial...

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¿ Veis...? Justo encima de este texto, en el centro, está el letrero... ¡¡ Viva el colesterol !!

  Tras tomarnos un café y hojear algunos libros y mapas, salimos del edificio para dirigirnos a otro punto que queríamos ver. Estando a unos cientos de metros del tan afamado Café Gerbeaud, no podíamos dejar pasar la oportunidad de tomar un café y probar sus afamados dulces y postres. Así qué, bajamos por el paseo que transcurre paralelo al Danubio y pasamos junto al Puente de la Libertad. Este, se construyó sobre los planos de János Feketeházy entre los años 1894-1899. En las plataformas de las puertas se ven los escudos reales.
  Llegamos a la calle Vörösmarty tér donde se encuentra, en un hermoso edificio blanco, una de las salas de café más famosas de Europa Central.

El Puente de la Libertad construido entre 1894-1899.
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Envueltos entre mucho lujo y glamour, con una fina y delicada vajilla, un cálido ambiente y un refinado estilo, nos tomamos un café y un postre que elegimos cada uno de entre los muchos que venían en la carta. Rico, muy rico, pero allí no se notaba la diferencia del nivel de vida como en el mercado. 

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El fabuloso y glamuroso edificio del Café Gerbeaud en VörOsmarty tér. A la derecha el café que tomamos y la tarjeta del local.

  La historia del Gerbeaud se inicia con Kugler Henrik hace casi 160 años cuando el 14 de octubre de 1858 abre el café/pastelería sobre la actual Jozsef Nador téren. A los pocos años, su famoso café espumoso con chocolate y sus licores especiales atraían a los ciudadanos de Pest y en el año 1875, Kugler Henrik se convirtió en el pastelero de la corte imperial. 

  Sus tortas y tarteletas además de por su exquisitez se conocieron por ser toda una innovación para la época ya que se podían envolver y llevar a las casas. Y por si todo esto fuera poco, el Gerbeaud ofrecía los mejores helados de Pest. Como el dueño no tenía hijos, le ofreció a Emile Gerbeaud ser su socio en los negocios, quien aceptó y se mudó desde su París natal a Budapest junto con su mujer y sus cinco hijas. A partir del extraordinario talento y del espíritu emprendedor del nuevo socio, el negocio fue catapultado al éxito y el Gerbeaud fue reconocido internacionalmente.


​  Las horas pasaban rápidamente y fuimos a confirmar la reserva que teníamos hecha para esa noche, que consistía en una cena en barco navegando por el Danubio. Nos costó un tiempo precioso encontrar el edificio donde estaba la oficina de la agencia Civitatis que es la que nos vendió las reservas por Internet, pero menos mal que fuimos, porque estábamos algo despistados con el sitio desde donde zarparía el barco y además debíamos recoger allí las entradas.

La fuente de Neptuno.
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La fachada principal de la iglesia de San Esteban.
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Una de sus torres desde la terraza.
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Con ese asunto arreglado, nos encaminamos hacia la Iglesia de San Esteban, en cuya parte superior, en la cúpula, tiene una terraza-mirador de 180º, desde donde se ve una panorámica de la ciudad impresionante. Lástima que a la hora en que llegamos, ya al medio día, y la niebla que ese día enturbiaba el horizonte, la visión en la lejanía no era muy nítida. Pero de todas formas pudimos disfrutar de una magnífica vista. 

  La iglesia de San Esteban es la mayor de la ciudad. Tiene capacidad para albergar a 8.500 almas. Su cúpula se eleva hasta los 96 metros de altura , igual que el edificio del Parlamento y su cúpula tiene 22 metros de diámetro. 
  Su construcción guarda una trágica historia... Fue diseñada por József Hild y empezó a construirse en 1851. Pero este murió en plena construcción y fue Miklós Ybl quien siguió con los trabajos. Al revisar los planos de la obra, se dio cuenta de unos fallos estáticos pero, en 1968, en plenas labores de ejecución y debido a la desigualdad de los pilares, se derrumbaron los muros de carga y la cúpula se desplomó. Miklós diseñó nuevos planos y se reiniciaron las obras. Pero este murió también antes de finalizar los trabajos. Finalmente fue József Kauser quien en 1906 concluyó el trabajo. Su estilo es neorrenacentista y su planta es en forma de cruz griega. En el campanario del lado derecho se alberga la campana más grande del país de nada más y nada menos que 9 toneladas. 

  Bajamos de la iglesia y nos encaminamos hacia el barrio judío, con intención de ir al restaurante Kazimir, representante de la comida judeo-húngara de la ciudad. ​Pasamos junto a la Gran Sinagoga y encontramos un local con platos de pasta. Antes de que fuese más tarde, ya que algunos restaurantes a partir de cierta hora ya no servían y viendo la hora que era, dejamos el Kazimir para otro momento y paramos allí a comer. Era una pastizzeria de nombre Pasta Bella. Comimos bien; un plato de pasta con gambas y especias y una ensalada con queso de búffala braseado. Desde allí, callejeando por el centro de la ciudad, llegamos al hotel para descansar un rato y prepararnos para la cena. 

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El restaurante italiano Pasta-Bella y los platos que comimos.

  Revisamos el plano del metro... Teníamos que ir desde Blaha Lujza tér hasta Batthyány tér en la línea 2 (la roja). Esta parada nos dejaba al otro lado del Danubio y a unos cien metros del embarcadero.
Nos preparamos y en marcha... 
  Ya había caído la noche cuando salimos del hotel. Sin complicaciones llegamos al destino un rato antes de la hora de zarpar así que, como teníamos tiempo, estando frente al edificio del Parlamento Húngaro, elegante, majestuoso, espléndido y maravillosamente iluminado, aprovechamos para hacer unas fotos. 

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El edificio del Parlamento Húngaro.

  El Parlamento húngaro es el edificio más grande y más conocido del país y el símbolo de Budapest. Se construyó entre 1885 y 1902 con los planos de Imre Steindl quien moriría semanas antes de que el Parlamento se estrenara en sus funciones. La fachada y los detalles de este edificio ecléctico son neogóticos, mientras que su organización espacial es barroca. Tiene 268 metros de longitud y 96 metros de altura. 

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El Puente de Las Cadenas desde el embarcadero.

  Poco a poco empezó a llegar la gente y subimos a bordo. Después de un coktel de bienvenida nos acomodaron en una mesa cerca de proa y a estribor. En la mesa nos reunimos tres parejas, unos jóvenes húngaros, un matrimonio que venía desde Argentina, (aunque ella era de familia húngara que emigró al otro lado del Atlántico) y nosotros. Al decirles que éramos vascos, surgió buen filling con los argentinos y tuvimos una conversación muy amena.

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El embarcadero y el barco por dentro.

  La experiencia en sí fue... Aceptable, sin más. En precio-calidad, la cena fue bastante correcta, el barco cómodo para moverse por él, ancho y estable, bien iluminado. Tampoco para tirar cohetes, lo que he dicho, aceptable. Nos sirvieron un aperitivo y después era un buffet libre con platos típicos. Yo recuerdo que comí un consomé, conejo y un rollo de berza relleno de carne. Después los postres y un café. Así pasamos la velada.

  Al salir, el frío era intenso y decidimos coger un taxi que nos acercase hasta el hotel. Era hora de descansar, al día siguiente iríamos a Viena.

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Budapest - Viena - Budapest

  Nos levantamos temprano ya que teníamos que coger el tren a las 09:00 horas en la estación Budapest-Keleti Pályaudvar. La línea 2 del metro nos llevaba desde Blaha Lujza tér hasta allí. Tras dos paradas llegamos a la estación 

con tiempo suficiente, pero se nos echó la hora encima porque nos costó encontrar la taquilla de salidas internacionales. Coincidimos con un chico joven que sabía algo de español y nos ayudó. Tras coger número, como en la carnicería, llegó nuestro turno. No nos entendíamos con la chica de la ventanilla  y sin darnos billete nos mandó con viento fresco... El día, que empezaba un poco "torcido", nos tenía guardada una desafortunada experiencia...

  Detrás de nosotros, el chico que os comentaba antes, sí sacó su billete y nos explicó que el tren estaba lleno y no daban billete con asiento, pero él había sacado para viajar de pie. Le echamos un poco de jeta y le pedimos a la chica dos billetes como los del chaval de antes. Al final nos los vendió y tras un sprint hasta el andén, pudimos coger el tren de las nueve. Perder ese convoy era una “putada” ya que, el siguiente, salía a la una del mediodía y perdíamos toda la mañana.
  En unos minutos recuperamos el aliento; Rosa pudo sentarse enseguida y yo, después de un par de paradas, también. Viajamos en un moderno y cómodo tren bastante rato separados, pero al final pudimos sentarnos juntos y sobre las 11:30 estábamos en Viena. Otra ciudad más en la lista de visitas.

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A la izquierda la iglesia de Sant Stephan, Catedral de Viena .
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La riquíiiiisima y famosa tarta Sacher.

  Subimos al metro para acercarnos desde la estación hasta el centro de la ciudad y bajamos en la parada de la Catedral de Viena, la Iglesia de St. Stephan. Imponentes edificios, iglesias, calesas y palacios por doquier a ambos lados de las calles. Entramos en una cafetería y nos tomamos un café con una ración de la famosa tarta “Sacher”, inventada en 1832 por el entonces aprendiz de repostería Franz Sacher.

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  Después de reponer fuerzas, nos dirigimos hacia el Ringh. El famoso anillo es el cogollo de la ciudad, dónde se encuentran los principales edificios, salvo el Palacio de Belvedere que está algo más apartado. Dentro del Ringh nos encontramos con el despliegue de las Fuerzas Armadas Austriacas, que también en día festivo, celebraban una jornada de “puertas abiertas y acercamiento a la sociedad". ¿Acercamiento...? No sé, sólo sé que a nosotros nos fastidiaron las fotos de los palacios.

 

  Las horas pasaban rápidas y decidimos subirnos al City-bus y recorrer la ciudad. Fue un acierto ya que, a lo largo de la ruta, nos contó toda su historia. Recorrimos el Prater, los campos donde se instalaban los barracones nazis en la 2ª Guerra Mundial, las torres de vigilancia, los embarcaderos del Danubio, etc.

La iglesia de San Francisco de Asís en Viena.
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Estatuas por todas partes... ( Fotografías de Rosa Morla ).
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Palacios y calesas son la imagen del centro de Viena.

  Tras el tour por la ciudad, volvimos a la plaza de St. Estephan y vuelta a la estación. Eran las 18:45, sacamos los billetes de vuelta, comimos algo en la misma estación y esperamos hasta las 19:15 a la salida del tren. Esta vez, aprendimos la lección y reservamos billete con asiento. Subimos al tren. Teníamos dos horas y media por delante y nos pusimos cómodos. Dejé la mochila en la balda superior de mi asiento y me senté junto a Rosa.
- ¿Te dejo la mochila arriba? -le pregunté.
- No, esta no pesa, la llevo aquí, conmigo. -me respondió.
- Como quieras... -dije yo.

 

  Habíamos aprovechado el día a tope y estábamos algo cansados. El "traqueteo" del tren y la noche que se echaba encima, ejercían de potente somnífero... Charlamos un buen rato pero, las irresistibles caricias de Morfeo acabaron por hacer mella en nuestra numantina resistencia...
  De repente, el tren dio un golpe seco al arrancar de una parada. Me desperté sobresaltado. Rosa también se despertó...

- ¡¡ Uf !! Me he quedado dormido -le dije mientras me levantaba del asiento.
- Sí, yo también.
- ¡¡¡ Hostias... y mi mochila !!! ¡¡ Joder... no está !!! -grite malhumorado.
- ¡¡ Qué dices !! -dijo Rosa levantándose del asiento.
- ¡¡ Joder me la han robado !!

 Sí, amig@s... Me levantaron la mochila con todo el equipo. Mi querida Nikon D700 (que me empezaba a fallar pero era un "maquinón"); una Nikon D3000; un Tamron f2.8/24-70, un Tamron f4-5.6/70-300 y varias tarjetas de memoria con todas las fotos de Viena. Menos mal que me gusta descargar las fotos cuando llego al hotel después de cada jornada... Y menos mal que el pasaporte y el dinero los llevaba encima...

  Quedaba una hora para llegar a Budapest. Un señor que viajaba frente a nosotros nos explicó, como pudo, que había visto a un joven con un jersey de color azul marino, coger la mochila y bajar en la parada anterior. Con un cabreo terrible y la sangre hirviendo, le avisé al interventor. El tren iba provisto de cámaras de seguridad. Le intenté explicar lo sucedido y le pedí que mirasen las cámaras... Pero, el húngaro, se hizo "el sueco" y me dejó allí plantado diciendo... "Police, police". 
  Rosa, intentaba animarme pero estaba destrozado y de muy mala hostia. Llegamos pasadas las 22:00 horas a la estación de Budapest y buscamos las oficinas de la policía. No encontramos nada y decidimos ir hacia el hotel. En recepción, explicamos lo sucedido y nos dijeron que fuésemos a la Embajada. Nada, había que asumir que no iba a conseguir nada. Al día siguiente, por la tarde,  debíamos partir hacia Barcelona y, al ser sábado, la Embajada estaría cerrada.

  Subimos a la habitación e intentamos descansar un poco, quizás, al despertar, todo hubiera sido una pesadilla...

* Es por esto que las fotos que se muestran de Viena son obra de mi compañera. Gracias, Rosa.

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Budapest - Barcelona

Desperté con una sensación rara. Miré hacia el mueble donde dejaba la mochila y... efectivamente, allí no estaba. No había sido una pesadilla, era real. Estaba sin equipo de fotografía. ¡¡ Maldito chorizo de mi#### !! 

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  Era el último día en Budapest, pero el vuelo no salía hasta las 19:15 horas, así que teníamos mucho tiempo por delante. Desayunamos en la habitación y decidimos ir a la zona del ghetto judío, situado a apenas dos manzanas de nuestro hotel. ​
  Salimos a la calle. Me sentía vacío, me faltaba algo en las manos, faltaba parte de mí. Rosa, viendo que estaba bastante hundido, amablemente me ofreció su cámara de fotos, diciéndome que la usase, porque a ella no le apetecía hacer fotos... Sé que no era cierto, pero se lo agradecí, necesitaba olvidar el asunto del día anterior.

  Fuimos callejeando por Osvát ut hasta el New York Palace Cooffe y allí giramos hacia Dohány ut. Entramos en el ghetto. En apenas seis manzanas de casas existen cuatro sinagogas. En un suspiro estábamos en la Gran Sinagoga, frente al Árbol de la Memoria, hablando con el “Gran Maestre”. Era un hombre jovial que acababa de ser abuelo y estaba feliz. Al ser Sabat, la sinagoga estaba cerrada a los turistas. Tras un buen rato cambiando impresiones, y contándonos la historia del asedio y las persecuciones a los judíos, se interesó por el euskera. Luego, nos despedimos. Anduvimos callejeando por las calles del antiguo ghetto y fuimos, esta vez sí, a comer al restaurante Kazimír en Kazinczy útcai. 

El tranvía también recorre Budapest.
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La Sinagoga de Budapest, centro neurálgico del antiguo ghetto judío en la 2ª Guerra Mundial.

  La Gran Sinagoga es la más grande de Europa. Se levantó entre 1845 y 1859, en estilo moro-bizantino y con los planos del arquitecto vienés Ludwig Förster. En ella Caben 3.000 fieles, cuneta con tres naves y, de acuerdo con las tradiciones ortodoxas, dispone de una galería separada para las mujeres. Su jardín, circundado de arcadas, se convirtió en cementerio en los años 1944-1945 y allí descansan las víctimas del racismo.

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El Árbol de la Memoria: en sus hojas están grabados los nombres de todas las víctimas del Holocausto Nazi en Budapest.

  El Árbol de la Memoria, es una escultura en memoria de los mártires del holocausto. Es un sauce llorón a tamaño natural en el cual cada hoja tiene el nombre de una persona muerta durante el holocausto judío. Está situado en el jardín que hay justo detrás del edificio de la sinagoga. Fue levantado en el año 1991 y como curiosidad, una de las mayores donaciones para su ejecución la ofreció el actor Tony Curtís, cuyo padre era un judío de Budapest.

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Las calles del ghetto y, en medio, la sinagoga de Kazinczy utcai.

  Llegamos al Kazimír. Muy tranquilos, en un amplio local y un ambiente muy relajado, disfrutamos de un plato de carne, chorizo y salchichas con unos "tomatitos cherry", pimiento y cebolla como guarnición, todo ello en una brocheta y acompañado de un puré. Después un postre y un café completaron el menú. Tras un rato de reposo nos marchamos camino al hotel, aunque estaba todo prácticamente preparado, había que acabar de recoger y ponernos en marcha.    

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El Restaurante Kazimír.

  Sobre las 16:00 cogimos el metro L2 en  Blaha Lujza tér y nos trasladamos hasta el aeropuerto, haciendo el camino opuesto al día de la llegada. Llegamos con tiempo, facturamos y... A volar !!!
  Aterrizamos en Barcelona sobre las 23:00 horas y tras llamar al teléfono del hotel, un micro-bus nos recogió en la terminal y nos trasladó al BAH, Barcelona Aiport Hotel que, por cierto, fue todo un descubrimiento. Una habitación enorme y muy bien preparada nos acogería esa última noche del viaje. Pese a ser bastante tarde, nos atendieron en el restaurante y tras cenar una ensalada nos fuimos a descansar.

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Los platos que comimos en el restaurante Kazimír.
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Barcelona - Astigarraga

Con los nervios típicos de las mañanas en las que hay que volar, arrancamos la última jornada, siempre la más triste de cada viaje. Recogimos y fuimos al aeropuerto. Íbamos con tiempo de sobra, eran las 09:00 y el avión salía a las 11:15, 

pero al llegar, nos encontramos unas colas tremendas en todas las ventanillas para los embarques de Vueling. El tiempo pasaba raudo y las filas apenas se movían. Como llevábamos la maleta grande no nos quedaba más remedio que pasar por facturación. Los nervios empezaron a hacerse visibles en mi compañera que, de momento en momento, se ponía “atacá”...

  Me acerqué a la ventanilla del “último minuto” y una chica muy amable accedió a hacernos la facturación ya que quedaba algo más de media hora para despegar y aún teníamos que pasar los controles, que podréis imaginaos como estaban... :-( 
  Por si la tensión era poca, a Rosa la apartó la de seguridad para cachearle más a fondo. Tras pasar el control nos esperaba la última sorpresa... ¡¡ La puerta de embarque estaba en la otra punta del pasillo !!  

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El monte Jaizkibel desde el avión.

 

  Al final llegamos cinco minutos antes del cierre de puertas, así que se puede decir que cogimos el avión “por los pelos”. Menos mal que el vuelo transcurrió sin problemas, tomamos un café en el avión ya que no nos había dado tiempo a desayunar, pensando en hacerlo tranquilamente en el aeropuerto y, a las 12:15, estábamos en Hondarribia. Pero para rematar la jornada, nos encontramos con la carretera cortada por una carrera. No había autobuses y los taxis estaban bloqueados en la salida del diminuto aeropuerto guipuzcoano.
De todas formas, decidimos coger un taxi ya que el taxista nos dijo que empezaría a contar al salir del atasco. Un señor muy majo que “echaba pestes”, con toda razón, de la organización de la carrera. Desde luego, lo que pasa en este país no pasa en ningún sitio...

  Sin más contratiempos, menos mal, llegamos a casa, a la rutina... Trabajo, familia y a ahorrar para una cámara nueva.

​Con un gran disgusto por lo sucedido, pero, con un grato recuerdo de la “Joya del Danubio”.

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Köszmönöm barátok !!
Amíg egy másik alkalommal...

   P.D.
   Reclamé al seguro de viaje el robo de la cámara pero no me hicieron ni caso, es más, casi se rieron de mí. 
Al no haber violencia se consideraba un hurto aún sabiendo que, en esa mochila, había mas de 1.500 € de material y las fotos de Viena. 

© F. J. Preciado  2015